Cuento: “Huellas” Mircea Cartarescu

Huellas en la nieve mullida hasta el centro del corral, entre el granero y el pozo. El campesino apenas despierto, con una pelliza colocada al vuelo sobre el camisón de puños y cuello bordados, perplejo en el zaguán, aturdido, cree estar todavía soñando y, estremecido por el frío, vuelve en sí. Una sola línea de luz, amarillenta, remataba el establo y las copas de los ciruelos, cubiertos de escarcha, y tres o cuatro isbas aplastadas, bajo las nubes compactas, como unos blinis bajo el cielo cubierto de niebla. E Ivan o Foma que desciende los dos escalones de madera y se dirige también, a través de la nieve que le llega hasta la rodilla, hacia el centro del patio, pero camina junto a la primera fila de huellas, sin atreverse a tocarlas, y se detiene justo donde se había detenido su mujer, donde había terminado su camino sobre esta tierra. A su alrededor solo nieve inmaculada, ondulada, proyectando sombras violetas, y alguna estrellita de seis puntas brillando aquí y allá, como hechizada, al romper el alba. El campesino permanece allí un buen rato, un gallo canta a lo lejos, se oye también el grito de un carretero en una callejuela lateral y, de repente, tras haber mantenido la mirada clavada en el suelo, aturdido por el estupor y el miedo, el aldeano levanta los ojos al cielo. Cada hebra de su barba está llena de cristales de hielo, la escarcha cubre ya sus cejas, pero sus ojos ardientes, llenos de venillas rojas, y su boca abierta denotan pánico y estremecimiento ante esa maravilla celestial. Su mujer había sido raptada y llevada al cielo, como Nuestro Señor Jesucristo y como san Elías. Eso era lo que les contaría a los vecinos que se congregaron en el huerto una hora después y que borraron con sus enormes abarcas la prueba de las huellas detenidas en el vacío; a los gendarmes que vinieron a detenerlo; a los jueces que lo condenaron a muerte por haber matado a su esposa y haberla dejado caer en quién sabe qué agujero del río helado y, finalmente, al verdugo, mientras este le pasaba la soga por las orejas rojas y el pelo rapado, cortado a tazón. «Cuando empiecen a suceder estas cosas, mirad hacia arriba. —Recordó los sermones del cura—. Y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca.» Y el cura también leyó el Evangelio: «Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán. Habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán, a otra la dejarán…». No tuvo mucho más tiempo, sin embargo, para seguir recordando la pequeña iglesia llena de rostros de santos y olor a incienso, pues al poco rato el campesino colgaba de la soga, con los ojos fuera de las órbitas y la lengua azul y sanguinolenta entre los labios, en aquella horca levantada en los confines de la región.

Mircea Cartarescu
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