Lectura. “El boxeador polaco”. Eduardo Halfón

Un abuelo polaco cuenta por primera vez la historia secreta del número que lleva tatuado en el antebrazo. Un pianista serbio añora su identidad prohibida. Un joven indígena maya está desgarrado entre sus estudios, sus obligaciones familiares y su amor por la poesía. Una hippie israelí anhela respuestas y experiencias alucinógenas en Antigua Guatemala. Un viejo académico reivindica la importancia del humor. Todos ellos, seducidos por algo que está más allá de la razón, buscan lo hermoso y lo efímero a través de la música, las historias, la poesía, lo erótico, el humor o el silencio, mientras un narrador −profesor universitario y escritor guatemalteco también llamado Eduardo Halfon− empieza a rastrear las huellas de su personaje más enigmático: él mismo.

Publicado por primera vez en 2008 y traducido a una decena de idiomas, El boxeador polaco −que aquí se presenta en la versión concebida inicialmente por su autor, incluyendo La pirueta− se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura latinoamericana reciente.

(Contraportada de la edición de Libros del Asteriode)

El boxeador polaco


Textos

No sé qué hacía enseñándoles literatura a una caterva de universitarios, en su mayoría, analfabetos. Cada comienzo de ciclo, ingresaban a la universidad aún emanando un aroma a cachorritos lúgubres. Bastante descarriados pero con la fachosa noción de no estarlo, de ya saberlo todo, de poseer un entendimiento absoluto sobre los secretos que gobiernan el universo entero. Y para qué la literatura. Para qué un curso más escuchando a un pendejo más hablar aún más pendejadas literarias, y cuán maravillosos son los libros, y cuán importantes son los libros, y entonces mejor quítense de mi camino porque me las puedo solo, sin libros y sin pendejos que todavía creen que la literatura es una cosa importante. Algo así pensaban, supongo. Y supongo que, de cierto modo, viendo todos los años su misma expresión de altanería y percibiendo esa misma mirada tan soberbia e ignorante, los entendía perfectamente, y casi les daba la razón, y reconocía en ellos algún rastro de mí mismo.

Del relato “Lejano”


Los nombres de los pueblos guatemaltecos jamás dejan de asombrarme. Son todos como suaves cascadas o como gemidos eróticos de algún bello felino o como bromas peripatéticas, depende.

[…] Supongo que los nombres de los pueblos guatemaltecos son, a fin de cuentas, igual que su gente: una mezcla de sutiles vahos indígenas y toscas frases de conquistadores españoles igualmente toscos y un imperialismo draconiano que se impone de una manera irrisoria y brutal, pero siempre recalcitrante.

Del relato “Lejano”


Milan se quedó parado en medio de nosotros. Le calculé más o menos mi edad. Llevaba puesta una ligera camisola color tortilla y sus dedos estaban colmados de gruesos anillos de plata. Su pelo negro y lacio le tapaba casi todo el rostro, y yo, por alguna razón, me puse a pensar en los velos de novia que tanto le gustaban a Lía. Quizás por la forma de sus ojos, quizás por algo mucho menos nombrable, me pareció que tenía una mirada noctámbula. La mirada de alguien que sólo puede ver bien de noche o que sólo quiere ver bien de noche, no sé. La mirada de un vampiro, pero un vampiro benévolo y triste que ya no necesita más sangre, sino largos chapoteos en agua bendita.

Del relato “Epístrofe”


Lía dibujaba sus orgasmos. Desde la primera vez, al terminar, ella se ponía de pie, caminaba a algún lado completamente desnuda y volvía a la cama con un pequeño cuaderno color almendra. Luego, apoyada en un codo o bien sentada o en ocasiones arrodillada, se ponía a dibujar el orgasmo o los orgasmos que había experimentado y aún tenía frescos en su memoria. A graficármelos, como lo haría un científico, con todo y convulsiones, culminaciones, espasmos, síncopes, cambios de temperatura y derrames líquidos. Generalmente, esbozaba una línea que parecía una montaña o una cadena de montañas con diferentes alturas y grosores. A veces la meseta era breve; a veces era redonda; a veces se extendía horizontalmente por lo que figuraban ser varios kilómetros. Chorros fluviales a menudo explotaban de alguna parte, casi siempre (pero no siempre) del cráter. Muy esporádicamente, surgían erizadas líneas zigzagueantes en los costados, como relampaguitos en miniatura, pero no sé qué significaban: su único secreto, de suma importancia, decía ella. Y entonces, cuando de repente brotaba una de esas líneas zigzagueantes, me sentía estúpidamente satisfecho sin saber por qué. Otras veces no dibujaba montañas, sino nubes o volutas de algodón o algo por el estilo: vibrantes, densas, elípticamente cerradas. Me explicó que no sabía cómo más representarlo, que así percibía todo su cuerpo.

Del relato “Epístrofe”


69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, en su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos. Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yídish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: un par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yídish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (gefiltefish, en yídish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número.

Del relato “El boxeador polaco”


Eduado Halfón
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