Lectura. “Los sueños de Einstein”. Alan Lightman

En 1905, mientras trabajaba en una modesta oficina de patentes en la tranquila ciudad suiza de Berna, el joven Albert Einstein esbozaba su teoría de la relatividad, una nueva concepción del tiempo. Inspirándose en estos humildes inicios, el físico y escritor Alan Lightman imagina a un Einstein de ficción que cada noche sueña con mundos en los que el tiempo se rige de maneras diferentes. En un mundo, el tiempo se congela en el momento en el que somos más felices, en otro, el tiempo transcurre hacia atrás o bien avanza más rápido en un barrio que en otro. Sueña también qué sucedería si conociéramos el fin del mundo de antemano, si no tuviéramos recuerdos o si no tuviéramos futuro. Los treinta breves relatos que forman este volumen abordan de forma poética cómo una u otra concepción del tiempo condicionaría de manera radical la actuación del ser humano.

Publicado por primera vez en 1993, el libro de Alan Lightman está considerado como un clásico moderno y ha sido elogiado tanto por la crítica literaria como por la comunidad científica. “Los sueños de Einstein” explora las conexiones entre ciencia y arte y constituye también un sutil recordatorio de la fragilidad de la existencia humana.

Contraportada de la edición de Libros del Asteroide


Textos

En este mundo el tiempo es como un flujo de agua desplazado ocasionalmente por algún escombro o brisa pasajera. De cuando en cuando una perturbación cósmica provoca que un riachuelo de tiempo se separe de la corriente principal y se conecte al caudal anterior. Cuando eso sucede, los pájaros, la tierra y las personas atrapadas en esa corriente desviada se ven arrastrados súbitamente al pasado. Las personas arrastradas hacia atrás en el tiempo son fáciles de distinguir. Visten ropa indeterminada y oscura y caminan de puntillas sin hacer ruido, sin pisar ni una brizna de hierba. Temen que cualquier cambio en el pasado provoque consecuencias drásticas en su futuro.

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En este mundo resulta enseguida obvio cuándo algo es extraño. No se ven casas ni en los valles ni en los llanos. Todo el mundo vive en las montañas. En cierto momento del pasado, los científicos descubrieron que el tiempo transcurría más despacio cuanto más lejos se estaba del centro de la tierra. El efecto era minúsculo, pero podía medirse con herramientas extraordinariamente sensibles. Cuando se tuvo noticia de ese fenómeno, ciertas personas, deseosas de permanecer jóvenes, se trasladaron a las montañas.

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Hay un lugar donde el tiempo está detenido. Las gotas de lluvia cuelgan inmóviles en el aire. Los péndulos de los relojes flotan a medio vaivén. Los perros alzan sus hocicos en aullidos silenciosos. Los transeúntes están congelados en calles polvorientas, con las piernas alzadas y como sostenidas por hilos. Los aromas de los dátiles, los mangos, el cilantro, el comino permanecen suspendidos en el espacio. Cuando un viajero se aproxima a ese lugar desde cualquier dirección, se mueve cada vez más lentamente. Los latidos de su corazón van distanciándose cada vez más, se ralentiza su respiración, desciende su temperatura corporal, se reducen sus pensamientos, hasta que llega al centro exacto y se detiene. Ese es el centro del tiempo. El tiempo viaja hacia el exterior en círculos concéntricos; en el centro está inmóvil, y se mueve a mayor velocidad a medida que el diámetro aumenta.

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¿De dónde viene esa fijación con la velocidad? La razón es que en este mundo el tiempo pasa más despacio para la gente que se mantiene en movimiento. De ahí que todos viajen a gran velocidad, para ganarlo. El efecto de la velocidad no fue percibido hasta la invención del motor de combustión interna, en los albores del transporte rápido. El 8 de septiembre de 1889, Mr. Randolph Whig, de Surrey, llevó a su suegra a Londres en coche a gran velocidad. Para su agradable sorpresa, llegó en la mitad del tiempo esperado, cuando apenas habían iniciado la conversación, y decidió estudiar el fenómeno. Después de que se publicaran sus investigaciones, nadie volvió a ir despacio nunca más.

Alan Lightman
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