Lectura. “La primera mujer”. Gracia Pedrero

“La primera mujer” es un recorrido por los conflictos de diferentes mujeres en la actualidad a través de la mirada de la inspectora Susana Salgado, que al tiempo que busca al violador y asesino de Raquel Manjón busca también su propia identidad.

La inspectora Susana Salgado y la psiquiatra Ana Villasante son los hilos que conducen al lector a través del intrincado laberinto de las emociones de los distintos personajes femeninos, en los que se analiza la condición de la mujer en la sociedad actual y la gestación de la mentalidad patriarcal occidental.

Una historia que, como apunta su autora, Gracia Pedrero, es “una ligera y torpe recreación de los fragmentos de cotidianidad de algunas de las mujeres cuyas historias me narraron dos amigas, un acercamiento  a la onda expansiva de sus actos, al rastro casi perdido de lo que deseaban o detestaban”. 

Retazos de vidas que, sirviéndose de los testimonios de estas amistades –inspectora una, psiquiatra la otra–, Pedrero ha ido tejiendo hasta alumbrar “La primera mujer”, un libro que indaga en aquellos actos con los que, de forma involuntaria, impulsamos una serie de hechos cuyas repercusiones nos resultan imprevisibles.

Púbico


Textos

Héctor. Tienes nombre de héroe. Como Andrómaca, deseo que no te levantes del lecho, que no te vayas a ninguna batalla que no sea nuestro cuerpo a cuerpo. Me gustaría tener como ella un hijo tuyo. Pero eres demasiado pesimista para traer hijos a este mundo. Es la única manera de escapar de la Voluntad, el único modo de no dejarte arrastrar por la fuerza maléfica que nos envuelve –dices con convencimiento. Pero yo te conozco, sé que dentro de ti no hay más que miedo, y siento una ternura infinita hacia ese ser blanco, grande, fuerte que me envuelve con sus poderosos brazos. En la mesilla de noche el reloj marca las diez y media.

[…]

Susana Salgado sintió el agua tibia de espuma de lavanda sobre su piel. Contempló su cuerpo esbelto y sinuoso bajo el agua. Ese cuerpo había estado desnudo una noche a la luz de la luna hacía quince años, la única noche en que amó de verdad. Pero algo se interpuso. Tal vez fuese aquella sombra. La sombra de alguien que las espiaba detrás de los setos del jardín. Hallar una verdad que se nos presente con absoluta evidencia –había dicho su profesor-. Eva, la pérdida de la inocencia. Todos perdemos la inocencia en algún momento. ¿Sabes para qué sirve esto? –le había preguntado su hermana Alicia bajo las sábanas cuando aún eran muy niñas. ¿El qué? Esto de aquí, tonta, lo que todas tenemos… ahí abajo. ¿La nariz? Alicia rió. No es una nariz, sino un higo, tonta. Pues parece una nariz. ¿Te lo estás mirando? ¿Cómo me lo voy a mirar con la luz apagada? Enciende la luz –ordenó Alicia- ahora bájate las bragas, vamos, verás que es un higo. ¿Y tú cómo lo sabes? Me lo ha dicho mi profesor. ¿Don Carlos? Sí, dice que le gustan mucho los higos que tenemos ahí, que son muy dulces y que un día quiere probar el mío…

[…]

En la sala de espera hay una señora que acaba de descubrir que tiene un bulto en una mama. Me recuerda a mí misma cuando me descubrieron el tumor. Fue poco después de retirárseme la regla. Ya cinco años antes había empezado con desarreglos, lo que los ginecólogos llaman el climaterio. Toda la vida odiando la regla y resulta que luego es mucho peor cuando dejas de tenerla. Los huesos se entumecen, se vuelven frágiles, se quiebran como el cristal. Las hormonas desaparecen y nuestro ciclo se desregula. Hay un momento en que parece que las mujeres nos volviéramos hombres, nuestros cuerpos pierden la cintura y las formas, nuestro pecho se cae, engordamos y nos secamos por dentro, incluso algunas nos cubrimos de vello. Puede que haya un tiempo en que algunos seres hermafroditas pueblen la tierra. Serían como nosotras, las menopáusicas, que no somos hombres, pero tampoco mujeres porque hemos perdido la característica esencial de la mujer que es la fertilidad. Cuando el ciclo se acaba y las hormonas dejan de cumplir su función, ¿qué somos sino seres ambiguos, indefinidos? ¿Para qué me sirven entonces los pechos –me pregunto-, si ya no puedo utilizarlos? –con estas reflexiones me consuelo los días en que estoy más decaída-.

Gracia Pedrero. La primera mujer

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