El profesor Leszczynski. Adam Zagajewski

El profesor Leszczynski, cuya voz era sueave y apagada y se quebraba con facilidad, estaba especializado en la teoría del conocimiento. Explicaba a Descartes, a Berkeley, a Hume y a Kant. Era menudo, bajito, encorvado, y bondadoso. Su cara delgada, tan delgada como si estuviera hecha de chapa de madera y no de carne humana, tendía a la redondez. Era tan bondadoso y tan tranquilo que parecía que viviera tan sólo la mitad de la vida; estaba casi ausente. Llevaba siempre un abrigo loden verde, siempre: en invierno y en verano, en primavera y en otoño, en la calle y en la bien caldeada aula. Hicera un frío siberiano, violeta, el frío cruel de Stalin y Beria, o un calor siciliano, loco, que dejara sin fuerzas al mayor hércules, el profesor Leszczynski no se quitaba el abrigo. Los estudiantes, que todo lo ven y todo lo saben de sus profesores, tenían una explicación para este fenómeno: el profesor Leszczynski pasó algún tiempo en el campo de concentración de Auschwitz, y allí se le originó una rara desazón: era insensible a las temperaturas; sencillamente, se helaba sin tregua, tenía frío incluso en agosto. Pero aquí rozamos una disputa puramente metafísica: si se helaba o si era insensible a las variaciones de temperatura.

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Adam Zagajewski

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