Herman Melville, náufrago

Nació en Nueva York en 1819. Los diecisiete años, después del fracaso y de la muerte de su padre, se embarcó como grumete en el vapor «Highlander» directo a Liverpool y atravesó por primera vez el Atlántico. Aquello fue, por un misterioso decreto del destino, el principio de una vida novelesca como su siglo. Los océanos, éstos y aquéllos, por los que viajó durante ocho años, le dieron la fama y se la quitaron.

De vuelta a casa, de marinero pasó a ser escritor. Publicó un par de novelas en las que narraba sus exóticas aventuras. Fueron grandes éxitos. Sin embargo, aunque se aventuró a publicar una tercera en la que abandonaba la aventura por la alegoría, y el público de sus ligeras lecturas puritanas lo abandonó a él. Su obra maestra «Moby Dick», completó su decadencia. Vendió poco y no le gustó a nadie. El hecho es que a los treinta y tres años podía considerarse un fracasado (o más exactamente un náufrago) de la literatura, que a duras penas le servía para mantener a la familia. Finalmente, en 1866, encontró un modesto empleo en la Aduana de Nueva York. Nunca supo que durante aquellos años Francesco Mastriani, notable narrador que nadie recuerda, realizaba el mismo trabajo en el puerto de Nápoles. Murió en 1891, viejo, solo y olvidado.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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