Contemplar las palabras sobre el papel escritas, medirlas, sopesar su cuerpo en el conjunto del poema, y después, igual que un artesano, separarse a mirar cómo la luz emerge de la sutil textura. Así es el viejo oficio del poeta, que comienza en la idea, en el soplo sobre el polvo infinito de la memoria, sobre la experiencia vivida, la historia, los deseos, las pasiones del hombre. La materia del canto nos lo ha ofrecido el pueblo con su voz. Devolvamos las palabras reunidas a su auténtico dueño.
Todos los premios tienen sus peculiaridades pero las del Premio Cervantes son arrebatadoras. La más llamativa (ni siquiera está claro si se trata de una norma, un pacto o una galantería envenenada) induce a premiar escritores peninsulares los años pares y a los del resto de países de habla hispana…
Quizás sea urgente que la literatura muera, la literatura que comparte el mundo, la literatura que se ha convertido en lo contrario de sí misma, que se ha convertido en la propia burguesía, en su baluarte, en su adorno, en su justificación, así como la Iglesia se ha convertido en lo contrario de Cristo, que era la pobreza, la religión de los pobres y del amor puro, y no del poder. La literatura quizás deba morir para volver a ser esa cosa de la noche, esa actividad de cucaracha, ese lenguaje de rata, y no esa cosa espantosa, esa cosa cultural tan repugnante como las demás cosas culturales, cuando los libros no tienen nada que ver con la cultura. Lo que hay en los libros es algo mucho más importante que la cultura, porque lo que hay en los libros no es lo bello, no es lo espectacular, no es el entretenimiento, no es la época ni el debate de ideas, es simplemente esa cosa de rata y de cucaracha, lo que hay de absolutamente solitario en la existencia. Tal vez los escritores deban volver a ser lo que son, lo que yo soy: una cucaracha, una rata. Escribir lo que solo uno sabe, lo que ha visto, lo que ha comprendido. Escribir que no se entiende nada, escribir como no se entiende nada, o bien callarse. Quizás también los libros se hayan vuelto algo sucio».
Gueorgui Gospodínov: “El dolor no tiene sentido, pero sí lo tiene todo lo que desencadena”
Impedimenta publica la última novela del escritor búlgaro, ‘El jardinero y la muerte’, en la que el autor narra la enfermedad que apagó lentamente la vida de su padre en plena batalla contra el silencio
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)