No soy muy curioso acerca de las vidas o personalidades de otros escritores. Cuanto más me gusta la obra de alguien, menos quiero que el conocimiento personal contamine mi experiencia de lectura. He conocido brevemente a algunos de los escritores estadounidenses que admiro —a Cormac McCarthy, por ejemplo, y a Don DeLillo, y a Annie Dillard— y todos ellos me parecen personas excelentes y agradables. Aunque descubrí que no quería «charlar» con ellos. De hecho, ni siquiera me gustaba oírlos hablar. En sus libros, cada uno de estos escritores tiene para mí una «voz» bastante característica, una especie de sonido sobre el papel, que no tiene nada que ver con sus laringes o nasalidad o timbres verdaderos. No quiero estar oyendo sus voces «reales» en mi cabeza cuando leo. No estoy seguro de estar explicándome bien, pero esa es la verdad. Por otro lado, hay algunos escritores que mantienen correspondencia conmigo, y esto lo disfruto bastante. Porque la consciencia en las cartas se parece mucho a la consciencia que admiro en la obra. Espero que esto responda al menos parcialmente a tu pregunta.
Patricio Pron, escritor: «Los últimos acontecimientos en Argentina prueban que los países, como las personas desesperadas, también se suicidan»
Este autor argentino, afincado en España desde 2008, sigue cultivando una forma peculiar de narrar, donde la literatura enlaza sutilmente con lo sociocultural y lo político
Cualquier persona que se dedique a crear se le va la vida en ello, incluso no siendo literal, que sí es el caso de Sherezade. Escribir cada palabra como si tu vida dependiera de ello es una buena forma de ver la escritura. Esa es una de las razones por las cuales Sherezade es tan potente como personaje. Ella no sólo cuenta historias para salvar su vida sino para civilizar al violento, al rey bárbaro con el que se ha casado. Para el tiempo en el que ella acaba, lo ha convertido en algo más aceptablemente humano. Yo sigo pensando que hay algo tan extraño en Sherezade, porque al final terminamos por creer que ella es feliz con él. En el transcurso tienen hijos y puedo ver claramente por qué él se enamora de ella: porque es extraordinaria. Lo que no tengo nada claro es por qué ella se enamora de él. El libro no nos informa sobre eso.
La última novela de Alberto Torres Blandina parte de una idea tan sencilla como extraordinaria: contar la historia de la Humanidad desde la Guerra Fría hasta el presente a través del recuerdo de personas dispersas por todo el planeta. El resultado, una delicia.
Alberto Torres Blandina comparte en Zenda el proceso de escritura de su novela ‘Tierra’, publicada por Candaya.
Traducir significa pegarse y aferrarse a cada palabra y escrutar su sentido. Seguir paso a paso y fielmente la estructura y las articulaciones de las frases. Ser como insectos sobre una hoja y como hormigas en un sendero. Pero mientras tanto mantener los ojos alzados para contemplar todo el paisaje, como desde la cima de una colina. Moverse muy despacio, pero también muy deprisa, porque en tanta lentitud está y debe estar presente también el impulso de recorrer a gran velocidad el camino. Ser hormiga y caballo a la vez. El riesgo es siempre ser demasiado caballo o demasiado hormiga. Tanto lo uno como lo otro estropean la obra. La lentitud no debe aparecer, solo debe verse la carrera del caballo. Las palabras nacidas tan despacio no deben parecer arrastradas o muertas, sino frescas, vivas e impetuosas. La traducción está hecha por tanto de esta contradicción que parece insalvable. Figurémonos si teniendo que luchar diariamente con tal contradicción, el escritor puede cargar con el peso de su persona, con el embarazo de su estilo. No, conviene que, durante algún tiempo, deje aparte todo esto. Hormiga y caballo, soberano y vasallo al mismo tiempo, el escritor, en el acto de traducir, llega a conocerse a sí mismo con una vestimenta y una condición nueva.
El cuestionamiento del canon; la disolución de las fronteras entre géneros; la pujanza de la no ficción y la victoria total de la novela en tanto que género omnívoro son algunas líneas que atraviesan la literatura de lo que va del siglo.
Origen: La literatura en el siglo XXI | Letras Libres
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)