Escribir. Italo Calvino

En teoría me gustaría trabajar todos los días, pero por la mañana invento todas las excusas posibles para no trabajar: tengo que salir, hacer compras, leer el periódico. Por lo general, logro perder el tiempo por la mañana, así que termino sentándome a escribir por la tarde. Soy un escritor diurno, pero como pierdo el tiempo por la mañana, me he convertido en un escritor vespertino (…) En resumen, sólo por la tarde me siento en mi escritorio, que siempre está sumergido en cartas que llevan esperando respuesta no sé ni cuánto tiempo, y ese es otro obstáculo a supera.

«Al final me pongo a escribir y entonces empiezan los verdaderos problemas. Si empiezo algo desde cero, ése es el momento más difícil (…) Soy muy lento para empezar. Si tengo una idea para una novela, busco todos los pretextos posibles para no trabajar en ella. Si estoy escribiendo un libro de cuentos, de textos breves, cada uno tiene su propio tiempo de inicio. Incluso con los artículos siempre tengo la misma dificultad para empezar.

Italo Calvino

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La columna de Leila Guerriero: …»hoy las horas huelen a rastrojo de sombras»…

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Reflexiones. Virginia Woolf

Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado, cuando se ve el mundo como realmente es.

Es la tristeza de comprender que la vida no es una gran aventura, sino una serie de pequeños e insignificantes momentos, que el amor no es un cuento de hadas, sino una emoción frágil y fugaz, que la felicidad no es un estado permanente, sino un raro y fugaz atisbo de algo a lo que nunca podremos aferrarnos.

Y en esa comprensión hay una profunda soledad.

Virginia Woolf

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Crítica: ¿Quién mató a Bambi?. Monika Fagerholm

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Lectura: «El mundo deslumbrante». Siri Hustvedt

Siri Hustvedt. Foto: Domènec Umbert

He seguido la narrativa de Hustvedt (Northfield, Minn. 1955) desde aquel temprano y lejano Los ojos vendados (1992). Reconozco su calidad literaria pero ninguna de sus seis novelas precedentes había logrado atraparme…..

Origen: El mundo deslumbrante


Textos

Pero será mejor que empiece por el principio y me explique un poco. Escribo esto porque no confió en el tiempo. Yo, Harriet Burden, conocida también como Harry entre mis viejos amigos y entre los nuevos más selectos, tengo sesenta y dos años, no soy vieja, pero ya me encamino al FINAL y me quedan demasiadas cosas por hacer antes de que uno de mis achaques. resulte ser un tumor o una demencia acompañada de pérdida de memoria, o de que un camión fuera de control se suba a la acera, me aplaste contra la pared y deje de respirar para siempre. La vida camina de puntillas sobre un campo minado. Nunca sabemos lo que nos deparará el destino y, si quieren saber lo que pienso, tampoco tenemos claro lo que dejamos atrás. Aunque estoy seguro de que somos muy capaces de armar una historia que lo explique y devanarnos los sesos para lograr que todo encaje.


Harriet, que pronto se convirtió en Harry para mí, era inteligente, talentosa y de una sensibilidad exquisita. Podía ensimismarse durante horas y sumirse en un profundo silencio cuando estábamos juntas y, de pronto, cuando yo ya no podía tolerarlo ni un minuto más, Harriet me abrazaba y me pedía perdón. Aunque nunca lo dije por aquel entonces, sus dibujos y, más adelante, sus pinturas y esculturas parecían hechas por alguien que yo no conocía y que tampoco ella conocía. Harriet necesitaba a la Bestia con Cinco Dedos, ese diablillo creador que se abría paso rompiendo todas las ataduras que a ella la restringían como si fuesen cadenas o sogas.


Urdir una falacia lógica: según el argumentum ad populum, la marca más conocida es la mejor. Este falso argumento guía a los rebaños de la cultura, ya sean grandes o pequeños. El rebaño acude en masa y queda boquiabierto ante el espectáculo de una pasta de dientes blanqueadora. El rebaño corre a ver al último fenómeno que exponen en tal o cual galería. El rebaño piensa al unísono. El rebaño es un mirón colectivo que se moviliza a partir de unas pautas recibidas que le enseñan cómo admirar la belleza, la sofisticación y el ingenio que hay en el objeto brillante, en ese vehículo carente de valor, riqueza o gloria. Pero al rebaño también le encanta la fealdad, las humillaciones, los asesinatos, los suicidios y los cadáveres (no los cadáveres reales, no los que apestan, sino los que aparecen en los medios de comunicación, los que mueren delante de la cámara).


Rodeé la mesa y mi madre me hizo sentar en su regazo y me envolvió con sus largos brazos. Cerré los ojos, hundí el rostro en su cuello y me dejó cobijar por ella. Me abrazó con fuerza. Sin dejar de abrazarme, me meció durante varios minutos, hacia delante y hacia atrás, me acarició el pelo y me susurró en el oído: «Dios, ¡cuánto te quiero!». El nudo que tenía en el estómago desapareció por completo y durante el tiempo que estuve sentado en su regazo me olvidé de que ya era adulta. Incluso me olvidé de que tenía una hija y, sin lugar a dudas, de que tenía un hermano. Mi madre lograba esas cosas. Cuando menos lo esperabas, desplegaba su magia. Seguro que es una magia común y corriente, pero hay mucha gente que no sabe usarla.


Los veraneantes se han ido, el aire de la isla se ha vuelto gelido y los colores se han vuelto terrosos, con parches de rojos encendidos. En esta época el oleaje me asusta y guarda las distancias, manteniéndome en la zona donde la arena se junta con la hierba que se inclina ante el fuerte viento. Hoy el mar rugía de tal forma que me ha hecho pensar en los bramidos de un oscuro animal. Estoy sola. Ahora también perdió a Bruno, lo perdió por culpa de mis confabulaciones, de mi rabia y de mi fracaso. Quería morder el mundo hasta hacerle sangre, pero sólo he logrado morderme a mí misma, crear mi propia y triste tragedia de las cosas.

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Silvina Ocampo: el etcétera de la familia | Letras Libres

Acercarse a Silvina Ocampo es acercarse a Bioy Casares y a Borges, a la revista ‘Sur’ y su órbita, a Victoria Ocampo y al panorama de la literatura argentina de la época.

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La lectura. Primo Levi

He leído mucho porque pertenezco a una familia en la que leer era un vicio inocente y tradicional, un hábito gratificante, una gimnasia mental, un modo obligatorio y compulsivo de rellenar los tiempos muertos, y una especie de fata morgana en la dirección de la sabiduría. Mi padre siempre estaba leyendo tres libros a la vez: leía «estando en casa, andando por la calle, al acostarse y al levantarse» (Deut. 6.7); y encargaba al sastre chaquetas con bolsillos grandes y profundos, en los que cupieran los libros. Tenía dos hermanos igualmente ávidos de lecturas indiscriminadas; los tres (un ingeniero, un médico, un agente de bolsa) se apreciaban mucho, aunque solían robarse libros de las bibliotecas respectivas. Estos hurtos siempre se recriminaban a título formal, pero se aceptaban deportivamente, como si hubiera una regla no escrita según la cual aquel que desea verdaderamente un libro es digno de apropiárselo. Por ello mi juventud transcurrió en un ambiente saturado de papel impreso, y en el que los libros escolares se hallaban en franca minoría. Yo también he leído confusamente, sin método, según se estilaba en mi casa, y de ello, seguramente, habré extraído una cierta (excesiva) confianza en la nobleza y la necesidad del papel impreso y, de paso, un cierto oído y cierto olfato. Quizá, leyendo, me he ido preparando para escribir; del mismo modo en que el feto de ocho meses reside en el agua pero se prepara para respirar. Es posible que las cosas leídas reafloren aquí y allá en las páginas que luego escribí, pero el nudo de cuanto he escrito no está en aquello que he leído.

Primo Levi
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Desearía desvelar, Henri Michaux

Desearía desvelar lo “normal”, lo desconocido, lo insospechado, lo increíble, la enormidad normal. Lo anormal me lo ha dado a conocer. Lo que ocurre, la prodigiosa cantidad de operaciones que a lo …

Origen: Desearía desvelar, Henri Michaux – Calle del Orco

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La grandeza del fracaso. William Faulkner

Mi opinión personal es que lo que yo había escrito nunca había resultado tan bueno como yo quería, o esperaba, que fuera; esa es la razón de que el escritor escriba otro libro. Si uno escribiera un solo libro y resultara ser todo lo que uno esperaba de él, probablemente dejaría de escribir. Pero no es el caso, así que vuelve a intentarlo y empieza a pensar en su obra como una larga sucesión de fracasos. Quiero decir, es lo mejor que pudo hacer, pero ninguna llega a la perfección, que es a lo que aspira, y todo lo que no sea la perfección es un fracaso. Se me pidió que valorara a mis contemporáneos, a Hemingway, Dos Passos, Caldwell y Thomas Wolfe, y dije que no podía, porque creía que ellos, como yo, pensarían que sus obras habían resultado fallidas; y que la única forma que tenía de valorarlos era en términos de la magnificencia de ese fracaso. Así que coloqué a Wolfe en primer lugar, porque fue el que más se esforzó en realizar lo que sabía que no podía conseguir. Me puse a mí mismo en segundo lugar, porque intenté casi tanto como Wolfe lo que no podía hacer. Y puse a Hemingway el último porque se había dado cuenta, muy pronto, de lo que era capaz de hacer y se había atenido siempre a ese patrón. Esta opinión mía no tenía nada que ver con el valor de la obra, sino únicamente con lo que yo llamaría la magnificencia, la grandeza del fracaso.

William Faulkner
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Cuaderno de poemas. «Otro tiempo vendrá». Ángel González

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
«Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas».


Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Ángel González

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