Un mundo sin lectura

Describo un mundo en el que la literatura está completamente ausente. Desde que nací hasta los 16 años nunca leí. Leer era, de hecho, un síntoma de afeminamiento. Son cosas que fomentaban aún más la exclusión. Que te guste la escuela, someterte a su disciplina, también era cosa de maricas. Hay una especie de desajuste entre el sistema escolar y los hijos de clases populares. Se encuentran en el mismo espacio, pero no hablan el mismo idioma.

Édouard LouisÉdouard Louis, joven autor de Para acabar con Eddy Bellegueule, Salamandra

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Idea occidental de la cultura

Los corifeos de la cultura no se han parado a pensar en la gran cifra de seres humanos ni en las innumerables producciones del pensamiento […] Sobre todo deberían tener muy presente cuán pocas personas escriben libros en comparación con las que no los escriben y cuyos pensamientos, en consecuencia, en vano buscaríamos en las fichas de las bibliotecas. La idea occidental de que la cultura es una cuestión de libros, de cuadros y de monumentos, es infantil…

Jean DubuffetJean Dubuffet

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Brevedad y precisión

Cada uno de nosotros tiene quizá mucho que decir, pero hay muy poco que decir sobre ese mucho. La posteridad quiere que seamos breves y precisos. Faguet dice excelentemente que a la posteridad solo le gustan los escritores breves.

La variedad es la única excusa para la abundancia. Ningún hombre debería dejar veinte libros distintos a no ser que pueda escribir como veinte hombres diferentes. Las obras de Victor Hugo completan cincuenta grandes volúmenes, y con todo ni siquiera cada volumen, casi cada página, contiene a todo Victor Hugo. Las otras páginas se suman como páginas, no como genio.

PessoaFernando Pessoa

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Lectura. Rilke: Carta II

Hoy, solo quisiera decirle dos cosas:

Ironía

Ironía: No se deje dominar por ella, especialmente en los momentos no creadores. En los creadores, trate de utilizarla, como un medio más para comprender la vida. Usada puramente, es también pura. Y no hay que avergonzarse de ella. Si con ella se siente usted demasiado  familiarizado, si teme la creciente intimidad con ella, vuelva entonces a los temas grandes y serios; ante éstos se torna pequeña e inerme. Busque lo profundo de las cosas: hasta allí nunca desciende la ironía…; y si usted, así, al borde de lo grande la conduce, comprobará a la vez si esta manera de concebir surge de una necesidad de su ser. Pues por el influjo de las cosas serias, o se desprenderá de usted (si es cosa casual) o se fortalecerá (si realmente le es innata) hasta constituir un noble instrumento que se ubicará en la fila de los medios con que usted tendrá que formar su arte.

Rilke 2

Y lo segundo que quería contarle, es esto:

Libros, influencias

De todos mis libros, pocos son los indispensables; pero hay dos que están entre mis cosas dondequiera que me encuentre. Están también aquí, en torno mío: la Biblia y los libros del gran poeta danés Jens Peter Jacobsen. Se me ocurre que conocerá usted sus obras […] Adquiera el tomito «Seis Relatos de J.P. Jacobsen», y su novela «Niels Lyhne»; y empiece el primer cuento del primer tomo, que se llama «Mogens». Un mundo aparecerá ante usted: la felicidad, la riqueza, la inexplicable grandeza de un mundo. Viva usted algún tiempo en estos libros. Aprenda de ellos lo que le parezca digno de ser aprendido; pero, sobre todo, ámelos. Este amor le será retribuido mil y mil veces, y sea cual fuere su vida, él irá -estoy seguro de ello- por el tejido de su existir, como uno de los más importantes hilos entre todos los hilos de sus experiencias, decepciones y alegrías.

Si yo debiese decir por quiénes he sabido algo sobre la esencia de la creación, sobre su profundidad y eternidad, solamente dos nombres son los que podría pronunciar: el de Jacobsen -el grande, grande poeta- y el de Augusto Rodin, el escultor que no tiene igual entre todos los artistas que hoy viven. ¡Y buen éxito en sus caminos!.

Rilke. Cartas a un joven poetaRainer Maria Rilke. Cartas a un joven poeta

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Encuentro literario: Muñoz Molina y Onetti

Onetti estaba en una habitación pequeña, desnuda como una habitación de hospital, tendido de costado en una cama abatible, como torcido, apoyado inestablemente en un codo, con un cigarrillo en la mano, las piernas flacas bajo los pantalones de un pijama azul claro de enfermo, con unas zapatillas azules, los tobillos morados, el vientre hinchado sobresaliendo de la chaqueta medio desabrochada del pijama. Tenía unos ojos grandes y saltones y una barba escasa y no llevaba gafas. En su cara estaba la hinchazón amoratada del alcohol. Sus manos eran muy largas, torcidas, hábiles tan sólo para sostener cigarrillos, vasos, libros, mecheros. Dolly me dijo que ahora al menos sólo bebía vino, mezclado con agua. Había un vaso de vino en una mesita articulada como de hospital al lado de la cama.

   Había además libros, hojas sueltas de periódicos, recortes, un cenicero con colillas, uno o dos paquetes de tabaco, una botella de vino a granel, un vaso de agua, frascos de medicinas. La ventana estrecha y alargada, a la que Onetti daba siempre la espalda, se abría a una terraza llena de macetas y al cielo de Madrid sobre esa torre de ladrillo rojo en la avenida de América en la que se encendía de noche el letrero de Iberia.

   Ahora me arrepiento de no haber anotado aquel mismo día todos los detalles del encuentro y de la conversación, lo que Onetti me dijo, hace veinticuatro años, recuerdos de recuerdos, gastados de haberlos querido invocar tantas veces. En la pared, encima de la cama sin cabecero, sobre una almohada doblada y estrujada, una almohada de no dormir por las noches, había fotos pegadas con chinchetas o cinta adhesiva: una perra fox terrier que se le había muerto hacía poco, la Biche, amigos y nietos; su hija, con cara de nórdica, una muchacha muy joven, de cara morena y pelo castaño, una belleza. Había venido hacía poco a visitar a Juan, dijo Dolly, con tono de indulgencia, y se había quedado muchas horas hablando con él. «Es que Juan es bastante lolitero.» Hablamos de Humbert Humbert y de Lolita: Onetti dijo que la novela tenía que haber terminado después de la noche en que Humbert viola a la niña, que todo lo demás era una añadidura innecesaria. Por qué no se habría conformado Nabokov con escribir una novela corta, dijo, con aquella expresión de error trágico en sus ojos saltones, enfermo, con los oídos taponados por la gripe, queriendo sobreponerse a la casi invalidez, a la sordera transitoria, a la injuria de los años.

   Estuvo hablándome de su amor por Faulkner, a quien yo había descubierto inducido por él. Me enseñó una carta que había escrito para mandar al periódico, burlándose de la obsesión de los obispos y la gente eclesiástica por regular o prohibir pasiones sexuales de las que ellos, en rigor, no deben opinar porque no saben nada.

   Yo le conté lo difícil que era encontrar en Granada sus libros cuando era estudiante, en los años setenta: la primera vez que vi una edición de La vida breve, o cuando robé El astillero en una casa en la que estaba de visita. Se acordó de la felicidad de salir de una librería con una novela recién publicada de Faulkner, de ir por la calle leyéndola y chocando con la gente.

   Extraía los cigarrillos del paquete con sus dedos largos y flacos como pinzas, amarillos de nicotina, y los encendía con un mechero desechable, apoyándose en el codo. Daba caladas hondas y no echaba en el cenicero la columna de ceniza que iba formándose poco a pocoOnetti y que se desmoronaba sobre la pechera del pijama, que él sacudía con descuido. Era asombroso que no hubiera quemaduras ni en la cama ni en la tela del pijama, que no se incendiara todo alguna vez. Dolly me dijo que el miedo a que él se durmiera con el cigarrillo en la mano o en la boca y provocara un incendio no la dejaba descansar por las noches. […]

 […] Dolly me dijo que Onetti se empeñaba en beber vinos y whiskies malos que le hacían daño. Yo le pedí permiso para regalarle la botella de single malt que había comprado el día antes en el duty free del aeropuerto de Lisboa. Me dijo que sí, con un gesto de fatalismo sin drama. «Por lo menos beberá algo bueno.»

   Trajo dos vasos limpios y le serví a Onetti un poco de whisky, y yo bebí algo también. Estaba casi en ayunas, y además había perdido el hábito de beber. El whisky me hizo un efecto halagüeño e inmediato. Me acordé de las tres cosas que él decía que más le gustaban: «Escribir, una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor». Dolly contó un recuerdo de los años en que empezaban a estar juntos, cuando ella era una adolescente, y él se quedó en silencio y dijo: «Dice Rubén que sólo dos cosas existen, arrepentimiento y olvido».

   Se quedaba a veces callado y terriblemente serio, con un ojo saltón fijo en mí o en la pared o el vacío. Yo miraba con disimulo el reloj sintiendo que cometía una deslealtad. Muy pronto tendría que salir hacia el aeropuerto si no quería perder el avión. Le dijo a Dolly que me trajera uno de los libros más valiosos que tenía, el primero de los dos tomos monumentales de la biografía de Faulkner de Joseph Blotner. Dolly le preguntó que por qué no me dejaba los dos: «Para estar seguro de que vuelve a traer uno y llevarse el otro». Pero pasó el tiempo y nunca volví. El segundo tomo me lo regaló Dolly después de su muerte. Cuando nos despedíamos, Onetti me apretó muy fuerte la mano, incorporado a medias en la cama, de costado, con un vigor inesperado en sus dedos tan débiles, y me dijo: «Es lindo sentirse amigo».

Muñoz Molina. Como la sombra que se vaAntonio Muñoz Molina. Como la sombra que se va. Seix Barral

 

 

 

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Foto entrañable

Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Mercedes Salisachs, Jose Luis Castillo Puche, Luis Goytisolo, André Malraux, Juan Goytisolo, Maurice Coindreau e Italo Calvino, entre otros amigos y colegas.
Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Mercedes Salisachs, Jose Luis Castillo Puche, Luis Goytisolo, André Malraux, Juan Goytisolo, Maurice Coindreau e Italo Calvino, entre otros amigos y colegas.

 Foto de Yolanda Castilla Galdos.

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Monterroso en estado puro

Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

El paraíso imperfecto

-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas, S.B

Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;

Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;

Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;

Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;

Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;

Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;

Dejó de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;

Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.

MonterrosoAugusto Monterroso, El paraíso imperfecto

(Aniversario de su muerte)

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Album de librerías incompleto, 5

Barter Books, es una tienda de libros de segunda mano localizada en Alnwick, Northumbria, Inglaterra,
«Barter Books», Alnwick, Northumbria, Inglaterra. Tienda de libros de segunda mano

Bazar en Santiago de Chile
Bazar de libros en Santiago de Chile

 

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Max Aub, recorrido

Profundamente europeo y culto, Max Aub fue todo un resistente, un cronista de un tiempo trágico.

  1. Valencia. Max Aub (París, 1903-México DF, 1972), de origen judío, hijo de alemán y de francesa; la guerra de 1914 empuja a la familia a Valencia. Uno es —diría— de donde hace el bachillerato. Él, en el instituto Luis Vives; valenciano, pues. La Guerra Civil le devolvería a una Francia poco dispuesta; es detenido, denunciado por comunista: nunca lo fue. Geografías de internamiento (París, playas del sur, Djelfa en Argelia). Mujer e hijas vuelven a Valencia. En una reciente edición de Del Centro Editores —una hermosura—, Cartas a mi hija Elena, podemos leer algunas, las que enviaba a Maestro Gozalvo, 16, Valencia, desde Djelfa: “Mil besos libres de tu papá”. Max Aub llegó a DF en 1942; la familia, en 1946.
  1. Madrid. Pero mucho antes, de joven, se fue a Madrid con 500 pesetas ganadas en la lotería. A hacerseMax Aub escritor. Una novela, La calle de Valverde, Valverde, 32, a un paso de la Gran Vía, la crónica política y literaria del Madrid, alegre y confiado, de la dictadura de Primo de Rivera. Una novela coral, que tiene algo de precuela de sus Campos narrativos, esa crónica del laberinto español, hecho escombros con la guerra. No es exactamente un roman à clef, pero algo sí.
  1. Europa. Con 11 años había conocido el primer exilio: su familia expulsada por la Gran Guerra. En 1942, embarcado en Casablanca rumbo a México, escribió a bordo Campo francés, un guion sobre la Francia que estaba muriendo por cerrar los ojos, por no haber visto con claridad la amenaza del nazismo. Dos años después publica Morir por cerrar los ojos, teatro: ya no es Francia, es toda Europa. Profundamente europeo, tan culto, no escogió el camino drástico de Stefan Zweig. Resistió. En su teatro, en sus textos, siempre fue el cronista de una Europa que nunca —entonces, ahora— debe cerrar los ojos. No: otro de sus dramas. Y más.
  1. México DF. En el relato La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, que publica ahora Cuadernos del Vigía, con ilustraciones de Antonio Santos y un CD en el que Max Aub lee su propio texto —con sus célebres “erres” guturales—, los exiliados españoles en DF gritan tanto sus diferencias, “atruenan” (escribe M. A.), en tertulias de café, que el mesero, harto, decide irse él mismo a Madrid a solucionar de una vez lo de F. F., para ver si así dejan de atronar con sus nostalgias, los exiliados. Exilios, geografías.
  1. España. Vino (no volvió: puntualizó) a España en 1969 (y en la primavera de 1972, poco antes de morir en julio, en DF) para preparar una novela sobre Buñuel, y se trajo su viejo mapa, cuarteado, de la España de 1939, que no pudo superponer con el de la España de 1969. Vio a toda la gente que pudo, viejos y nuevos, en Madrid, en Barcelona, en Valencia. Sus libros —por fin— aparecían en esa España que le costó (re)conocer. Editores, lectores, entrevistas en prensa. A todos estos, el periodista Emilio Romero los llamó “mierdecillas devotos”. De vuelta escribió La gallina ciega. Con legítima arbitrariedad.

Javier Goñi, Babelia nº 1209, 24 de enero de 2015

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Entrevista con Julio Cortázar

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