Celebración de la fantasía

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

 Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

 Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

 -Y anda bien -le pregunté

 -Atrasa un poco -reconoció.

Eduardo GaleanoEduardo Galeano

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La condesa

Nabokov. Cartas a VeraVera mandaba en su marido, a quién se sometió. No hay en este particular conyugal contradicción alguna. Rusa de nacimiento, de estirpe aristocrática y judía, se le atribuye una tentativa de matar de Trotsky. Era bella, elegante, culta, perspicaz: con menos que gobernar a un genio no se habría conformado. Tan sólo la defunción de él canceló 52 años de matrimonio. Asistía a los cursos de literatura rusa que dictaba su marido. Ella le llevaba en coche a la universidad, inspeccionaba sus opiniones literarias, se entrometía en sus clases para enmendarle inexactitudes al citar a Pushkin o Gogol, vigilaba como perro guardián que no se le acercasen demasiado las muchachas y en casa ella misma corregía los exámenes. Los estudiantes la apodaban la Condesa. Se sacó licencia de armas para proteger a su marido y a su hijo. ¿El marido? Un tal Nabokov, escritor que cazaba mariposas.

Fernando AramburuFernando Aramburu

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Lectura. Rilke: Carta X y última

[…] Pero he pensado a menudo en usted durante estos días de fiesta, y me he representado cuán tranquilo debe estar en su aislado fortín, entre áridas montañas, sobre las cuales se precipitan aquellos grandes vientos del sur como si quisieran engullirlas a grandes trozos.

La calma debe ser inmensa donde tales rumores y movimientos tienen cabida, y cuando se piensa que a todo ello se agrega todavía la presencia del apartado mar, resonando, acaso, como el tono íntimo en esta prehistórica armonía, sólo puede uno desear que, lleno de confianza y paciencia, deje usted obrar en su ser la grandiosa soledad; ella no se borrará más de su vida […]

El arte mismo no es más que una manera de vivir, y puede uno prepararse para él viviendo de cualquier manera, sin caer en la cuenta. En toda realidad se está más cerca de él que en las profesiones irreales, seudoartísticas que, dándonos la ilusión de estar cerca del arte, prácticamente niegan la existencia todo arte y lo dañan, como por ejemplo lo hace el periodismo en pleno, y casi toda la crítica y las tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura. En una palabra, me alegro de que haya usted salvado el peligro de llegar a eso, y de que esté solitario y animoso en una ruda realidad. Quiera el año que se aproxima conservarlo y afirmarlo en ella.

Siempre, su

Rainer María Rilke

Rilke. Cartas a un joven poeta

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Terminar una novela

Escribes una frase y resulta que es la última, pero no sucede nada a tu alrededor, ni dentro de ti. La noche de principio de verano en que terminé la novela estaba solo. No tenía teléfono. No podía llamar a nadie para decirle que había terminado. Saqué el último folio de la máquina y lo puse junto a los otros. Contuve el impulso de volver al principio, abrumado de antemano por todos los errores y descuidos que encontraría, todo el trabajo de corrección que tendría por delante. Yo no era ya el mismo que cuando escribía las primeras páginas, dos veranos antes. Entre el principio y el final, el aprendizaje de escribir una novela completa me había cambiado. Escribir es llegar al final de algo, concluir algo, lo que sea, un cuento, un poema, un artículo, una novela de 500 páginas.

Muñoz Molona 1Antonio Muñoz Molina

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La palabra y el pensamiento

Un gran maestro y filósofo, Emilio Lledó, afirma que los seres humanos somos esencialmente palabra, comunicación, lenguaje. La vieja definición de que el hombre es un animal que habla, que tiene logos, sigue siendo irrefutable. Porque nuestra inteligencia es lingüística. Pensamos con palabras. Con palabras nos comunicamos. Y ellas organizan nuestras propias acciones. Sólo pienso en la medida que soy capaz de expresarlo en palabras: interiormente o hacia los demás. Pretender sustituir la palabra por aparentes equivalencias no es sino una forma falaz y taimada de empobrecer nuestra inteligencia. Y cada acto que atente contra sus manifestaciones fundacionales —la escritura, la lectura, la oratoria…— es un atentado contra nuestra riqueza civilizatoria.

Cesar Antonio MolinaCesar Antonio Molina, El País

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XXVII

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New York Public Library Book Wagon, 22, New York City,1930
La Biblioteca del Senado Francés, en París.
La Biblioteca del Senado Francés, en París.
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El Vieco cortaziano IV

Cortazar y García MárquezAlguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón. […] Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo.

Así describe Gabriel García Márquez su encuentro con Julio Cortázar en «El argentino que se hizo querer de todos».

A través de «Boulevard literario»

Café Old Navy

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El lector

Cada lector es, cuando lee, lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico ofrecido al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo.

ProustMarcel Proust

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Lectura recomendada: «Butcher´s Crossing», de John Williams

«Butcher´s Crossing», de John Williams, autor de otras obras de la narrativa extranjera como Stoner o El hijo de César, es una recuperación editorial de primer orden, una novela de iniciación ambientada en el Oeste americano del siglo XIX. Butcher’s Crossing, que podría parecer una de las tópicas incursiones en el género western, en seguida se convierte en un espléndido texto de iniciación, donde vemos a un hombre joven crecer bajo la atenta mirada del maestro Miller, un visionario que conoce los resortes del alma. Si hay un eslabón perdido entre Melville y Cormac McCarthy, ese es John Williams. A lo largo de su vida, fue alternando el trabajo de profesor con la escritura: empezó con Butcher´s Crossing, luego publicó Stoner, y finalmente Augustus, por la que fue galardonado con el National Book Award. Suyos son también dos volúmenes de poesía. Corren los años John Williams. Butcher´s Crossingsetenta del siglo XIX y el joven Will Andrews, recién graduado en la universidad de Harvard, decide dejar todo lo que una gran ciudad puede ofrecerle y emprender un viaje hacia el Oeste, donde espera encontrar un lazo de unión con la naturaleza. Iniciado el viaje, Will recala en un pequeño pueblo de Kansas llamado Butcher´s Crossing con la idea de dar un nuevo sentido a su vida. Todo parece tristemente anodino, pero pronto traba amistad con Miller, un hombre maduro y cazador experimentado. Miller y Andrews emprenden la aventura acompañados de otros dos hombres. La codicia febril los abocará a quedar atrapados por la nevada en aquel paraje durante meses. Es como si alguien con mucho talento hubiera convertido en novela el manido poema de Kipling: «If…you will be a man». «¿Una nueva novela que nos cuenta historias del lejano Oeste? No señores…Por fin un escritor ha usado los escenarios familiares del Western para hacer con ellos lo que toda buena ficción debería hacer: entregar al lector algo nuevo sobre su propia condición de hombre.» Chicago Tribune.

Editorial Lumen. Contraportada

Textos

Metido ya en su petate, Will Andrews permaneció un buen rato despierto escuchando el silencio. Al principio le llegaba el olor acre de la leña de pino a medio apagar, pero luego el viento cambió de dirección y ya no pudo oler el humo ni oír tampoco la sonora respiración de los que dormían cerca de él. Se puso de cara a la ladera por donde habían descendido. Desde la oscuridad que amortajaba la tierra, alzó la vista para seguir el borroso contorno de unos árboles que parecían surgir de la tiniebla para, poco a poco, ir perfilándose contra el azul oscuro de un cielo sin nubes donde titilaban cientos de estrellas. A pesar de la manta extra, Andrews estaba aterido; veía la nubecilla gris de su propio aliento al exhalar el cortante aire nocturno. Sus ojos se cerraron mientras contemplaba la imagen de un gran pino de forma cónica, negra silueta en contraste con el luminoso cielo; a pesar del frío, durmió profundamente hasta la mañana.

[…]

Los días se acortaban; la verde hierba del prado montañés empezaba a amarillear en las noches cada vez más frescas. A partir del primer día que pasaron en el valle, llovió casi todas las tardes, de modo que tomaron casi por costumbre abandonar la tarea pasadas las tres y echarse en el campamento bajo una lona impermeabilizada, tensada desde lo alto del carro hasta el suelo y fijada con estaquillas. En esos ratos de descanso hablaban muy poco; escuchaban el golpeteo de la lluvia sobre la lona, que los pinos adyacentes volvían irregular; y desde debajo contemplaban la llovizna. A veces caía una especie de densa niebla gris que casi oscurecía la arbolada ladera de la montaña; otras veces había un resplandor plateado, pues las gotas, al reflejar el sol, centelleaban como diminutas agujas que cayeran de lo alto para clavarse en la blanda tierra. Terminada la lluvia, que rara vez duraba más de una hora, los hombres reanudaban la persecución y matanza de bisontes, por regla general hasta que caía la noche.

[…]

Will Andrews fue mejorando poco a poco en la tarea de despellejar. Sus manos ganaron dureza y seguridad; sus cuchillos perdieron la pátina de nuevos y con el uso cortaban cada vez mejor, lo que pronto le permitió despellejar un bisonte por cada dos de Schneider. La fetidez de los animales, el tacto de la carne caliente en sus manos, la vista de la sangre coagulada tenían menos impacto en sus sentidos que al principio. Al poco tiempo despellejaba a los animales como un autómata, apenas consciente de estirar la piel de una bestia sin vida y asegurarla al suelo con estaquillas. Era capaz de pasar a caballo entre un sinfín de bisontes despellejados, negros ya de insectos, y casi no percibir el hedor que emanaba de la carne putrefacta.

[…]

Schneider y Andrews tenían que darse más prisa en despellejar los animales que Miller iba dejando tirados en el suelo; casi nunca terminaban la tarea antes de ponerse el sol, y en consecuencia cada mañana se levantaban antes del amanecer para bregar con el duro cuero de unos bisontes tiesos. Durante el día, mientras sudaban, cortaban y arrancaban en un esfuerzo desesperado por no rezagarse, oían cómo el rifle de Miller quebraba el silencio de manera inexorable, insistente, monótona, hasta dejarlos desquiciados y con los nervios a flor de piel. Por la noche, cuando los dos volvían agotados hacia el resplandor rojizo que señalaba la posición del campamento en la oscuridad, encontraban a Miller junto al fuego, encorvado, el gesto ausente; salvo por la mirada, estaba tan quieto y desprovisto de vida como los bisontes a los que mataba. Incluso había dejado de limpiarse la pólvora que se le pegaba a la cara al disparar; ahora el polvillo negro parecía formar parte de su piel como si estuviera grabado en ella, una máscara que resaltaba el furibundo y penetrante brillo de sus ojos.

[…]

—Un momento —dijo Schneider. tenía la vista perdida, y por el gesto de la cabeza parecía estar escuchando algo.

—¿Qué hay? —dijo Miller.

 —Marchémonos de aquí. —Schneider se volvió lentamente hacia él. Su voz sonó queda.

 Miller torció el gesto, lo miró pestañeando.

 —¿Qué pasa?

—No lo sé —dijo Schneider—. Pero hay algo. Algo no me acaba de gustar.

Miller resopló.

 —Te asustas más rápido que los bisontes. Vamos, aún quedan muchas horas de luz. Dentro de un rato se habrán calmado y podré tumbar unos cuantos antes de que anochezca.

—Escuchad —dijo Schneider.

 Se quedaron los tres inmóviles en las sillas de montar, tratando de oír algo que desconocían. El viento había cesado, pero el aire seguía siendo frío. No oyeron más que silencio; ni murmullo de ramas ni canto de pájaros. Uno de los caballos resopló; alguien hizo crujir la silla al moverse. Miller, ansioso por romper el silencio, se palmeó una pierna y, volviéndose hacia Schneider, dijo en alta voz:

—Qué demonios…

Pero no continuó. El brazo estirado de Schneider, la mano y un dedo que parecía señalar a ninguna parte, le conminaron al silencio. Andrews los miró alternativamente, desconcertado, pero de pronto sus ojos se detuvieron en un punto entre los dos hombres. En el aire, cayendo despacio, como una pluma, vio un gran copo solitario de nieve. Y estaba mirándolo cuando apareció otro más, y un tercero.

[…]

En pocos minutos el suelo estaba ya blanco; las ruedas del carro dejaban atrás dos finas cintas paralelas de oscuridad. Andrews volvió la cabeza y pudo ver que, segundos después, las roderas empezaban a llenarse otra vez de nieve, de tal manera que no era posible saber dónde estaban; a pesar de que se movía y de que el carromato se balanceaba a su lado, Andrews tenía la sensación de no estar yendo a ninguna parte, de que estaban atrapados en una inmensa noria: giraban, pero sin ganar terreno.

[…]

A Miller no parecía afectarle el aislamiento. Lejos del campamento durante el día en busca de alimento, solía regresar antes del crepúsculo; unas veces aparecía por detrás de donde los otros hombres le esperaban, otras por delante, pero siempre de manera repentina, como si saliera del mismo paisaje. Caminaba hacia ellos en silencio, el rostro barbado, macilento y brillante de nieve y hielo; luego dejaba caer junto a la fogata la pieza que hubiera cazado ese día. En una ocasión mató a un oso y lo despiezó allí mismo; cuando compareció con los cuartos traseros del enorme animal encima de los hombros, tambaleándose bajo el peso, Andrews pensó por un momento que el propio Miller era un animal voluminoso y de grotescas formas, la cabeza menuda remetida entre unos hombros tremendos, avanzando amenazante hacia ellos.

John WilliamsJohn Willimas. Butcher´s Crossing

 

 

 

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Entrevista con Karl Ove Knausgård

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