Vera mandaba en su marido, a quién se sometió. No hay en este particular conyugal contradicción alguna. Rusa de nacimiento, de estirpe aristocrática y judía, se le atribuye una tentativa de matar de Trotsky. Era bella, elegante, culta, perspicaz: con menos que gobernar a un genio no se habría conformado. Tan sólo la defunción de él canceló 52 años de matrimonio. Asistía a los cursos de literatura rusa que dictaba su marido. Ella le llevaba en coche a la universidad, inspeccionaba sus opiniones literarias, se entrometía en sus clases para enmendarle inexactitudes al citar a Pushkin o Gogol, vigilaba como perro guardián que no se le acercasen demasiado las muchachas y en casa ella misma corregía los exámenes. Los estudiantes la apodaban la Condesa. Se sacó licencia de armas para proteger a su marido y a su hijo. ¿El marido? Un tal Nabokov, escritor que cazaba mariposas.
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