Robert Walser en la nieve

Robert Walser muertoEscribí «robert walser» en Google e hice clic en imágenes; en la primera foto de la segunda línea estaba su cadáver. Las pisadas sobre la nieve marcaban el camino hasta el lugar en el que yacía el cuerpo. El escritor tenía la boca abierta, una mano sobre la tripa y la otra estirada tratando de alcanzar un sombrero. Volví a leer el primer párrafo levantando la vista del papel a la foto en cada coma.

“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”.

En su libro el escritor sale a pasear en una mañana de 1917. Igual debió de ocurrir aquel día de Navidad, casi cuatro décadas más tarde. Estaría sentado en su habitación del manicomio de Herisau, y aunque ya hacía varios años que había abandonado la escritura, quizá ahora proyectase historias sobre la pared en blanco de su cuarto; sentado en la cama, de espaldas a una ventana y atascado en alguna de sus proyecciones imaginarias, cerraría los ojos y pensaría que le vendría bien dar un paseo. […]

“Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. ¡Ah, si se pudiera sentir y gozar de la Muerte en la Muerte! Quizá es así. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizá oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.”

Pensé que Walser tal vez había dejado de escribir para concentrar su energía en cumplir su deseo. Habría elegido un manicomio que tuviera un bosque cerca, y cada mañana, antes de salir a pasear, se habría puesto el sombrero y cogido un paraguas aunque el cielo estuviera limpio de nubes. En sus caminatas habría estudiado la topografía del paisaje, prestando especial atención al diámetro de los claros y a la altura de los abetos. Imagino a Walser sentado sobre un tronco, cerrando los ojos para escuchar cómo chocan las ramas. Luego habría agarrado el paraguas y desplazado las hojas del suelo para trazar una X. Pensé que tal vez fuera ahí en donde apareció su cuerpo.

Gabriela Ybarra. El comensalGabriela Ybarra. El comensal

Publicado en Historia de la literatura | Etiquetado , | Deja un comentario

Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 3. La inspiración, II

Allí comienza un poema

Pienso que quien escribe buena poesía se conoce profundamente a sí mismo. Conoce sus itinerarios interiores y puede circular a través de ellos. Las entradas  en estos itinerarios se producen desde dentro y desde fuera. Un estímulo cualquiera -una voz, un color del cielo, un recuerdo- lleva el pensamiento a un lugar interior concreto. Desde allí empieza sus recorridos como por las galerías de una mina, hasta que en algún lugar encuentra algo especial, quizás un brillo en la oscuridad, y sabe que allí comienza un  poema.

[…] En el origen de un poema hay una cosa totalmente ajena, todavía, a la palabra, pero que ya es material de poesía. […] Nada de lo que ofrece espontáneamente la vida o la naturaleza es poesía. En cambio, todo puede llegar a ser, desde el interior del poeta, el punto de partida para un poema.

Una vez el exterior ha entrado en el interior, afuera ya no hay nada para el poema. Sólo cuando lo que hay afuera ha entrado en el interior, puede empezar a ser material de poema. Pero es solo el comienzo, porque el exterior entra dentro de todo el mundo, no sólo de los poetas […].

De alguna manera , estamos en el «Nosce te ipsum» socrático, más complicado en el caso del poeta, porque al «conócete a ti mismo» hay que añadirle: «y encuentra dentro de ti mismo los recorridos que conducen al poema». Por esto son enemigos de de la poesía, un tipo de ambición, la soberbia, la irrealidad, un tipo de infantilismo. Y no desde le punto de vista moral -este concepto es clave- sino desde un punto de vista que podríamos llamar técnico. Como dice Rilke, a la hora de escribir un poema, una vez interiorizado cualquier aspecto de la naturaleza exterior o del propio mundo sentimental, esperar respuestas del exterior no puede traerle al poeta más que profundas perturbaciones.

Pero después de todo este proceso el poeta sólo ha llegado a la conclusión de que tiene que escribir el poema. Esto es aquello que tradicionalmente se ha llamado la inspiración, es decir, una compleja mezcla de intuiciones, direcciones de búsqueda y vagas sospechas temáticas. Nada lingüístico aún. El paso de aquí al poema es otra aventura.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poetaJoan Margarit. Nuevas cartas a una joven poeta.

 

Publicado en Didáctica literaria, El oficio de creador | Etiquetado , , | Deja un comentario

La soledad del lector

La soledad del que no lee es aún más grande. O quizá sea mayor la del que lee. No sé… Lo primero lo he pensado al asomarme al caer el sol por la ventana y ver a mi vecino el electricista dándole la brasa a otra vecina en la calle. Bajo el fulgor incipiente de una farola y el moribundo del atardecer en otoño. Si le gustara leer, no lo haría… La soledad del que no lee es palmaria. Aunque esté acompañado, se nota a todas luces que no quiere quedarse solo. Bajo ningún concepto. Ni un instante. […]

Lo segundo –que tal vez la soledad del que lee sea mayor– se me ha ocurrido al volver a mi asiento y verme a mí. Sola. Leyendo. Bajo la claridad de una lámpara de pie. Articulada. La soledad del que lee es una soledad sola, como la del poeta Pedro Casariego. Una soledad tan sola como la de los campos del Gran Norte. Tan definitiva como la de Siberia. Aunque muy diferente. Una soledad iluminadora, diría alguno de mis amigos lectores. Pero ¿tú tienes amigos? ¿O siquiera conocidos? Si estás siempre leyendo. Sola…

La soledad del que lee es una soledad muy particular, porque cuando uno de pronto, en mitad de la lectura, la percibe, cuando se da cuenta de que está tan solo, se regodea, se relame los bigotes. Y no quiere dejar de estarlo. Bajo ningún concepto. Ni un instante. ¡Dios mío!, exclama uno entonces para sus adentros. Que no me descubra el Chispas debajo de la lamparita… Y sigue leyendo. En medio de esa soledad tan sola. Tan egoísta y al mismo tiempo tan respetuosa con la de los demás. ¡Qué solos estamos! Hasta cuando no estamos solos.

Berta Vias MahouBerta Vias Mahou. El País Semanal

Publicado en El oficio de lector, Lector | Etiquetado , | Deja un comentario

La lectura: Un paraíso invulnerable

Savater[…] Siempre y hasta en las situaciones más duras. En los tiempos de los líos, de ETA, de los guardaespaldas… sufría una tensión horrible. Pero yo me iba a mi cuarto, cogía un libro que tenía entre manos y era como un paraíso invulnerable en el que estaba feliz. A eso le debo, creo, el haberme mantenido ecuánime y tranquilo.

Fernando Savater. El País

Publicado en El oficio de lector, Lector | Etiquetado , | Deja un comentario

Me acuerdo…

Analogías personales, o no,  con Joe Brainard, recreándole a veces:

Brainard. Me acuerdoMe acuerdo del sonido que hacía la churrera cuando llegaba a casa. 

Me acuerdo de que la vida era tan seria entonces como lo es ahora.

Me acuerdo de «Los maricas no saben silbar».

Me acuerdo de los días lluviosos a través de la ventana.

Me acuerdo de una cosa negra, grande y de goma sobre mi boca y mi nariz justo antes de que me quitaran las amígdalas. Una vez sin amígdalas, me acuerdo de cómo me notaba la garganta cuando comía helado de vainilla.

Joe Brainard

Publicado en Me acuerdo | Etiquetado | Deja un comentario

Álbum de Bibliotecas en construcción, XXXVI

Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos (Universidad de Yale, USA).

Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos (Universidad de Yale, USA).

 

 

%22La biblioteca de la ciudad%22 Fresco de Pascal Camacho en las calles de Lyon, Francia.

«La biblioteca de la ciudad». Fresco de Pascal Camacho en las calles de Lyon, Francia.

 

Publicado en Imágenes | Etiquetado | Deja un comentario

Postcuento

Igual que ha ocurrido con la poesía o la música avanzada, ahora vivimos en el tiempo del postcuento. Las categorías estables que antes, durante las pasadas décadas, nos sirvieron como marco de referencia para orientarnos a la hora de escribir y leer relatos breves, ya no nos sirven. Las recetas clásicas de género, planteamiento-nudo-desenlace, conflicto fuerte, trazo sólido de personajes atendiendo a su coherencia psicológica, concatenación causa-efecto, finales sorprendentes, etc., han saltado por los aires y nos resultan claramente insatisfactorias, cuando no inoperantes y obsoletas, para narrar y narrarnos desde el momento presente. Al cuento literario le han estallado las costuras. Necesitamos nuevos paradigmas de escritura artística, acordes con la relatividad de este mundo fluctuante de certidumbres líquidas y Colisionador de Hadrones.

En los últimos años el relato breve, dentro y fuera de nuestro idioma, ha experimentado un colosal proceso de crecimiento, recapitulación y autocrítica, ante el cual muchos aún no son del todo conscientes o prefieren cerrar los ojos y mantenerse ignorantes, anclados en la inercia. Allá ellos. Todavía nos faltan armas críticas y un discurso teórico de altura con el que cartografiar, debatir y sopesar este nuevo fenómeno que se anuncia irreversible. Ya no tiene sentido la vieja aspiración de producir cuentos perfectos, manicurados y esféricos, en los que «nada sobra y nada falta». Al contrario; ya no hay cuentos «normales». Los cuentos que aún merecen la pena tienden a ser excesivos, desabrochados y con algo de febrícula. Desafían las normas clásicas, las incumplen o subvierten a sabiendas. Ya no hay cuentos, sino desviaciones de cuentos. El postcuento ha irrumpido con la fuerza de una anomalía o un contagio. El panteón sagrado del cuento ha comenzado a agrietarse y por sus rendijas asoma otra luz, otro aire. Por fin. Ya era hora. 

Eloy TizónEloy Tizón. El Cultural

Publicado en Crítica literaria | Etiquetado , | Deja un comentario

Joan Margarit: «Nuevas cartas a un joven poeta», 3. La inspiración, I

¿De qué habla la poesía?

[…] Pero, ¿de qué habla la poesía? Si el lector está poco avezado, yo diría que su primera lectura suele ser prácticamente prosaica: puede habla de cualquier cosa. Ahora bien: a partir de la segunda lectura -que en los buenos lectores coincide con la primera- el poema arrastra al lector hacia su propio territorio. Nadie sabe como se produce ni qué relación tiene esto con unas series determinadas de palabras y porque no sucede con otras. A este lugar se llega siempre solo, porque es donde hallamos un reflejo de nuestra propia verdad. A veces una sombra de la verdad del mundo.

La poesía no habla de cualquier cosa. Es más, en cada poeta la poesía ha hablado de muy pocas cosas. La vida no da tiempo para mucho más. Para descubrirlas y sentir el relámpago de su realidad, el poeta debe mirarlas, analizarlas, darles la espalda, girarse bruscamente para sorprenderlas, y esto muchas veces, innumerables veces y desde todos los puntos posibles.

[…] El  poeta no habla de lo que quiere hablar, sino de lo que puede  y necesita decir, y suele pasarse media vida buscándolo. Esto sería una buena manera de definir el aprendizaje de la poesía.

Joan Margarit. Nuevas cartas a un joven poetaJoan Margarit. Nuevas cartas a un joven poeta

Publicado en Didáctica literaria, El oficio de creador, El oficio de lector, Lector | Etiquetado , , | Deja un comentario

La primera lectura

La primera lectura, la «noción», subrayó, de primera lectura es inolvidable porque es irrepetible y es única, pero su cualidad epifánica no depende del «contenido» del libro, sino de la emoción que ha quedado fijada en el recuerdo. Se asocia con la infancia […]

[…] El valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer.

Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formaciónRicardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi

Publicado en El oficio de lector, Lector | Etiquetado , , | Deja un comentario

Sánchez Ferlosio: Pecios III

(Sujeto y objeto) Mientras creíste que el echar los postigos de la ventana que confrontan con la tuya era para que no los vieras, te sentías al menos un poco acompañado, pero tu soledad se hizo total el día en que te diste cuenta de que en verdad los echaban para no verte ellos a ti.

(Tratamiento sintomático) Yo esa mala pasión del patriotismo, que al cabo es la emoción estética del alma del guerrero que una cultura inmemorial me hace imposible erradicar del todo,  he logrado domarla para siempre encerrándola en una  cajita de música cuya tapa trae escrito en letras griegas «Nenikékamen» -el anuncio de victoria que a las puertas de Atenas proclamó el corredor de Maratón- y que al abrirla entona, muy bajito para que no se enteren los vecinos, el peán de Salamina.

(El Victimario) Decir «Tiene que haber vencedores y vencidos» es no reconocer más legitimidad que la de la victoria.

(De una revista femenina: «La tiranía del aspecto») «¿Hay que maquillarse para triunfar?». Creo que la tiranía es más bien tener que triunfar.

(Suplemento cultural) Las únicas novedades de la cultura actual parece que no son más que los aniversarios.

(El progreso) Los adelantes pueden conseguir tristezas nunca antes conocidas; ya algún pintor francés del siglo XIX nos mostró cómo la luz de una bombilla puede llegar a ser infinitamente más triste que la de un candil.

Sánchez Ferlosio. Campo de retamasRafael Sánchez Ferlosio. Campo de retamas.

Publicado en Colección de textos literarios o no | Etiquetado | Deja un comentario