Fábula de David Foster Wallace

Hay dos peces jóvenes nadando y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y que les saluda con la cabeza y dice: ‘Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?’. Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y pregunta: ‘¿Qué demonios es eso del agua?.

David Foster WallaceDavid Foster Wallace

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XXXVII

BIBLIOTECA DE LA UNIVERSIDAD DE COPENHAGUE - DINAMARCA

Biblioteca de la Universidad de Copenhague. Dinamarca

 

La escritura y la lectura son para mí sinónimo de existencia.

Gertrude Stein

 

Biblioteca de Sao Paulo, Brasil

Biblioteca de Sao Paulo, Brasil

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Lectura: «Alguien», de Alice McDermott

La vida, con sus pequeñas alegrías y momentos de felicidad, pero también con sus tristezas y desconcertantes altibajos, es el tema de esta novela extraordinaria. Los recuerdos aparentemente dispersos y desordenados de Marie Commeford, la protagonista y narradora de esta historia, una neoyorquina de origen irlandés, nos envuelven en una telaraña invisible en la que se entretejen la infancia, el despertar sexual, los primeros amores, la maternidad, la formación de una familia y la vejez. 

Alice McDermott. AlguienEn su narración, que recorre siete décadas de vida en Brooklyn, las escenas encajan con una ligereza y naturalidad pasmosas, convirtiendo en emocionante la que en apariencia era una existencia como tantas otras.

Una novela que nos reconcilia con los desengaños y las ilusiones cotidianas, con las pequeñas exigencias de la vida que tantas veces nos dominan y condicionan, y que confirma a Alice McDermott (ganadora del National Book Award y dos veces finalista del Pulitzer) como una de las más destacadas escritoras norteamericanas contemporáneas.

Contraportada del libro. Ed. Libros del Asteroide


 

Textos

Por aquel entonces yo aún dormía en una cuna que había sido de mi hermano, en un rincón del pequeño dormitorio que compartía con él. Tenía un cordero pelón pintado en la cabecera y una línea borrosa de césped y florecillas silvestres a los pies. Luz tenue. Oraciones. Los labios secos de mis padres sobre mi frente, y alguna palabra suelta susurrada al final del día, me hacían saber que esas dos sombras indistintas y de cálido aliento que se inclinaban sobre mí al final de cada día me querían sobre todas las cosas.

[…]

Siendo una pareja católica, las iglesias deberían haber sido el punto de referencia de nuestras vidas, pero lo cierto es que fueron los pasillos revestidos de azulejos de aquellos viejos hospitales de ciudad los que marcaron los instantes más importantes de nuestra vida en común. Los nacimientos de nuestros cuatro hijos, la muerte de mi madre, las operaciones de amigdalitis y de apendicitis que se sucedieron, la hernia de Tom, la crisis nerviosa de Gabe y, en aquel momento, esa cirugía, al día siguiente, para reparar mi ojo izquierdo. ¿Y no sería un pasillo parecido a aquel el que serviría de escenario para nuestra despedida final?

[…]

Yo era aún lo bastante ingenua y estaba lo bastante borracha como para sorprenderme al descubrir que un cuerpo podía convertirse en algo completamente distinto una vez desnudo. Al igual que me sorprendió descubrir, no entonces, naturalmente, sino con el paso del tiempo, que en la oscuridad todo permanecía inmutable: la piel, el pelo, las extremidades, los huesos y la grasa, los aromas y los latidos y la respiración. Inmutable para la boca, inmutable para los labios. Un misterio solamente revelado a quienes llevan casados mucho tiempo.

[…]

Al igual que la mayoría de los trabajadores —«cuidadores», se llamaban procedía de una de las islas del Caribe y hablaba con un deje que muchas veces me resultaba tan hermoso como incomprensible.

—Estoy bien —dije.

Si tú eres el cuidador, decía yo a veces, ¿tengo que tener cuidado contigo? Pero nunca entendían la broma.

—¿Le gustaría volver a acostarse? —preguntó, y yo levanté la mano. El sueño me esquivaba de la misma manera que habían empezado a hacerlo tantas cosas: los recuerdos, los sonidos, la vista. Me había cansado de esperarlo.

—No —dije—. Estoy mejor en la silla.

—Yo creo que estaría usted mejor en la cama —dijo él.

Le conté que tenía cuatro hijos y seis nietos y que todos ellos sabían imitar a la perfección a mi madre; que probara con otra táctica.

Le oí reír.

[…]

—¿Me llamará cuando esté lista para irse a la cama? ¿Me llamará para que pueda ayudarla?

—Sí —dije, y el silencio que siguió me indicó que el cuidador sabía que le estaba mintiendo. Vi entrar a los niños en la habitación.

—Si me lo pide —dijo en voz baja—, ya sabe que la ayudaré. No tiene más que pedírmelo.

Y entonces desapareció de la poca vista que me quedaba, puesto que mis ojos de repente se inundaron de lágrimas.

Supongo que entonces me puse de pie, porque fue él quien me agarró cuando me caí.

Alice McDermottAlice McDermott. Alguien

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La literatura es un oficio peligroso

En realidad muchas pueden ser las patrias de un escritor, a veces la identidad de esa patria depende en grado sumo de aquello que en ese momento está escribiendo. Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.

Bolaño 2Roberto Bolaño

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Sobre el aspecto lúdico de la literatura

[…] ninguno de los textos de relevancia de nuestra cultura puede resumirse en una lección de algún tipo. La literatura es (o debería ser) sin por qué, y también debería carecer de explicación nuestro interés por ciertos textos, como no tienen explicación las cosas que nos dan placer. Renunciar a ese aspecto caprichoso y lúdico de nuestra forma de leer es someter a la literatura a una visión utilitaria, económica, de los textos, y es también olvidar que la literatura de relevancia es, precisamente, una reacción a esa visión, una apuesta por un deseo que no necesita justificación ni explicación alguna.

Patricio PronPatricio Pron. El País Semanal

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La muerte de Antón P. Chéjov

Así lo cuenta Olga Knipper, su mujer:

Llegó el doctor Schwörer —escribió Olga en su diario—, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: «Ich sterbe»[“Me muero”, en alemán]. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: «Hacía tiempo que no bebía champán». Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño…

Chéjov. Sin trama y sin finalCuando Antón Pávlovich dejó de existir, una polilla gris, de dimensiones enormes, entró por la ventana y, con un ruido desagradable, empezó a chocar con las paredes, el techo y la lámpara, como en una agonía de muerte.

Era el 2 de julio de 1904. Chéjov tenía cuarenta y cuatro años.

Introducción a Sin trama y sin final, de Antón P. Chéjov

 

 

Así lo narra Raymond Carver:

De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwöhrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwöhrer. No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: «Hacía tanto tiempo que no bebía champaña…» Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.

El doctor Schwöhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwöhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.

Carver. Tres rosas amarillasRaymond Carver. Tres rosas amarillas

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Los lectores

Contra la amenaza constante de la barbarie, contra la cultura del aturdimiento y el ruido, los lectores constituimos una especie de secta de secretas maniobras cuyos miembros se reconocen tácitamente en el barullo de un autobús o en la placidez de un parque: sabemos que ese libro que leemos puede revelar otro mundo y que sólo es necesario abrir la primera página. Quizá algún día sólo sobreviva en nuestra memoria

Gabriel InsaustiGabriel Insausti. El porvenir de la lectura

(A través de Bulevar literario)

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La calidad creativa

IrazokiDisiento de quienes piensan que la calidad creativa es el fruto de alguna derrota íntima. He encontrado más profundidad en artistas que desde la lucidez resaltan la existencia”.

Francisco Javier Irazoki, Orquesta de desaparecidos

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Álbum de librerías incompleto, 28

Cervantes 1

Librería Cervantes. 1. Salamanca

Cervantes 3

Librería Cervantes. 2. Salamanca

Cervantes 2

Librería Cervantes. 3. Salamanca

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Cheever: El personaje

La leyenda de que los personajes pueden escaparse de las manos de su autor –irse a tomar drogas, someterse a operaciones sexuales y convertirse en presidentes- implica que el escritor es un tonto sin conocimiento o maestría sobre su propio trabajo. Es absurdo. Claro que cualquier ejercicio estimable de la imaginación se funda en lo complejo y lo rico de la memoria, de modo que puedes sacar provecho de saber expandirte – giros sorpresivos, respuesta a la oscuridad y a la claridad-, sobre todo en cuanto a lo vivo. Pero la idea de que un escritor corra desesperado detrás de sus cretinas invenciones me parece deleznable.

John CheeverJohn Cheever

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