El Vieco cortaziano X : Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar

Posdata de una carta de Alejandra Pizarnik a Julio Cortázar:

Alejandra PizarnikP.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas).

 

 

 

 

A lo que Julio respondió:

CortázarMi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

 Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

 Julio (septiembre de 1971).

 Alejandra se suicidó el 25 de septiembre de 1972, un año después de escribir esta carta.

(A través de Cultura Colectiva.com)

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La poesía: Forma de vida

Andrei TarkovskyAl hablar de poesía no estoy pensando en ningún género determinado. La poesía es para mí un modo de ver el mundo, una forma especial de relación con la realidad.

Andrei Tarkovsky

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Álbum de librerías incompleto, 27

1- Librería Anticuaria Astarloa, Bilbao

Librería Anticuaria Astarloa, Bilbao

 

No lean, como hacen los niños, para divertirse o, como los ambiciosos, para instruirse. No, lean para vivir.

Gustave Flaubert

 

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«Prahran Library» , Victoria, Australia

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La mejor manera que tenemos de decir la verdad es mentir

Todos sabemos que los acontecimientos que experimentamos, en su sentido más pleno y profundo, sobrepasan los límites del lenguaje. Que ningún relato de cualquier suceso de nuestra vida, incluso el más pequeño, puede hacer verdadera justicia a lo que ha tenido lugar y que ningún recuerdo, por intenso que sea, puede ser idéntico a la cosa recordada. Tratamos de contarnos lo que pasó, pero nuestras palabras siempre se quedan cortas y aprendemos, después de muchos fracasos, que la mayor aproximación a una versión veraz de la realidad sólo puede encontrarse en los relatos que nos inventamos. En nuestras ficciones más poderosas, bajo la telaraña de la narración puede discernirse la complejidad de la realidad, como un rostro que es una máscara. La mejor manera que tenemos de decir la verdad es mentir.

Alberto ManguelAlberto Manguel

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Lectura: «La isla de la infancia», Karl Ove Knausgård


La memoria no atiende al orden cronológico. Avanza, retrocede, se remansa; guarda reposo y, por sorpresa, sin que conozcamos el motivo, se aviva de nuevo, como si la impulsara una súbita iluminación. Es en las mil direcciones en las que se dispara por las que se interna con pasmosa exactitud Mi lucha, el monumental ejercicio de realismo autobiográfico de Karl Ove Knausgård, guiado por «una especie de oído absoluto de los recuerdos». Y, de todas ellas, «La isla de la infancia» (el esperado tercer volumen de su novela) arranca situándonos en la isla de Tromøya en el verano de 1969, donde un Karl Ove de ocho meses llega en un carrito empujado por su madre.

Desde allí, desde el centro de los inmensos bosques cargados de promesas y misterios (el escenario predilecto de las exploraciones del pequeño Karl Ove, descrito con meticuloso detallismo, objeto de una permanente fascinación), se despliega un zigzagueante y encendido recuento de experiencias y descubrimientos. La felicidad de la escuela y el esfuerzo por encontrar encaje en ella; las recompensas y fricciones de la amistad; la excitación de la vida al aire libre, con sus travesuras y juegos; el descubrimiento de la cara más luminosa y la más amarga del amor; los temores y alegrías; la ropa, la lectura, la música, el deporte; la familia, la familia por encima de todo, con sus dos figuras antagónicas, difuminada una, omnipresente la otra: la serena confortabilidad de la madre frente al terrorífico autoritarismo paterno, siempre vigilante, dispuesto a examinar y sancionar con violencia cualquier desliz.

He aquí los materiales con los que, cerrando el foco y diseñando una voz que se acerca con la mayor veracidad a la experiencia infantil y su cosmovisión, se compone la entrega más dinámica, directa, compacta y magnética de una empresa literaria imperecedera; un combate inclemente y exitoso, de una sinceridad y crudeza tan descarnadas como inusuales, contra lo más complejo del recuerdo, la existencia, la identidad.

Contraportada del libro, Anagrama


 

Knausgård. La isla de la infancia

Textos

Karl Ove

Resulta completamente imposible identificarse con ese bebé al que mis padres hacían fotos; resulta tan difícil que casi parece incorrecto emplear la palabra «yo» para hablar de aquello. Tumbado en el cambiador, por ejemplo, con la piel inusualmente roja, las piernas y los brazos abiertos y una cara retorcida en un grito cuya causa ya nadie recuerda, o sobre una piel de oveja en el suelo con un pijama blanco, todavía con la cara roja y unos grandes ojos oscuros ligeramente bizcos. ¿Esa criatura es la misma que la que está aquí sentada, en Malmö, escribiendo esto? ¿Y esa criatura sentada en Malmö escribiendo esto con cuarenta años, un día nublado de septiembre, en una habitación llena del murmullo del tráfico de fuera y el viento otoñal que aúlla por el anticuado sistema de ventilación, será la misma que ese viejo gris y enjuto que dentro de cuarenta años tal vez esté sentado temblando y babeando en una residencia de ancianos en algún lugar de los bosques suecos? Por no hablar del cuerpo que un día estará tendido sobre una mesa en el depósito de cadáveres. Se seguirá hablando de él como «Karl Ove».

La madre

[…] en esa avalancha de recuerdos de sucesos y personas que se me ha venido encima, ella está ausente casi del todo, es como si no estuviera, sí, como si perteneciera a uno de esos recuerdos falsos que tienes a través de lo que te han contado, y no por lo que has vivido.

¿A qué se debe eso?

Porque había alguien allí, en el fondo de ese pozo que es la infancia, y era ella, mi madre, mamá. Era ella la que nos preparaba las comidas y la que todas las tardes nos reunía en torno a ella en la cocina. Era ella la que compraba, tejía y nos cosía la ropa, era ella la que la remendaba cuando se rompía. Era ella la que acudía con tiritas cuando nos caíamos y nos hacíamos rasguños en las rodillas, fue ella la que me llevó al hospital cuando me rompí la clavícula, y al médico, cuando –algo bastante menos heroico– contraje la sarna. Fue ella la que estuvo fuera de sí de preocupación cuando una niña murió de meningitis y al mismo tiempo yo me puse malo con un resfriado y tenía la nuca algo tiesa, entonces me metió a toda prisa en el coche y me llevó a Kokkeplassen, con la angustia iluminándole el rostro. Era ella la que nos leía en voz alta y nos lavaba el pelo cuando nos bañábamos, y era ella la que luego nos dejaba pijamas limpios sobre la cama. Era ella la que nos llevaba al entrenamiento de fútbol por las tardes, era ella la que asistía a las reuniones en el colegio y la que se sentaba entre los otros padres para hacernos fotos en las fiestas de fin de curso. Era ella la que luego pegaba las fotos en un álbum. Era ella la que hacía tartas para nuestros cumpleaños, y las pastas navideñas y las de cuaresma.

[…] Ella estaba siempre allí, lo sé, pero no consigo recordarlo.

El padre

En mi habitación deseaba sólo una cosa: hacerme mayor. Decidir sobre mi propia vida. Odiaba a mi padre, pero estaba en sus manos, y no podía escapar de su dominio. Resultaba imposible vengarse de él. Excepto en mis pensamientos y en mi imaginación, que tanto elogiaban.

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Curiosa recomendación literaria

Paul ValéryPaul Valéry recomienda, en una carta a André Gide, «El discurso del método» como un modelo de la novela moderna. Narra la vida de una idea y no, como se acostumbra, la vida de una persona.

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Querer ser escritor

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).

[…]

¿Por qué nos dedicamos a escribir después de todo? Se nos da por ahí ¿a causa de qué? Bien, porque antes hemos leído… No importa, desde luego, la causa, importan las consecuencias. Más de uno tendría que arrepentirse, yo mismo para empezar, pero en cualquier bar de la ciudad, en cualquier McDonald’s hay un gil que, a pesar de todo, quiere escribir… En realidad no quiere escribir, quiere ser un escritor y quiere que lo lean… Un escritor se autodesigna, se autopropone en el mercado persa, pero ¿por qué se le ocurre esa postura?

Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formaciónRicardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación

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Escuela de arte

Max JacobYo abriría una escuela de vida interior, y escribiría en la puerta: Escuela de arte.

Max Jacob

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Colección de citas literarias I

KafkaHe entrado en la literatura cuando he podido sustituir el «él» por el «yo».

Franz Kafka

 

 

RimbaudAl comienzo fue un estudio. Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos. 

Arthur Rimbaud

 

 

 

Alejo CarpentierNo vayamos a un velatorio aldeano para hacer apuntes pintorescos y costumbristas, lo que debemos llevarnos de tal lugar es el anhelo de saber qué concepto se tiene allí de la muerte.

Alejo Carpentier

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Álbum de Bibliotecas en construcción, XXXV

Biblioteca Uris, en la Cornell University, Nueva York.

Biblioteca Uris, en la Cornell University, Nueva York.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía nueve años cuando me enteré de los tres incendios de la biblioteca de Alejandría y me eché a llorar.

Ray Bradbury

 

Biblioteca playera

Biblioteca playera

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