Colección de citas literarias V

Marc Lévy

 

Escribir es muy difícil, hay que pasar mucho tiempo soñando.

Marc Lévy

 

 

 

Neil Gaiman

 

Un libro es un sueño que sostienes en tu mano.

Neil Gaiman

 

Yasunari Kawabata

La literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza.

Yasunari Kawabata

 

William Blake

Si las puertas de nuestra percepción fueran limpiadas, la realidad aparecería como es, infinita. El mundo en un grano de arena, el paraíso en una flor, la eternidad en una hora y todo lo existente en la palma de mi mano.

William Blake

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La soledad de la escritura

La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo.

[…]

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: «Escribe, no hagas nada más».

Margarite Duras Marguerite Duras

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Carpeta de poemas. Claudio Rodríguez

Ajeno

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Claudio Rodríguez   Claudio Rodríguez 

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Muere el gran poeta y ensayista francés Yves Bonnefoy

Autor de más de 100 obras traducidas a 30 idiomas, fue repetidas veces candidato al Premio Nobel de Literatura por su obra poética y su labor como crítico de arte y traductor

Origen: ELMUNDO

Yves Bonnefoy1

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Álbum de librerías incompleto, 44

Librería %22La Venturosa%22, Oaxaca. Méjico 1

 

Librería «La Venturosa», Oaxaca, Méjico. 1

 

 

Librería %22La Venturosa%22, Oaxaca. Méjico 2

 

Librería «La Venturosa», Oaxaca, Méjico. 2

 

 

Librería %22La Venturosa%22, Oaxaca. Méjico 3

 

Librería «La Venturosa», Oaxaca. Méjico. 3

 

 

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Lectura: «Manual para mujeres de la limpieza», de Lucía Berlín

Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, California, 2004) pertenece a esa clase de escritoras estadounidenses “perdidas y halladas en el templo”. En el templo de la literatura, en este caso. Es una especie de club involuntario al que pertenecen mujeres de vida difícil o problemática: Shirley Jackson, Anne Sexton, Elizabeth Smart, la misma Dorothy Parker… El caso de Berlin es peculiar porque empezó a publicar (no a escribir) muy tarde y sólo a finales del pasado siglo se la comenzó a leer y reconocer como una narradora excepcional.

Lucía BerlínSu escritura, aun estando dentro de la gran tradición americana del cuento que procede de Chéjov, es absolutamente singular. A Lydia Davis —otra gran cuentista— le recuerda la franqueza y objetividad de los relatos de un William Carlos Williams, y es cierto, aunque la vida agitada de Berlin, que impregna a los personajes y escenarios de sus cuentos, contrasta con la tranquila prosa del gran poeta. En realidad, todo cuanto relata Berlin tiene tal olor a verdad que resulta evidente el uso de su experiencia personal para componer sus cuentos. Conoce muy bien los mecanismos del relato, como demuestra en el titulado ‘Punto de vista’, un ejercicio de interrelación entre autora y personaje muy sugerente; en ‘Hasta la vista’ contemplamos el paso del tiempo sobre una relación, la felicidad que contiene y sobre los reflejos de esa felicidad cuando la vida se ha convertido simplemente en una costumbre; ‘Penas’ es una construcción literaria admirable del dolor escondido para aliviar otro dolor… En fin, para qué seguir: todo el libro es de primera.

El olor a verdad lo percibe el lector en cuanto empieza a leer. No se trata tanto de que cuente su vida, sino que lo que cuenta y, sobre todo, la manera de decir las cosas, posee una naturalidad fascinante. Cuenta como si se tratara de su propia vida (y en muchos casos lo es, en toda clase de detalles y anécdotas), pero habla de una experiencia humana que va más allá de lo personal, que se ceba en lo significativo, que se abre al mundo en vez de quedarse en el ámbito y la crónica de la propia vivencia. Lo que la mirada de Lucia Berlin abarca no tiene desperdicio y, además, escribe con un estilo en el que la espontaneidad juega duro. La espontaneidad, aquí, no es solo moral o social, es pura estética. Tampoco le importa soltar el relato una vez que ha conseguido decir lo que quiere, sin necesidad de cerrar una construcción como mandan los cánones.

Lucia Berlin es libertad y es intensidad: una mezcla emocionante. Su escritura parece saltar de una cosa a otra, como quien mira una habitación llena de trastos y mira sin orden, pero sabiendo perfectamente de qué habitación se trata. En realidad, el momento mágico de su escritura llega cuando el orden se revela y uno comprende que todo tiene su lugar por desconcertante, emotivo o cruel que parezca, y que la vida, como la escritura, consiste en ser receptivo y no dejarse vencer por la apariencia de los demonios. Es como uno de esos cuadros modernos que parecen representar un trozo de pared desconchada como cualquier otra que vemos por la calle hasta que nos percatamos de que ese motivo ha sido elegido y construido. Ahí aparece el valor trascendente de la mirada del artista que nos invita a comprender y compartir lo que él ha visto. La mirada del artista es la que, donde los demás ven lo obvio, ella ve lo distinto.

Lucía Berlín. Manual para mujeres de la limpiezaEste libro es una antología de 43 relatos basados en la vida itinerante de la autora, una mujer muy bella, casada tres veces, alcohólica, que trabajó duramente en toda clase de oficios para mantener a sus cuatro hijos. Cuenta vidas desastradas en las que el desastre se acepta con normalidad; no tiene reparo en mostrar la miseria humana; la degradación, la vulgaridad, la fealdad, la suciedad aceptada ni la ternura o la emoción de los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida y por sí mismos, pero también audaces, que van de frente, con una intrepidez y una inconsciencia admirables. En el orden de los cuentos se advierte el paso del tiempo sobre la autora, lo que nos permite ver en ella el trayecto de la juventud a la vejez, lo que resulta muy sugestivo.

Creo que nunca he leído a una mujer más inteligente, sensible, tierna y valiente que Lucia Berlin.

Jose María Guelbenzu. Babelia


Textos

Mi jockey

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.

Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.

Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano, como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozando «¡Mamacita, mamacita!». La única forma de que consintiera que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?

El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaron el pecho.

Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio». Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.

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La palabra y la poesía

 

La palabra, las palabras, están en el centro de todo. Son el embrión que no solo describe y señala y nombra el mundo sino que lo ordena y puede salvarlo, reordenarlo. La palabra es nuestra principal conexión con la realidad y la poesía su mejor vía. Por eso es necesario que las liberemos de ese yugo en el cual las hemos metido.

En una conversación cotidiana, las palabras sirven para que nos entendamos, pero desaparecen. En cambio, en la poesía esas mismas palabras reaparecen en su verdadera realidad y son nombres propios que señalan o designan las cosas como son para mostrarnos la realidad.

Yves Bonnefoy  Yves Bonnefoy

 

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Nacimiento de la idea de una novela

Un año después de la ruptura de mi primer matrimonio, me mudé a un apartamento en Brooklyn. Fue a comienzos de 1980 y yo estaba trabajando en El libro de la memoria […] Un día, un par de meses después de mudarme, sonó el teléfono y del otro lado de la línea alguien me preguntó si hablaba con la agencia Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado y colgué el auricular. Seguramente habría olvidado ese incidente, de no ser porque al día siguiente llamó otra persona y me hizo la misma pregunta: “¿Hablo con la agencia Pinkerton?” Otra vez dije que no, le expliqué que se había equivocado de número y colgué. Pero un instante después comencé a preguntarme qué habría ocurrido si hubiera dicho que sí. ¿Habría podido hacerme pasar por agente de la Pinkerton? Y en caso afirmativo, ¿hasta dónde habría podido llevar el engaño?
La idea del libro surgió de esas llamadas telefónicas, pero pasó más de un año hasta que empecé a escribirlo.

Auster  Paul Auster

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Reflexiones. Henry Miller

Si de vez en cuando encontramos páginas que explotan, páginas que hieren y estigmatizan, que arrancan gemidos y lágrimas y maldiciones, sabed que proceden de un hombre arrinconado, un hombre al que las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo, más resistentes que todos los potros y ruedas de tormento que los cobardes inventan para machacar el milagro de la personalidad. Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo. 

Henry Miller Henry Miller.

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Encuentro entre Borges y Cortázar en París

Yo me encontré con Cortázar en París, en casa de Néstor Ibarra. Él me dijo: «¿Usted se acuerda de lo que nos pasó aquella tarde en la diagonal Norte?». «No», le dije yo. Entonces él me dijo: «Yo le llevé a usted un manuscrito. Usted me dijo que volviera al cabo de una semana, y que usted me diría lo que pensaba del manuscrito». Yo dirigía entonces una revista, Los Anales de Buenos Aires (una revista ahora indebidamente olvidada), que pertenecía a la señora Sara de Ortiz Basualdo, y él me llevó un cuento, «Casa tomada»; al cabo de una semana volvió. Me pidió mi opinión, y yo le dije: «En lugar de darle mi opinión, voy a decirle dos cosas: una, que el cuento está en la imprenta, y dentro de unos días tendremos las pruebas; y otra, que ya le he encargado las ilustraciones a mi hermana Norah». Pero, en esa ocasión, en París, Cortázar me dijo: «Lo que yo quería recordarle también es que ése fue el primer texto que yo publiqué en mi patria cuando nadie me conocía». Y yo me sentí muy orgulloso de haber sido el primero que publicó un texto de Julio Cortázar. Y luego nos vimos un par de veces en la UNESCO, donde él trabaja. Él está casado -o estaba casado- con la hermana de un querido amigo mío, Francisco Luis Bernárdez […]. Bueno, como le decía, nos vimos creo que dos o tres veces en la vida, y, desde entonces, él está en París, yo estoy en Buenos Aires; creo que profesamos credos políticos bastante distintos: pero pienso que, al fin y al cabo, las opiniones son lo más superficial que hay en alguien; y además a mí los cuentos fantásticos de Cortázar me gustan.

(A través de «Las cuatro esquinas, una intersección literaria»).

Borges2Cortázar 2

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