Antonio Orejudo: Al joven que yo era

Nunca se ha escrito y leído tanto como ahora, pero no son los textos que tú imaginas. Y ya nadie se considera un ignorante por no haber leído a Kafka.

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Lecturas: «Los interesantes» de Meg Wolitzer

«Los interesantes» comienza en un campamento de verano en la Costa Este de Estados Unidos llamado Spirit in the Woods, al que acuden adolescentes con inquietudes artísticas. Será allí donde Julie, la chica de clase media que protagoniza la novela, transformará su nombre por el de Jules —lo que le hará parecer más “interesante”— y conocerá a los que serán sus mejores amigos para toda la vida: Ash y Ethan.

Meg Wolitzer. Los interesantesLa narración sigue a estos adolescentes y a algunos otros como Jonah o Goodman, el hermano de Ash, a lo largo de su trayectoria vital; su escenario de fondo es una Nueva York que sufre importantes cambios: desde lo “violenta, atestada y competitiva” que, en palabras del narrador, era la ciudad en la década de los setenta hasta la metrópolis turística y de precios prohibitivos en que se ha convertido actualmente.

La novela ofrece un análisis pormenorizado y lúcido de la ansiedad contemporánea por alcanzar el éxito. En «Los interesantes», son los conflictos de clase los que articulan estas ansiedades y temores en el personaje de Jules, quien se autopercibe como una figura gris y anodina en un entorno de triunfadores, y cuyas reflexiones son el hilo conductor de la narración.

Ya desde su adolescencia, la entonces Julie supo que no era nada fácil “gestionar la superposición de aquellos dos mundos”, el de sus amigos de Manhattan y el suyo de chica de clase media que vivía en una localidad sin encanto de la periferia neoyorquina. Justamente cuando el lector llega a la mitad de esta novela de 600 páginas, Jules resume las ansiedades que ar­ticulan su relato en un comentario que le hace a Dennis, su marido, acerca de Ash y Ethan, este último millonario gracias al éxito de su serie de animación «Figland»: “Si nos conociéramos ahora, jamás nos haríamos amigos. ¿Te crees que sentirían que tienen algo en común con nosotros si alguien les dijera: ‘Os presento a una trabajadora social y a un ecografista encantadores?”.

Wolitzer nos narra aquí una historia típicamente estadounidense, con sus estudiantes de universidades públicas que sienten envidia tanto de los que lograron ir a otras privadas y más prestigiosas como de aquellos que tienen talento para las artes. El talento se convierte en la preocupación de los personajes, a falta de otras. El principal mérito es no limitarse a ofrecer una dosis de costumbrismo estadounidense, sino un fino análisis de las relaciones humanas, con una importante dosis de crítica. Es, por tanto, una novela en la que el interés del lector solo decae cuando le asaltan las erratas —más de las deseadas— que trufan esta edición.

Mercedes Cebrián. Babelia


Textos

Aquél era un periodo de la vida, pensaba Jules, en el cual podías no saber quién eras sin que pasara nada. Juzgabas a las personas no por su éxito –casi no conocían a nadie que hubiera triunfado a los veintidós años y nadie tenía un apartamento bonito, ni poseía nada de valor, ni vestía ropas caras ni tenía interés en hacer dinero–, sino por su atractivo. El periodo comprendido entre más o menos los veinte y los treinta años era a menudo asombrosamente fecundo. En ese intervalo de diez años podían hacerse grandes cosas. Acababan de salir de la universidad y todavía estaban tomando posiciones, de una manera ambiciosa pero no calculadora, simplemente voluntariosos, todavía incansables.

[…]

–Mira, Joel, a tus lechugas hidropónicas les pueden dar por el culo –dijo Ethan–. ¿En serio me vas a comparar la necesidad que tienen las lechugas de que alguien se ocupe de ellas con la necesidad de esta persona, este gran amigo nuestro, de vivir una vida en el mundo de verdad? ¿No se merecen todas las personas la oportunidad de vivir en el mundo en lugar de esconderse en una granja y convertirse en alguien que vende flores muertas que nadie quiere y de quien todo el mundo huye en cuanto ven el cubo? ¿Se puede saber a qué viene esa afición por vender flores? Los Hare Krishna también lo hacen. ¿Qué pasa, que visteis My Fair Lady y pensasteis: oye, qué buena idea?

[…]

Así que cuando vio la novela de Günter Grass en la estantería sintió una inmensa y triste añoranza por conectar con el libro y con el hermano de Ash, su viejo y desaparecido amigo. Goodman le había sido arrebatado y se había llevado con él la levedad. Ethan quería recuperar esa levedad de otro tiempo, quería recuperar al tonto de Goodman, siempre alegre, y también hacer el oso juntos y retomar las charlas después de que se apagaran las luces en el tipi, las conversaciones sobre lo que les gustaría hacerle a Richard Nixon y lo que le harían físicamente, que eran cosas bastante feas, y sobre sexo y el miedo a la muerte y si había o no vida después de la muerte. Ethan quería recuperar todo aquello, pero lo único que tenía era el ejemplar de El tambor de hojalata de Goodman, así que lo abrió con reverencia y cuidado de no salpicarlo con caldo en aquel restaurante de Jakarta. Estaba sentado con sus fideos y su novela, compadeciéndose de sí mismo, cuando de pronto imaginó cómo le verían los demás. Las personas de la fábrica aquella mañana debían haberle visto como otro americano idiota, joven y rico que quería asegurarse de que el mundo iba bien. Todo va bien, americano rico e idiota, era lo que había venido a decirle el señor Wahid mientras le hacía a Ethan la visita guiada de rigor y luego le acompañaba hasta la puerta. En cuanto se fue, ¿se habrían puesto todos a aplaudir?

[…]

De vuelta en Leena Toys, comprobó con alivio que seguía teniendo el pase de visitante y el guarda le saludó distraído cuando cruzó la puerta. Ethan se quedó en el patio sin saber muy bien a quién debía dirigirse o qué debía decir. Probablemente debería buscar al señor Wahid y exponerle su argumento con convicción, decirle: «Me dijo que no había nada que ver, pero no le creo». Pero supuso que no sacaría nada de aquel hombre. Nadie había admitido nada y no iban a hacerlo ahora. Empujó las pesadas puertas de metal y entró en la planta de producción recalentada. Al principio solo percibió el mismo bullicio y el mismo calor, pero luego sintió que algo había cambiado: había más ruido y también más gente. Todas las máquinas estaban funcionando, reparó; no había espacio entre las personas. Al lado de un hombre encorvado había un hombre encorvado más menudo y Ethan se acercó para verle la cara, que no estaba arrugada ni tampoco aparentemente resignada a una vida dura. Era un adolescente –¿qué tendría, trece, catorce años?– y no estaba allí por la mañana. Tenía la cabeza inclinada y trabajaba con intensidad, las manos moviéndose con rapidez por la máquina. El hombre que estaba a su lado miró a Ethan con expresión de evidente angustia. Destrozado, pensó Ethan, un hombre destrozado. Eso de ahí enfrente, ¿era una niña? No, era una anciana de aspecto delicado. Pero la de la esquina sí era una niña, tendría unos doce años; era difícil saberlo. Los menores no estaban allí durante la visita guiada de Ethan; aquel día les habían dicho que entraran tarde o que se quedaran en sus casas diminutas e inhabitables hasta nuevo aviso. Todo había sido organizado y gestionado con total descaro y tranquilidad, porque su presencia era algo de lo más común, una cosa habitual, y porque la gente sabía que Ethan Figman era un cineasta de animación americano liberal y sensiblero que sabía hacer voces raras y nada más –era prácticamente un niño de teta–, al que le encantaban los grandes beneficios pero que necesitaba que le dijeran que todo estaba bien. ¿Cuántos niños habría en aquella planta? Se lo preguntó y no lo supo, pero dedujo que al menos una docena. Todos tenían cara sombría y ojos sombríos mientras se concentraban en sujetar un cuadrado de tela mugrienta bajo el titubeante pistón de una aguja. Era insoportable.

[…]

«Cuando tienes un hijo», le había dicho recientemente a Jules, «enseguida empiezas a tener fantasías grandiosas sobre lo que llegará a ser. Luego pasa el tiempo y aparece un embudo. Y el niño entra en ese embudo, que lo va moldeando, estrechando. Entonces te das cuenta de que no va a ser un atleta. Luego de que no va a ser pintor. Todas esas posibilidades van desapareciendo poco a poco. Pero con Mo he visto desaparecer un montón de cosas y muy deprisa. A lo mejor las reemplazan otras que ahora ni siquiera soy capaz de imaginar, la verdad es que no lo sé. Pero hace poco conocí a una madre que me contó lo agradecida que se sentía por la expresión “autismo de alto funcionamiento”, que para ella equivalía a “premio extraordinario de carrera”».

Meg Wolitzer  Meg Wolitzer. Los interesantes

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Descargas: Junichirô Tanizaki, «El elogio de la sombra»

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En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra. Lo mismo que una piedra fosforescente en la oscuridad pierde toda su fascinante sensación de joya preciosa si fuera expuesta a plena luz, la belleza pierde toda su existencia si se suprimen los efectos de la sombra.

Origen: Junichirô Tanizaki – El elogio de la sombra

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La buena literatura

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Vargas Llosa  Mario Vargas Llosa

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¿Qué harías por sobrevivir? La historia de Paul Steinberg

Primo Levi aseguraba que sobrevivieron los peores. Todos los que no se adaptaron al Lager y lucharon por conservar su dignidad, cayeron los primeros. La vasta red de campos de concentración no se conformaba con clasificar, confinar y exterminar. Se pretendía reinventar el concepto de humanidad, estableciendo quiénes merecían vivir y qué modelos de conducta debían prevalecer. La imaginación popular cree que sólo hubo un puñado de campos –poco más de una decena, quizás veinte–, pero la realidad es muy distinta. La Enciclopedia de Campos y Guetos del Holocausto Memorial Museum de Washington ha elaborado un minucioso estudio que registra la existencia de cuarenta y dos mil quinientos campos de concentración, guetos, factorías de trabajo esclavo y otros espacios de confinamiento repartidos por Europa. […]

Origen: ¿Qué harías por sobrevivir? La historia de Paul Steinberg

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Una parte de la vida humana, la hablada, escapa a la literatura.

Svetlana AlexievichQuiero vivir con las personas de quienes escribo. Tengo siempre un oído muy atento a lo que sucede en la calle. Flaubert decía de sí mismo que era un ‘hombre-lapicera’. Yo me siento una ‘mujer-oreja’. Cuando voy por la calle y escucho frases, exclamaciones, pienso en cuántas novelas desaparecen sin dejar señales. Una parte de la vida humana, la hablada, escapa a la literatura.

Svetlana Alexievich

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Recordando a Anna Ajmátova

Hace 51 años que Anna Ajmátova (Анна Андреевна Ахматова) falleció de un infarto en un sanatorio en Moscú. La poeta, cuyo oficio fue rechazado ya en su infancia por su padre (hecho que la impulsó a tomar el apellido de su bisabuela), está actualmente considerada como una de las figuras destacadas del acmeísmo junto a su primer marido, Nikolái Gumiliov, promotor de este movimiento. Estuvo nominada al Premio Nobel de Literatura en 1962 y un planeta menor lleva su nombre. […]

Origen: La Galla Ciencia: RECORDANDO A ANNA AJMÁTOVA

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Álbum de Bibliotecas en construcción, LXXVI

Antigua Biblioteca del Ministerio de justicia, La Haya, Holanda

 

Antigua Biblioteca del Ministerio de Justicia, La Haya, Holanda

 

Bibioteca móvil de la Biblioteca Pública de Nueva York, en el Bronx, 1950

 

Biblioteca móvil de la Biblioteca Pública de Nueva York, en el Bronx, 1950

 

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Guía para pasear por la feria sin dar pasos en falso

Babelia repasa las últimas novedades en novela, poesía, historia, filosofía, autobiografía o ciencia ficción de cara a la cita del parque del Retiro. De un pasado marcado por la Revolución Rusa a un hipotético futuro poblado de alienígenas, todo cabe en un libro.

Origen: Guía para pasear por la feria sin dar pasos en falso | Babelia | EL PAÍS

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Ricardo Piglia: Tesis sobre el cuento y IV

A)

La versión moderna del cuento que viene de Chejov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de «Dublineses», abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a la Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.

La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secretase construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

 

B)

«El gran río de los dos corazones», uno de los relatos fundamentales de Hemingway cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams) que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia del otro relato.

¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego y la técnica que usa el jugador para apostar y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.

 

C)

Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta, y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo «kafkiano».

La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.

 

D)

Para Borges la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la esencial monotonía de esa historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.

La historia visible, el juego en la anécdota de Chejov, seria contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. […] El relato del suicidio seria una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.

 

E)

La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato.

Borges (como Poe, como Kafka) sabia transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.

 

F)

El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. «La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana «tierra incógnita», sino en el corazón mismo de lo inmediato», decía Rimbaud.

Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.

Ricardo Piglia  Ricardo Piglia

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