¿Por qué leer a Ishiguro?

El lector que decida adentrarse en el territorio Ishiguro por su novela más célebre y popular, «Los restos del día», bien podría reducir al autor a una suerte de aventajadísimo discípulo de Henry James. Al fin y al cabo la historia del mayordomo que se mantiene fiel a un mundo que le oprime y da sentido a su existencia, el de la aristocracia inglesa, parece encajar bien en el modelo que James descubrió y exploró: […]

Origen: ¿Por qué leer a Ishiguro?

Gonzalo Torné

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La misión del escritor

Ahora que tengo sesenta años ya he comprendido que la misión del escritor es hacer sólo lo que sabe hacer; para el narrador es contar, representar, inventar. Hace muchos años que dejé de establecer preceptos sobre cómo se debería escribir. ¿De qué sirve predicar un cierto tipo de literatura u otro si luego las cosas que se te ocurre escribir a lo mejor son completamente distintas? He empleado un poco de tiempo en comprender que las intenciones no cuentan, cuenta lo que uno realiza. Así, este trabajo literario se convierte también en un trabajo de búsqueda de mí mismo, de comprensión de lo que soy.

Italo Calvino

Italo Calvino

(A través de «Calle del Orco»)

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Rilke a Lou Andreas Salomé en Göttingen, 8 junio 1914

Querida Lou, heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia.

 

Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es éste mi primer intento de volver a tomar conciencia —ya ves, así están las cosas. En resumidas cuentas, he experimentado muchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa. Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento.

Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cartas, hermosas y ligeras como brotadas del corazón: que yo sepa nunca he escrito otras parecidas. (Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible, como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo. Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella: eso fue lo que de una sola vez, sin que yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas. Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas. Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas, cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.

 

9 de junio de 1914, martes

Te envío, querida Lou, la hoja de ayer: comprenderás que lo que en ella describo ya no tiene vigencia y se ha perdido para mí; tres meses de realidad (frustrada) han dejado sobre todo ello como una dura y fría lámina de cristal, bajo la cual esa experiencia ya no me pertenece, como si estuviera colocada en la vitrina de un museo. El cristal refleja y en él sólo percibo mi viejo rostro, anterior, el que tú tan bien conoces.

¿Y ahora? Después de un inútil intento de vivir en Italia, he vuelto aquí (hace ya quince días), deseoso de arrojarme a ciegas en cualquier ocupación; pero aún tan embotado y paralizado que apenas si puedo hacer otra cosa que dormir. Si tuviera un amigo le rogaría que viniera a trabajar conmigo cada día, en lo que fuera. Y cuando en el intervalo, de taciturno humor, pienso en el porvenir, imagino en primer lugar un tipo de trabajo que estuviera sometido a las condiciones exteriores, y alejado tanto como fuera posible de toda productividad personal. Pues desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha gravemente corroído y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo, de tal modo que por el momento no hay ningún refugio por ese lado.

Tu viejo Rainer.

Rlke. Correspondencia

 

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Toda historia remite a otra historia

Bolaño

No sé si lo dijo Borges. Tal vez fue Platón. O tal vez fue Georges Perec. Toda historia remite a otra historia que a su vez remite a otra historia que a su vez remite a otra historia.

Roberto Bolaño

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Reflexiones. José Saramago

Saramago1

Hay momentos así en la vida: se descubre inesperadamente que la perfección existe, que es también ella la que viaja en el tiempo, vacía, transparente, luminosa y que a veces (raras veces) viene en nuestra dirección, nos rodea durante breves instantes y continúa hacia otros parajes y otras gentes.

José Saramago

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Lecturas: «A través de la noche», de Stig Soeterbakken

Con una prosa deslumbrante Stig Sæterbakken obliga al lector a sentir profundamente cercanos todos los estados de ánimo que Karl Meyer, el protagonista de esta extraordinaria novela, manifiesta. La sensación de culpa, la pérdida, el amor o el aislamiento, sentimientos tan característicos de las sociedades occidentales, son las experiencias humanas que se nos trasmiten. La peor pesadilla del dentista Karl Meyer se hace realidad cuando su hijo, Ole-Jacob, se quita la vida.

Stig Soeterbakken. A través de la noche

Esta tragedia es el punto de partida para que el narrador, en una especie de genealogía de la culpabilidad, comience a plantear preguntas esenciales sobre la experiencia humana: ¿Qué hacer para mitigar el dolor de una persona?, ¿cómo se puede vivir con el dolor ocasionado por una pérdida insoportable?, ¿hasta cuándo puede un hombre soportar el sufrimiento causado por la muerte de su hijo?

Editorial mármara


 

Textos

Eva estaba de pie en medio del salón, resoplando como si le faltara el aire. Por suerte -o por desgracia- Stine también estaba allí. Como me la encontré llorando agarrándose  las rodillas, no me quedó más remedio que intentar calmarla. Mientras la abrazaba, me vino a la cabeza una de mis quejas más recurrentes durante el transcurso de los años: la cantidad de horas que Eva pasaba delante del televisor. Recordé que esa apatía con frecuencia me había atacado los nervios, una eterna pérdida de tiempo que ella defendía, si la entendía bien, como una desconexión imprescindible para sobrevivir mientras esperaba una nueva faena, como si su trabajo fuera lo único real y el resto del día solo estuviera destinado a reunir fuerzas para ser capaz de volver a él, como si hubiera desistido de ser quien realmente era cuando estaba en casa conmigo, con nosotros, como si se hubiera trasformado en algo que reservaba para la jornada laboral, como si ya no necesitara esforzarse porque la tarea conmigo estaba finalizada, al contrario que la tarea con los demás. Todo esto me venía a veces a la cabeza cuando la veía recostada en el sofá, con la cara bañada en el resplandor de aquella pantalla que todo lo absorbía.

∗

Una vez que había pronunciado las palabras necesarias para exponer mi relación secreta de la manera más concentrada y cruda posible, tuve la sensación de que ya no la conocía. En ese mismo instante, mi mujer se convirtió en una extraña, en una persona de la que no sabía nada, de la que no tenía motivos para esperar ni una cosa ni otra. Pensé: Todo lo que he aprendido de ti durante estos veinte años juntos, se queda corto en un momento como este. Da igual hasta qué punto he llegado a conocerte, porque cuando pasa algo como esto, resulta que no sé nada de ti, ignoro lo que estás pensando, lo que estás sintiendo, la opinión que tienes sobre mí, cómo juzgas lo que he hecho y lo que he dicho, la manera en que lo he expuesto, mi confesión, lo que opinas de ella, lo que piensas de que no te la haya presentado hasta ahora. No, querida, en este momento no sé nada de ti, no tengo ni idea de qué es real y qué no en relación a ti, a partir de ahora seré incapaz de discernir entre lo cierto y lo falso en lo que medidas, no sabré si me odias cuando digas que me odias, si me quieres en el caso de que medidas que me quieres. No sabré qué hacer si me pides que me quede contigo y con los niños. No tendré ni idea de cómo actuar si me mandas al mismo infierno del que he venido.

∗

Había pasado de saberlo todo a no saber nada. No me di cuenta de que mi niño corría peligro, de que había perdido lo que hace falta para seguir adelante. Él había llegado al final y yo no había estado allí para agarrarlo. ¿Lo hizo por eso? ¿Porque yo no sabía nada? ¿Porque yo no tenía ni idea de lo que le pasaba? ¿Habría sido su manera de contarlo, de hacer que el mundo se diera cuenta de que yo no me enteraba de una puta mierda? ¿Había sido su última protesta contra el cabronazo ignorante que tenía de padre?

Stig Soeterbakken  Stig Soeterbakken. A través de la noche

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‘Sepulcros de vaqueros’, de Roberto Bolaño: Una oportunidad única y fascinante

Ninguno de los textos de Sepulcros de vaqueros , de Roberto Bolaño, supera la condición de borrador, pero ofrecen la posibilidad de ver a un autor de talento abriéndose camino

Origen: ‘Sepulcros de vaqueros’, de Roberto Bolaño: Una oportunidad única y fascinante | Babelia | EL PAÍS

Patricio Pron

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La responsabilidad del escritor

No me gusta sentirme responsable como creadora. Creo que es un error. Si fuera piloto de avión afrontaría mi trabajo con gran sentido de la responsabilidad. Pero cuando escribo solo quiero ser responsable ante mí misma. Y creo que hemos perdido esa noción del creador. Hoy los artistas dan explicaciones. Tienen que aclarar lo que significan las cosas…

Jhumpa Lahiri  Jhumpa Lahiri

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Marina Tsvietáieva: Lección de literatura

El olvido total constituye la base misma de la creación artística, Marina Tsvietáieva

Una persona tras leer el «Werther» se pega un tiro; otra lo lee también, y porque Werther se pega un tiro, decide vivir. Una actuó como Werther, la otra como Goethe. ¿Lección de «autoaniquilación»? ¿Lección de autodefensa? Lo uno y lo otro. Goethe, según una cierta ley de un momento determinado de su vida, «debía» disparar a Werther; el demonio suicida de toda una generación debía encarnarse precisamente mediante la mano de Goethe. Dos veces fatal necesidad, y como tal –irresponsable. Y «llena» de consecuencias.
¿Acaso es culpable Goethe de todas las muertes posteriores?
Él mismo en su maravillosa senectud respondió: «no». De otro modo no nos atreveríamos siquiera a pronunciar palabra alguna, ya que ¿quién puede calcular el efecto que causa una determinada palabra? (La idea es suya, la transmisión de la misma es mía).
Y yo en nombre de Goethe respondo: no.
Goethe no tenía mala voluntad, carecía de voluntad alguna a excepción de la voluntad creativa. Él, creando a su «Werther» se olvidó no sólo de todos los demás (o sea, de sus posibles desgracias) sino que se olvidó de sí mismo (¡de su propia desgracia!).
El olvido total, o sea el olvido de todo aquello que no sea la obra, constituye la base misma de la creación artística.
Si Goethe hubiera escrito, tras todo lo acontecido, un segundo «Werther» –si, a pesar de toda credibilidad, hubiera tenido una necesidad imperiosa de escribirlo de nuevo- ¿hubiera sido juzgado entonces? ¿Y Goethe sabiéndolo lo hubiera escrito?
Lo hubiera escrito mil veces si hubiera sentido la necesidad; al igual que no hubiera escrito la primera línea del primero si la presión hubiese sido un poco menor.
-¿Y hubiera sido juzgado entonces?
Como ser humano –sí, como artista- no.
Diré más todavía: Goethe habría sido juzgado y condenado como artista, precisamente en el caso de que hubiera destruido dentro de sí a Werther con la finalidad de salvaguardar otras vidas humanas (para cumplir el mandamiento: no matarás). Aquí la ley artística es manifiestamente contraria a la ley moral. El artista es culpable sólo en dos casos: en el caso, ya antes mencionado, de renuncia a una obra (no importa en beneficio de quién) y en el caso de la creación de una obra que no es artística. Aquí finaliza su ínfima responsabilidad artística y comienza su enorme responsabilidad humana.
La creación artística es, en algunas ocasiones, una cierta atrofia de la conciencia, ese prejuicio moral sin el cual el arte no puede existir. Para ser bueno el arte ha debido renunciar a una buena parte de sí mismo. El único modo para el arte de ser bueno a ciencia cierta es no ser. El arte se acabará cuando la vida del planeta acabe.

Marina Tsvietáieva 

Marina Tsvietáieva . El arte a la luz de la conciencia, 1932

(A través de «Calle del Orco»)

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Emilio Renzi. Los cuadernos del escritor

En octubre de 1921 Kafka entregó sus cuadernos a Milena. (“¿Has encontrado en el diario algo decisivo contra mí?”). Lo mismo hace Tolstói con Sofia, su futura mujer (y ella nunca se lo perdona), y también Nabokov con Véra. En distintos momentos Pavese piensa en esa posibilidad (“Lo escribo para que ella lo lea”). En mi caso, quienes han vivido conmigo no sólo leen estos cuadernos sino que además escriben en ellos. Unas veces hay precisiones sobre el contenido (en realidad pasamos la noche en el tren) y otras sobre la forma (¡qué sintaxis espantosa!). Nunca escondo estos cuadernos porque no hay nada que esconder. Y quien los interviene sólo quiere hacer saber que los ha leído.

ricardo-piglia-proyectos-keoe-620x349abcRicardo Piglia

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