Sobre Emmanuel Carrère

Escritor de lo extraño

Emmanuel Carrère dice en «El Reino» sobre los cristianos: «Si se les pregunta, responderán que creen de verdad que hace dos mil años un judío nacido de una virgen resucitó tres días después de ser crucificado y que volverá para juzgar a los vivos y a los muertos. Responderán que estos acontecimientos constituyen el centro de su vida. Sí, ciertamente es extraño».

Emmanuel CarrèreCarrère se ha especializado en hechos y personajes extraños, y, sin duda, él mismo es extraño. Y así debió de sentirse cuando en 1990 se convirtió al catolicismo. Tenía 32 años. Se confesó, comulgó, se casó por la Iglesia con Anne, su mujer de entonces, y bautizó a sus dos hijos. Durante tres años, y antes de volver al agnosticismo, Carrère tomó la comunión y asistió a misa a diario. A diario rezó y leyó el Evangelio. A la vez, se psicoanalizaba dos veces por semana y llevaba un diario sobre su experiencia, cuadernos que nunca pensó en publicar y que, sin embargo, están en la base de ‘«El Reino» (Anagrama), sobre todo de las apasionantes 115 primeras páginas, en las que el escritor confiesa todos los detalles de su «extraño» recorrido, y que terminan así: «Te abandono, Señor. Tú no me abandones».

Diplomado en el Instituto de Altos Estudios Políticos de París y crítico de cine en sus comienzos, Emmanuel Carrère, en 1990, no era todavía el autor de gran éxito y de gran envergadura que es hoy, pero ya había publicado, con premios y reconocimiento, cuatro novelas y dos ensayos. Atravesaba una fuerte crisis de pareja, tenía problemas con el alcohol, había barajado la idea del suicidio y llevaba tres años sin poder escribir.

El carácter -sigamos diciendo que extraño- de Carrère, ya estaba patente en su obra publicada hasta el momento. Como crítico de cine, y para su primer y único libro sobre la materia, había optado, en 1982, por un estudio sobre Werner Herzog, un cineasta volcado en los personajes diferentes, anómalos y enormes, como él mismo. Como novelista, había publicado, entre otras, «El bigote» (1986), la pesadillesca y kafkiana historia de un hombre que se afeita el mostacho y va comprobando con creciente horror que ni su mujer, ni sus amigos, ni sus colegas de trabajo perciben el cambio. Y, en los años de su conversión, elaboró «Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos» (1993), biografía novelada del escritor norteamericano de ciencia-ficción Philip K. Dick -muy mencionado en «El Reino»-, que experimentó con las drogas y tuvo visiones y serios trastornos mentales. Carrère iba a comulgar y luego se adentraba en el autor que inspiró «Blade Runner»…

Emmanuel Carrère nació en París dentro de una muy notable familia. Su padre se dedicaba al negocio de los seguros, pero su madre, Helène Carrère D’Encausse, francesa de origen georgiano, es una sobresaliente escritora e historiadora, miembro de la Academia y experta en Rusia. Su apellido de soltera es Zourabichvili y procede de una familia georgiana con antecedentes nobiliarios, exiliada a París tras la Revolución Soviética y con miembros destacados en la política, la cultura, la ciencia y la industria.

Aquí, obviamente -y en su interés personal por el tema de la identidad por quienes parecen no tenerla o tenerla tambaleante-, está la causa de que Carrère, en busca de aclarar la figura de su abuelo materno, escribiera -siempre móvil- sobre el terreno la tremenda «Una novela rusa» (2007) y la no menos tremenda «Limónov» (2011), sobre el indescriptible y casi inabarcable político y escritor ruso Eduard Limónov, dos formidables saltos adelante que confirman que la cumbre de «El adversario» (2000) no fue casual.

Desde que publicara «Una semana en la nieve» (1995), Carrère no ha regresado a la ficción pura. Investiga como reportero e historiador, introduce el ensayismo, noveliza situaciones, personajes y hechos y se incluye él mismo en primera persona dentro del relato dando cuenta de sus ideas, sentimientos, vivencias, estados de ánimo y pasos durante la elaboración de sus libros que -como sucede en «El Reino»- adquieren carácter confesional y testimonial.

Todo empezó en «El adversario», la historia real de Jean-Claude Romand, un francés que asesinó en 1993 a su mujer, a sus dos hijos y a sus padres y que, después de pasar la noche con su amante, regresó a su casa y, con intención de suicidarse, la prendió fuego tras ingerir barbitúricos. Salvaron su vida, quedó en coma, se recuperó, fue juzgado y condenado a cadena perpetua, que sigue cumpliendo, convertido -según revela Carrère en «El Reino»- en ferviente creyente.

Como recordará el lector de ese inolvidable libro, lo escalofriante de Romand no sólo son sus crímenes, sino que durante 18 años engañara día a día a su familia y a todo su entorno fingiendo ser médico y trabajar para la OMS. Vivía de la estafa y, cuando cometió los asesinatos, se había quedado sin dinero y creía estar a punto de ser descubierto. Para evitar la vergüenza, mató. ¿Extraño?

«El adversario» o/y la historia de Romand tuvieron tres adaptaciones al cine -una de ellas, estupenda y libre, ‘La vida de nadie’ (2002), de Eduard Cortés-, y eso nos lleva al Carrère cineasta, que ha escrito dos guiones y ha dirigido dos películas para el cine, siendo también el guionista de una docena de telefims y series de la televisión francesa. Casado ahora con la periodista Helène Devynck, ha tenido otra hija y, en estos días, es jurado, como ya lo fue de Cannes, de la Mostra de Venecia.

Hace tiempo que no leía, con sus más de 500 páginas, un libro actual tan contundente y magnífico como «El Reino». Deseando comprender el sentido de su conversión, Carrère se sumerge en los orígenes del cristianismo, reconstruye con realismo la vida de Jesús y sus apóstoles y, sobre todo, las descomunales peripecias de San Pablo y San Lucas, poniendo en pie de forma irresistible un inmenso fresco histórico, repleto de información y fuentes, sobre Roma, Grecia y Jerusalén. Y con humor. Irresistible, sí. E imprescindible, desde luego.

Manuel Hidalgo  Manuel Hidalgo. El Mundo

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Emilio Renzi. El narrador y el río

Habitualmente los narradores más líricos y más atentos al paisaje narran el río. Se han escrito varias obras maestras en esa línea: «Zama», de Di Benedetto; «El limonero real», de Saer; «Sudeste», de Conti; «La ribera», de Wernicke; «Hombre en la orilla», de Briante. Buscan la lentitud; tienden a narrar en presente lo que ya sucedió. Algunas novelas de Conrad se mueven en esa dirección: la calma chicha es la motivación del relato. En «El corazón de las tinieblas», mientras esperan que suba la marea del Támesis, Marlow cuenta la historia. Cuanto más profunda es la quietud, más intensa es la narración. La dispersión del flujo del tiempo se frena y la bajante la calma, la creciente que no llega se convierte en una metáfora del arte de narrar.

ricardo-piglia-proyectos-keoe-620x349abcRicardo Piglia

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Video. Entrevista con Auster: «4 3 2 1»

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Galeano. Los libros

Eduardo Galeano 2

Cuando los libros están de veras vivos, respiran; y uno se los pone al oído y les siente la respiración y sus palabras son contagiosas, peligrosamente, cariñosamente contagiosas…

Eduardo Galeano

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John Berger, modos de mirarse

Cuando John Berger murió el pasado 2 enero, Leticia Ruifernández ya trabajaba en las ilustraciones de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos (Nórdica), un compendio de poemas, relatos y ensayos breves del Berger más característico y esencial. El 15 de septiembre los amigos del autor le homenajearán en el CBA.

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Álbum de Bibliotecas en construcción, LXXXVI

Biblioteca de Alejandría

 

Biblioteca de Alejandría

 

Biblioteca del Café Pushkin (Moscú)

 

Biblioteca del Café Pushkin. Moscú

 

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Descargas: Rainer María Rilke, «Las elegías de Duino»

Rilke

Origen: Rainer María Rilke – Las elegías de Duino

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Buenos lectores y buenos escritores

«Cómo ser un buen lector», o «Amabilidad para con los autores»; algo así podría servir de subtítulo a estos comentarios sobre diversos autores, ya que mi propósito es hablar afectuosamente, con cariñoso y moroso detalle, de varias obras maestras europeas. Hace cien años, Flaubert, en una carta a su amante, hacía el siguiente comentario: Comme l’on serait savant si l’on connaissait bien seulement cinq à six livres; «qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros».

Al leer, debemos fijamos en los detalles, acariciarlos. […]

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Vladimir Nabokov. Curso de literatura europeo

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Criba de novedades: 5 libros indispensables para acabar la semana interminable

La semana que llega este jueves a la pausa festiva del 12 de octubre ha durado, en realidad, diez días. A juzgar por la actualidad informativa -el percal catalán- amenaza con extenderse durante semanas. Detenerse y leer sería saludable. Recomendable, al menos. En medio de la avalancha de novedades, Vozpópuli elige cinco títulos que merecen atención. Cinco, una cifra razonable en tiempos de elasticidad, bucle y… sin razón. Hay desde novelas excepcionales, muy distintas entre sí, como El club de los mentirosos de Mary Karr con la que Periférica & Errata Naturae mantienen el altísimo listón de Tú no eres como las otras madres hasta lo nuevo de Carlos Zanón, Taxi (Salamandra). También un anárquico y enciclopédico ensayo de Juan Villoro. Ficción y No Ficción: cinco joyas que se desmarcan de las recientes novedades editoriales.

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Lecturas: «El Ruletista» de Mircea Cartarescu

En las apenas cincuenta páginas de «El Ruletista» tenemos una parábola asombrosa sobre la vida y la muerte, la pulsión creativa y la pasión humana. El rumano Mircea Cărtărescu narra con una desarmante claridad una historia desgarradora, tanto en lo que encierra como en su parte más visible.

Este relato nos cuenta la historia de un escritor anciano que en su soledad rememora los días en los que asistió a la grandeza de un hombre que se jugaba la vida en partidas de ruleta rusa. Ese hombre al que nadie recuerda más que como “el Ruletista” arrastraba una mala suerte congénita que le impidió ganar siempre, pero el texto nos muestra su enaltecimiento cuando sigue vivo después de apretar el gatillo en múltiples ocasiones. El viejo escritor pone de manifiesto la incredulidad que suscitaba, la admiración que causaba y la intriga que le rodeaba. Ambas vidas, sin apenas cruzarse, tienen más en común de la que aparenta, pero Cărtărescu encierra su analogía en un cuento de cautivadora belleza y resonancias casi infinitas.

Mircea Cartarescu. El RuletistaEl Ruletista es un hombre desposeído de todo: no sólo carga con una suerte adversa que le condena a la derrota perpetua, sino que ese sino se torna funesto a un nivel más sutil, a escala psicológica; el jugador nada tiene que perder, porque ya lo ha perdido todo. De igual manera, el anciano narrador de la historia también ha perdido todo: su fama, su reconocimiento, y de ahí que ambos personajes se reconozcan en su trayectoria de auge y caída (y viceversa). Al Ruletista no le queda nada por lo que vivir, al igual que al narrador no le quedan esperanzas de posteridad; como el mismo escritor advierte al término del relato «…puesto que su mala suerte era absoluta, lo único que podía hacer era fracasar siempre en todos y cada uno de sus intentos de suicidarse».

Al nexo común que es la derrota y que une a ambos personajes, hay que añadir también el elemento diferenciador: la muerte. Mientras que el jugador de ruleta rusa la busca con ardor, el escritor la teme; el primero coquetea con ella en todo momento, pero el segundo nos hace partícipes de su desesperación ante la proximidad del final. La creatividad del escritor se agota a medida que va avanzando —narrando— hacia su fin, pero la energía del Ruletista, por el contrario, parece incrementarse a pesar de los peligros inherentes a su apuesta. Aunque las diferencias son palpables, en el fondo nos encontramos ante una narración que emparenta dos pulsiones en apariencia distintas: la autodestrucción y la creación, la muerte y la vida.

«El Ruletista» es un texto comedido y sobrio, que juega permanentemente con el lector al mostrar y ocultar los diversos elementos que sostienen la trama. Mircea Cărtărescu ofrece una lección de narrativa merced a su dominio de la insinuación y el desvelo: aunque en todo momento mantenga el control del relato, oculta con sabiduría su desarrollo y, sobre todo, sus implicaciones internas. Un soberbio ejemplo de literatura bien hecha, que lamentablemente no es muy conocida en nuestro país. Hora de darle una oportunidad.

(Reseña de la página «solodelibros»)


 

Textos

He escrito varios miles de páginas de literatura —polvo, nada más que polvo—. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero ¿qué hace él? A las tres terminas tu libro y a las cuatro empiezas con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad.

∗

Aquella ruleta con tres cartuchos lubricados en el interior del tambor se confunde en mi cabeza con las que siguieron después. Era como si la soberbia diabólica del Ruletista lo arrastrara cada vez con más fuerza a provocar a los dioses del azar. Pronto anunció una ruleta con cuatro cartuchos clavados en los alvéolos del tambor y, más adelante, con cinco. ¡Un solo orificio vacío, una única posibilidad, entre seis, de sobrevivir! El juego ya no era un simple juego e incluso el más superficial de los asistentes que ocupaban ahora los sofás de terciopelo podía sentir, no con la cabeza, ni con el corazón, sino en los huesos, en las articulaciones y los nervios, la grandeza teológica que había adquirido la ruleta. Después de que el Ruletista cargara el arma e hiciera girar el tambor, provocando de nuevo la risita entrecortada de metal negro, bien lubricado, la pieza pesada y hexagonal de los cartuchos detuvo su único agujero ante el cañón. El clic del gatillo, que sonó seco, y la caída del Ruletista fueron envueltos por un silencio sagrado.

∗

Pero ¿qué puede hacer un hombre que ha dedicado toda su vida a escribir literatura? ¿Cómo puedes abandonar los arcanos del estilo? ¿Cómo, con qué instrumentos puedes exponer en una página un testimonio puro, libre de la cárcel de las convenciones artísticas? Tengo que asumirlo y tener el valor de reconocerlo: de ninguna manera. Lo he sabido desde el principio, pero, con la astucia de un animal acosado, he ocultado mi juego, mi postura, mi apuesta, a tus miradas. Porque, finalmente, he apostado únicamente por la literatura. He seguido, en mi razonamiento masoquista, pascaliano, precisamente aquello que parecía estar en mi contra. He aquí todo mi razonamiento, eso que me hace llevar hasta el final (solo yo sé con cuánto esfuerzo) esta «historia»: he conocido al Ruletista. Eso no puedo ponerlo en duda. A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura. No tengo ninguna duda, el Ruletista es un personaje. Pero entonces yo también soy un personaje y aquí no puedo evitar mostrarme exultante de alegría. Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es «leído». Aunque jamás consiga besar a su amada, el pastor pintado en una urna griega sabe al menos que la va a contemplar eternamente. Esta es mi apuesta y mi esperanza. Espero con toda mi alma —y tengo un argumento poderoso: el Ruletista— ser el personaje de un relato y, aunque tengo ochenta años, no morir nunca porque, de hecho, no he vivido nunca. Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea tan solo un personaje secundario pero, para un hombre que afronta el final de su vida, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre.

Mircea Cartarescu  Mircea Cartarescu. El Ruletista

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