Lecturas: “El Ruletista” de Mircea Cartarescu

En las apenas cincuenta páginas de «El Ruletista» tenemos una parábola asombrosa sobre la vida y la muerte, la pulsión creativa y la pasión humana. El rumano Mircea Cărtărescu narra con una desarmante claridad una historia desgarradora, tanto en lo que encierra como en su parte más visible.

Este relato nos cuenta la historia de un escritor anciano que en su soledad rememora los días en los que asistió a la grandeza de un hombre que se jugaba la vida en partidas de ruleta rusa. Ese hombre al que nadie recuerda más que como “el Ruletista” arrastraba una mala suerte congénita que le impidió ganar siempre, pero el texto nos muestra su enaltecimiento cuando sigue vivo después de apretar el gatillo en múltiples ocasiones. El viejo escritor pone de manifiesto la incredulidad que suscitaba, la admiración que causaba y la intriga que le rodeaba. Ambas vidas, sin apenas cruzarse, tienen más en común de la que aparenta, pero Cărtărescu encierra su analogía en un cuento de cautivadora belleza y resonancias casi infinitas.

Mircea Cartarescu. El RuletistaEl Ruletista es un hombre desposeído de todo: no sólo carga con una suerte adversa que le condena a la derrota perpetua, sino que ese sino se torna funesto a un nivel más sutil, a escala psicológica; el jugador nada tiene que perder, porque ya lo ha perdido todo. De igual manera, el anciano narrador de la historia también ha perdido todo: su fama, su reconocimiento, y de ahí que ambos personajes se reconozcan en su trayectoria de auge y caída (y viceversa). Al Ruletista no le queda nada por lo que vivir, al igual que al narrador no le quedan esperanzas de posteridad; como el mismo escritor advierte al término del relato «…puesto que su mala suerte era absoluta, lo único que podía hacer era fracasar siempre en todos y cada uno de sus intentos de suicidarse».

Al nexo común que es la derrota y que une a ambos personajes, hay que añadir también el elemento diferenciador: la muerte. Mientras que el jugador de ruleta rusa la busca con ardor, el escritor la teme; el primero coquetea con ella en todo momento, pero el segundo nos hace partícipes de su desesperación ante la proximidad del final. La creatividad del escritor se agota a medida que va avanzando —narrando— hacia su fin, pero la energía del Ruletista, por el contrario, parece incrementarse a pesar de los peligros inherentes a su apuesta. Aunque las diferencias son palpables, en el fondo nos encontramos ante una narración que emparenta dos pulsiones en apariencia distintas: la autodestrucción y la creación, la muerte y la vida.

«El Ruletista» es un texto comedido y sobrio, que juega permanentemente con el lector al mostrar y ocultar los diversos elementos que sostienen la trama. Mircea Cărtărescu ofrece una lección de narrativa merced a su dominio de la insinuación y el desvelo: aunque en todo momento mantenga el control del relato, oculta con sabiduría su desarrollo y, sobre todo, sus implicaciones internas. Un soberbio ejemplo de literatura bien hecha, que lamentablemente no es muy conocida en nuestro país. Hora de darle una oportunidad.

(Reseña de la página “solodelibros”)


 

Textos

He escrito varios miles de páginas de literatura —polvo, nada más que polvo—. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero ¿qué hace él? A las tres terminas tu libro y a las cuatro empiezas con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad.

Aquella ruleta con tres cartuchos lubricados en el interior del tambor se confunde en mi cabeza con las que siguieron después. Era como si la soberbia diabólica del Ruletista lo arrastrara cada vez con más fuerza a provocar a los dioses del azar. Pronto anunció una ruleta con cuatro cartuchos clavados en los alvéolos del tambor y, más adelante, con cinco. ¡Un solo orificio vacío, una única posibilidad, entre seis, de sobrevivir! El juego ya no era un simple juego e incluso el más superficial de los asistentes que ocupaban ahora los sofás de terciopelo podía sentir, no con la cabeza, ni con el corazón, sino en los huesos, en las articulaciones y los nervios, la grandeza teológica que había adquirido la ruleta. Después de que el Ruletista cargara el arma e hiciera girar el tambor, provocando de nuevo la risita entrecortada de metal negro, bien lubricado, la pieza pesada y hexagonal de los cartuchos detuvo su único agujero ante el cañón. El clic del gatillo, que sonó seco, y la caída del Ruletista fueron envueltos por un silencio sagrado.

Pero ¿qué puede hacer un hombre que ha dedicado toda su vida a escribir literatura? ¿Cómo puedes abandonar los arcanos del estilo? ¿Cómo, con qué instrumentos puedes exponer en una página un testimonio puro, libre de la cárcel de las convenciones artísticas? Tengo que asumirlo y tener el valor de reconocerlo: de ninguna manera. Lo he sabido desde el principio, pero, con la astucia de un animal acosado, he ocultado mi juego, mi postura, mi apuesta, a tus miradas. Porque, finalmente, he apostado únicamente por la literatura. He seguido, en mi razonamiento masoquista, pascaliano, precisamente aquello que parecía estar en mi contra. He aquí todo mi razonamiento, eso que me hace llevar hasta el final (solo yo sé con cuánto esfuerzo) esta «historia»: he conocido al Ruletista. Eso no puedo ponerlo en duda. A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura. No tengo ninguna duda, el Ruletista es un personaje. Pero entonces yo también soy un personaje y aquí no puedo evitar mostrarme exultante de alegría. Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es «leído». Aunque jamás consiga besar a su amada, el pastor pintado en una urna griega sabe al menos que la va a contemplar eternamente. Esta es mi apuesta y mi esperanza. Espero con toda mi alma —y tengo un argumento poderoso: el Ruletista— ser el personaje de un relato y, aunque tengo ochenta años, no morir nunca porque, de hecho, no he vivido nunca. Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea tan solo un personaje secundario pero, para un hombre que afronta el final de su vida, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre.

Mircea Cartarescu  Mircea Cartarescu. El Ruletista

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