Lectura: ‘Las propiedades de la sed’, de Marianne Wiggins

Imagen del fotógrafo estadounidense Ansel Adams (1902 1984) tomada en torno a 1943 en el Manzanar, en el valle de Owens, California, el más famoso de los campos de concentración en los que Estados Unidos confinó a 120.000 ciudadanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial.ANSEL ADAMS (Buyenlarge / GETTY IMAGES)

‘Las propiedades de la sed’, de Marianne Wiggins: no puedes salvar lo que no amas | Babelia | EL PAÍS

Un ictus incapacitó para leer y escribir a la autora estadounidense antes de acabar esta novela situada en la tradición de las grandes épicas estadounidenses, que cerró con ayuda de su hija y su editor

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Textos

No puedes salvar lo que no amas. eso ya lo sabía él. Por Dios, lo había aprendido desde la cuna, en casa de su padre, en el regazo de alguien cuyo desmedido amor por el dinero caía a raudales como agua bendita sobre todos los aspectos de sus vidas. Si quieres mantener algo vivo (como este negocio, hijo mío), tienes que quererlo con todas tus fuerzas. Nadie ha hecho jamás fortuna con la leche de la bondad humana. Sed. Debes proponértelo, debes tener perseverancia, independencia, aguante.


Me gusta observar a la gente cuando mira el menú. Observar cómo se deciden me indica algo… o no. Hay quien no tiene interés en la comida imaginativa. Prefiere la que ya conoce, la comida de siempre. Esa gente repasa el menú en busca de las cosas que llevan digiriendo desde la cuna. Otros, como usted, echan un vistazo a su alrededor, miran los platos de las otras mesas. Los hay que comen por el precio, someten el placer gustativo a la esclavitud de sus bolsillos. E incluso hay gente, parejas, en su mayoría gente casada, que se enfrenta al menú como a un recital, una lectura en voz alta, como si quien los acompaña fuera menor de edad. O analfabeto.


Había contemplado a las cuadrillas de negros salir rodando de las traseras de los camiones en la oscuridad, invisibles, navegando en el pálido algodón, galaxia de estrellas afiladas, e incluso él, cínico urbanita, había caído presa del mítico lirismo del trabajo agrícola puro, en contacto con la Naturaleza. Hasta que salía el sol. Hasta que el cielo blanqueado por el calor caía sobre las espaldas dobladas y el suelo se transformaba en una parrilla que desprendía un calor que, como la sangre, te iba subiendo por los pies y por los pantalones hasta la entrepierna. Cada centímetro de tu cuerpo donde hubiese poros desprendía líquido.


En su familia nunca abundaron los besos —la muerte fue el obstáculo que habían tenido que superar—, más bien se daban palmadas en el hombro como un modo incondicional de demostrar alegría y soltaban frases para elogiar el trabajo bien hecho pero nunca utilizaban un vocabulario expresivo y espontáneo cargado de afecto físico y nunca se besaban. Jamás. Tampoco se abrazaban. Ni se quejaban ni lloraban, sencillamente seguían adelante bajo la tutela de Cas y Rocky y con su ejemplo firme e intachable.


Si debiera pensarlo —cosa que no quería hacer, ¿qué sentido tenía?— diría que tomó conciencia de ellas del modo en que te fijas en las cosas que siempre están ahí, las cosas que existen, los olores permanentes que te siguen por el lugar donde vives, a perro, a leche cortada, a polvo de carbón, a botas húmedas, a paredes de tela asfáltica, a suelo de tierra, a piel vieja y a aguardiente. Como todas las cosas a las que se había acostumbrado desde que tenía memoria, su presencia en su vida había sido constante, se guardaban en un lugar de honor encima de la chimenea y en un soporte al lado de la puerta donde siempre eran lo primero que veía por las mañanas al entrar, siempre donde a un desconocido con mala idea se le podía hacer sentir su poder disuasorio: las armas. Empuñadas y lustradas y modificadas y admiradas, siempre cargadas, incluso cuando descansaban, cómodas y abrigadas, contra la pared mientras en la casa todos dormían. Por eso podían dormir a pierna suelta. Todo hombre que se preciara de serlo tenía una, no salía sin llevar una y se presentaba con la suya al hombro o al menos a punto en la carreta o en la silla del poni o, con el tiempo, en su soporte en el asiento trasero de su coche o de su camioneta. Armas de fuego fiables. El mejor amigo del hombre; y más fiables que los perros, porque mientras que un perro se te puede morir, un arma te durará hasta que te mueras tú. No pensabas en ellas, la verdad, de la misma forma que no pensabas que tu hermana fuera algo especial o que tus padres fueran más que que gente corriente: esos eran los hechos de tu vida, los rifles y tu familia, y todas las mañanas te despertabas a la cruda realidad de lo que eran y de lo que podían hacer y seguías adelante.

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Primer encuentro con Samuel Beckett, Jérôme Lindon

Un día, en 1950, un amigo mío, Robert Carlier, me dijo: «Deberías leer el manuscrito de un escritor irlandés que escribe en francés. Se llama Samuel Beckett. Seis editores ya lo han rechazado». Des… Origen: Primer encuentro con Samuel Beckett, Jérôme Lindon – Calle del Orco
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¿Por qué escribíamos?. Mohamed Mbougar Sarr

No escribíamos ni por el romanticismo de la vida del escritor –se ha caricaturizado–, ni por el dinero –sería suicida–, ni por la gloria –valor pasado de moda, la época prefería la fama–, ni por el futuro –no había pedido nada–, ni para transformar el mundo –no es el mundo lo que hace falta transformar–, ni para cambiar la vida –nunca cambia–, ni por el compromiso –dejemos eso a los escritores heroicos–, ni tampoco celebrábamos el arte gratuito –que es una ilusión, ya que el arte siempre se paga–. Entonces, ¿por qué? No lo sabíamos; y a lo mejor ahí estaba nuestra respuesta: escribíamos porque no sabíamos nada, escribíamos para decir que ya no sabíamos qué había que hacer en el mundo sino escribir, sin esperanza pero sin resignación fácil, con obstinación, cansancio y alegría, con el único objetivo de acabar lo mejor posible, es decir: con los ojos abiertos: verlo todo, no perderse una, no pestañear, no refugiarse tras los párpados, correr el riesgo de estropearse los ojos a fuerza de querer verlo todo, no como ve un testigo o un profeta, no, sino como desea ver un centinela, el centinela solo y tembloroso de una ciudad miserable y perdida, que escruta, no obstante, la sombra de la que surgirán el resplandor de su muerte y el fin de su ciudad.

Mohamed Mbougar Sarr

(La más recóndita memoria de los hombres)

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Cuaderno de poemas. «Tengo tanto sentimiento…». Fernando Pessoa


Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final
Tenemos quienes vivimos
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada
Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.

Fernando Pessoa
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Ventana a YouTube. Sinéad O’Connor e Roger Waters – «Mother»

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Podcasts. «Las horas muertas». Leila Guerriero

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXVIII

«Mark Twain library», una biblioteca pública en Detroit, Michigan, que fue cerrada en el año 1996 por remodelación, pero que nunca fue reabierta.
Biblioteca «Bayt Yakan», El Cairo, Egipto
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Crítica de la novela de Colm Tóibín ‘Long Island’, secuela de ‘Brooklyn’

El escritor Colm Tóibín, autor de ‘long Island’. / EPE

En la hermosa secuela de la aclamada ‘Brooklyn’, la protagonista debe elegir entre la cómoda pero anodina estabilidad familiar y la valentía de luchar por encontrar algo mejor

Origen: LIBROS | Crítica de la novela de Colm Tóibín ‘Long Island’, secuela de ‘Brooklyn’ | El Periódico de España

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Los lectores. Marcel Proust

Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aun sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, porque mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daba yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o me denigraran, sino sólo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito…

Marcel Proust

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Recopilación de textos fotografiados. «Nostalgia de lo imposible». Pilar Bonnet

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