Descargas: «Alabanza de la estupidez», de Erasmo de Rotterdam

La Alabanza de la estupidez es el más célebre de los textos del filósofo Erasmo de Rotterdam. Impreso por vez primera en 1511, se trata de uno de los ensayos que mayor influencia ha ejercido en la cultura occidental, así como uno de los catalizadores de la reforma protestante del siglo XVI encabezada por Martín Lutero. Mediante un tono burlesco e irónico y una crudeza sagaz e hiriente, Erasmo da voz a la propia estupidez para que sea ella quien haga apología de sus utilidades, criticando a su vez los usos de la razón.

Origen: Erasmo de Rotterdam – Alabanza de la estupidez

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Reflexiones de Adam Zagajewski. I

EL MUNDO ESTÁ PARTIDO EN DOS

Sí, a mí también me gustaría que en el mundo reinara la unidad, que la vida espiritual se uniera armoniosamente con la cívica, y ésta, a su vez, con la sentimental, y así sucesivamente. Pero no es así. Esa forma extraña y arrebatadora de la existencia a la que llamamos vida espiritual no se somete a ninguna imposición política y apenas tolera los postulados de la ética. Los pensamientos son libres. La vida espiritual puede ser alocada, temeraria y hasta descarada. Por el contrario, el código cívico exige responsabilidad, prudencia y sentido común. Defiendo de todo corazón las virtudes republicanas. Pero ¡qué más da que lo haga si el espíritu no es ni monárquico, ni demócrata! Su medio natural es el caos y el desorden, al igual que lo son la disciplina y la forma, de modo que oscila entre los dos polos opuestos. Pero tamaña volubilidad sería escandalosa en el ámbito cívico. Las posturas anárquicas e irreverentes no nos chocan en el arte, pero estarían fuera de lugar en el despacho de un juez, en la mente de un ministro o en el boletín oficial del Estado. El mundo está partido en dos. ¡Viva el dualismo! Dado que no podemos prescindir de él, hay que ensalzarlo.

Adam Zagajewski

Adam Zagajewski

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La edad de leer novelas

Nunca había leído un libro tan completo como The House of ­Government , de Slezkine, incomparable como testimonio histórico y afán narrativo

Origen: La edad de leer novelas | Babelia | EL PAÍS

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Henry Michaux. Lección de Literatura

En literatura, y con particular evidencia en la poesía tradicional de todos los tiempos y lugares, las imágenes comparativas están para poner de relieve algo. Satisfacen la inclinación a volver admirable y tienden a hacer presente un sentimiento irradiante que sin remitir aparentemente a uno mismo hace que la naturaleza entera participe en el trabajo de seducción y complacencia.

Henri Michaux  Henry Michaux

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Raúl Gómez Jattin. «Los poetas, amor mío»

Los poetas, amor mío

Los poetas, amor mío, son
unos hombres horribles, unos
monstruos de soledad, evítalos
siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
para leerlos. Mas no hagas caso
a lo que hagan en sus vidas.

Raúl Gómez Jattin

Raúl Gómez Jattin

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De lo que es capaz la novela

Fitzgerald

 

Si quieres un antiinflamatorio, lee la ‘Casa desolada’ (el mejor libro de Dickens); si quieres explorar el mundo emocional, te sugiero ‘Los hermanos Karamazov’. Entonces verás de lo que es capaz la novela, hasta dónde se puede llegar en la novela.

Francis Scott Fitzgerald

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Los mejores libros de 2017

Fue muy superior al 2016. En lo que a ficción respecta, 2017 apuntó grandes regresos -algunos incluso minusvalorados-, además de la publicación de traducciones excepcionales. A eso se suma el predominio rotundo de la novela como género. Desde títulos que aparecieron muy pronto en el calendario como La vegetariana (Rata), de Han Kang, hasta bombazos como el de Paul Auster, […]

Origen: Los mejores libros de 2017

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Lectura: «Apegos feroces» de Vivian Gornick

Con treinta años de retraso y con traducción de Daniel Ramos Sánchez, Sexto Piso ha publicado Apegos feroces, de Vivian Gornick, todo un clásico del memorialismo norteamericano. Nacida en 1935 en el Bronx, en un hogar pobre y obrero, hija de judíos socialistas, Gornick, tras licenciarse en Artes en la Universidad de Nueva York, destacó como periodista y escritora feminista en las páginas del Village Voice durante la década de los años 70 del pasado siglo.

En Apegos feroces, Gornick -autora del ensayo Escribir narrativa personal (2001), editado en castellano por Paidós- cuenta básicamente su accidentado camino hacia la madurez como mujer, su recorrido hasta encarnar, con dudas y quebrantos, el tipo de mujer que desea e intenta ser. En ese itinerario, hecho de esfuerzos y sobresaltos, juega un papel determinante el amor, el cómo vivir y manejar el amor, el amor en sus múltiples caras, el amor que trata de eludir el mandato imperativo -para tantas mujeres de su generación- de casarse y tener hijos.

En el presente del relato, Gornick, ya madura, pasea reiteradas veces con su madre, abocada a la ancianidad, por Manhattan. Generalmente, discuten y se enfadan, como han discutido y se han enfadado desde la niñez de la autora. Esa niñez y la adolescencia de Gornick, permanentemente evocadas al detalle, constituyen el grueso del libro, su primera y mejor parte.

Gornick hace un realista y fabuloso retrato de su infancia y juventud en el Bronx, en un edificio habitado por familias trabajadoras y sin muchos recursos, donde destacan -en el conjunto de vecinos, familiares y amigos- las mujeres. Tanto el padre como el hermano de Gornick, desdibujados en la penumbra, apenas aparecen.

Por el contrario, emerge con vigor inusitado la figura de la madre, una mujer que se entregó en cuerpo y alma a un marido chapado a la antigua y que, al enviudar, decidió abismarse en un dolor absoluto y paralizante del que nunca quiso salir. No es ésta la clase de vida ni de amor que quería vivir la adolescente Gornick, ni tampoco -aunque se sentía interpelada por su comportamiento- deseaba imitar a su vecina Nettie -tercera gran protagonista del libro-, una atractiva y joven madre -muy poco cuidadosa con su hijo- que, al enviudar, se entregará compulsivamente al sexo y a los hombres.

Al filo de su experiencia universitaria, Gornick no tiene ni en su madre ni en Nettie un modelo de mujer que le sirva de referencia fiable y, en la segunda parte del libro -a un ritmo más rápido, con saltos temporales más acusados-, la autora contará tres experiencias -un marido y dos amantes, el segundo de ellos casado, de un nivel cultural inferior y de larga duración- que jalonaron, de forma siempre insatisfactoria a la postre, la búsqueda y encarnación -con los estudios, la escritura y el compromiso- de la clase de mujer que deseaba ser.

Vivian Gornick. Apegos ferocesEl credo feminista de Gornick -no exento de contradicciones- queda patente. No es, sin embargo, invasivo, en el sentido de que en Apegos feroces prima la narración -junto a la observación psicológica y el retrato social- sobre el alegato o la intención demostrativa. Es más, podríamos decir que la primera parte del libro adquiere, bajo una mirada que no esconde su ideario -¿por qué habría de hacerlo?-, la condición fáctica de gran novela realista, de gran fresco sobre la vida en el Bronx en los círculos concéntricos de la familia, el edificio, la calle y el barrio.

Los paseos con la madre en el presente -en un arco temporal de unos pocos años- tienen, igualmente, una extraordinaria fuerza literaria y están ahí no sólo para confirmar y reforzar el ya canónico tema de la dificultad de las relaciones madre-hija, sino para hacernos comprender hasta qué punto Gornick se va pareciendo o no a su madre: hasta qué punto cualquier puede ser dependiente o terminar influida más de lo que quisiera por un modo de ser y comportarse que rechaza. El odio y el amor, el distanciamiento y la religación no están tan lejos entre sí.

Muy al principio, Vivian Gornick, hablando del presente, incluye este magnífico y significativo párrafo: “La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de ‘lidiar’ con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: ‘Me odias. Sé que me odias’. Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente -un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos- le dice: ‘Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia’. Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: ‘Ésta es mi hija. Me odia’. Y a continuación se dirige a mí e implora: ‘¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?’. Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia”.

¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto? ¿A quién no le suena esa pregunta? Y la rabia, las rabias. La madre no es exactamente una Bernarda Alba, pero es un gran personaje literario. Y es real. Después de una de éstas, madre e hija se toman un helado o asisten juntas a un concierto.

Manuel Hidalgo. El Cultural

Vivian Gornick, la feminista feroz | Babelia | EL PAÍS


 

Textos

Mi madre se distinguía en el edificio no solo por su inglés sin acento y por sus maneras rotundas, sino también por su fama de mujer felizmente casada. No, me corrijo. No solo felizmente casada. Mágicamente casada. Definitivamente casada. Mis padres fueron, creo, felices juntos. Su trato mutuo era cordial y cariñoso, pero una idea de felicidad conyugal sofocaba el ambiente que mi madre y yo compartíamos, que convirtió la mera realidad en una circunstancia que no era digna de respeto, sin duda por aquello en lo que se basaba. Se basaba en la actitud devota de mi madre hacia la bondad de su vida de casada, acompañada de un rechazo manifiesto hacia todos los matrimonios que no eran un calco del suyo y la estrechez mental de sus cientos de maneras de inculcarme, a lo largo de miles y miles de días, que el amor era lo más importante en la vida de una mujer. El amor que le profesaba mi padre tenía, en efecto, propiedades milagrosas: no solo compensaba el hastío y la ansiedad que sentía mi madre, sino que era la causa de ambos. Incontables frases que tenían que ver con todo lo que no le satisfacía en la vida comenzaban igual: «Créeme, si no quisiera a tu padre», o, «Créeme, si no fuera por el amor de tu padre». Hablaba abiertamente de lo mucho que había odiado dejar de trabajar tras su boda (había sido contable en una panadería del Lower East Side), la ilusión que le hacía tener su propio dinero y no depender de una paga como una niña, lo insulsa que era ahora su vida y lo que le gustaría volver a trabajar. Créanla. Si no fuera por el amor de mi padre.

∗

La señora Kerner resultaba cautivadora. Poseía el don de los narradores natos, es decir, aquellos para los que cada retazo de experiencia solo está esperando que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo. No era la necesidad filosófica de hallarle sentido a todo lo que empujaba a la señora Kerner a la narración. Era, más bien, que valoraba la sensibilidad y para ella, las artes —la música, la pintura, la literatura— eran un vehículo para la emoción pura. Contaba historias porque anhelaba vivir en un mundo de belleza, entre gente culta y sensible. Y la sensibilidad, niñas, lo era todo. La vida de una persona era rica o pobre, valía una fortuna o no era más que un desecho, dependiendo de si estaba enriquecida por la sensibilidad o despojada de ella.

∗

Mientras nos acercamos a la biblioteca, un acólito de alguna religión oriental (cabeza rasurada, piel traslúcida, un saco de huesos envuelto en una gasa de un rosa apagado) se nos echa encima con una copia de las escrituras de su gurú extendidas sobre la mano. Mi madre sigue caminando mientras que la criatura envuelta en gasa revolotea a nuestro alrededor, su cantinela un zumbido constante en el aire, reclamando mi atención. Al final se siente interrumpida. Se vuelve hacia él. «Pero ¿esto qué es?», pregunta. «¿Qué es lo que quiere? Dígame». Él se lo dice. Ella lo escucha con atención. Después, echa los hombros atrás y, encaramada a su metro cincuenta y cinco de altura, declara: «Joven, soy judía y socialista. Creo que con eso basta para una sola vida, ¿no cree?». El chico de la túnica rosa se queda cautivado y, por un momento, perplejo. —Mis padres son judíos —confiesa él—, pero desde luego no son socialistas. Mi madre se queda mirándolo, sacude la cabeza, agarra mi brazo con fuerza entre los dedos y me arrastra avenida arriba. —Parece mentira —dice—. Un buen muchacho judío que se afeita la cabeza y va por la calle balbuciendo vete a saber qué. Este mundo está lleno de locos. Todos se divorcian y si no, esto. ¡Menuda generación la vuestra! —Mamá, no empieces —respondo yo—. No me vengas otra vez con ese discursito. —Ni discursito ni nada —me corta—, es la verdad. No sé si nosotros lo hicimos bien, pero, desde luego, no íbamos arrastrándonos por la calle como vosotros. Teníamos orden, compostura, dignidad. Las familias permanecías unidas y la gente vivía como es debido. —Eso son chorradas. La gente no vivía como es debido, la gente llevaba vidas ocultas. No irás a decirme ahora que la gente era más feliz antes, ¿no? —No —capitula al instante—, no digo eso. —Entonces, ¿qué dices? Frunce el ceño y deja de hablar. Rebusca en su cabeza para dar con lo que quiere decir. Ah, ya lo tiene. Triunfal, acusadora, señala: —La infelicidad está tan viva hoy en día. Sus palabras me sobresaltan y me satisfacen. Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla. —Ese es el primer paso, mamá —digo con suavidad—. La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa. Se detiene ante la biblioteca. No quiere oír lo que le digo, pero la conversación le entusiasma. Sus apagados ojos marrones, oscuros y brillantes en mi niñez, se iluminan a medida que el significado de sus palabras y las mías penetra en su pensamiento. Sus mejillas se ruborizan y su rostro tierno como un panecillo se endurece maravillosamente con una definición nueva. La encuentro hermosa. Sé por experiencia que recordará esta tarde como una hondamente placentera. También sé que será incapaz de decirle a nadie por qué. Disfruta pensando, aunque no lo sabe. Nunca lo ha sabido.

∗

Como miles de personas antes que yo han dicho: «Para nosotros era o el City College o nada». Disfrutaba de la solidaridad que esas palabras evocaban, pero rechazaba la privación que implicaban. En el City College me sentaba a hablar en una cafetería subterránea hasta las diez o las once de la noche con media docena de compañeros a los que tampoco les apetecía volver a Brooklyn o al Bronx y fue en esa cafetería donde mi formación arraigó. Ahí aprendí que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D. H. Lawrence era un visionario. Ahí cuajó mi amor por la literatura y floreció mi asombro ante la vida intelectual. Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser tremendamente eróticas.

∗

Meses más tarde, volvía a casa desde la facultad a las seis de la tarde. Cuando estaba a punto de meter la llave en la cerradura, la puerta de Nettie se abrió. —Entra —me suplicó. Me quedé con la llave en la mano y los ojos puestos en ella. Podía oír a mi madre trajinando al otro lado de la puerta—. Por favor —susurró Nettie de nuevo—. Solo será un segundo. No se enterará. Tenía el rostro desencajado a causa del esfuerzo que le suponía suplicar. La llave estaba a un centímetro de la cerradura. No recuerdo lo que pensé, pero recuerdo lo que sentí: «Si entro ahí con ella, estoy traicionando a mamá; si no, estoy renunciando al sexo». Entré. Era tan joven. No tenía ni idea de que traicionar a mamá no garantizaba que no renunciaría al sexo.

Vivian Gornick

Vivian Gornick. Apegos Feroces. Ed. Sexto Piso

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Vivir viéndose vivir

Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida es el último tomo de los diarios de Ricardo Piglia, que son calificados como “el vicio” de “esa glándula secreta que es la escritura”.

Origen: Vivir viéndose vivir

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Marguerite Yourcenar: Tus manos…

Podrías hundirte de un solo golpe en la nada, adonde van los muertos: yo me consolaría si me dejaras tus manos en herencia. Sólo tus manos subsistirían, separadas de ti, inexplicables como las de los dioses de mármol convertidos en polvo y cal de su propia tumba. Sobrevivirían a tus actos, a los miserables cuerpos que han acariciado. Entre las cosas y tú no harían ya de intermediarios: ellas mismas se transformarían en cosas.

Inocentes de nuevo, pues tú ya no estarías para hacer de ellas tus cómplices, tristes como galgos sin dueño, desconcertadas como arcángeles a quienes ningún dios da ya órdenes, tus inútiles manos reposarían sobre las rodillas de las tinieblas. Tus manos abiertas, incapaces de dar o de recibir ninguna alegría, me habrían dejado caer como una muñeca rota. Beso, a la altura de la muñeca, esas manos indiferentes que tu voluntad no aparta ya de las mías; acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgía del suelo de tu corazón. Con sollozos pequeños y satisfechos reposo la cabeza como una niña entre esas palmas llenas de estrellas, de cruces, de precipicios de lo que fue mi destino.

No tengo miedo de los espectros. Sólo son terribles los vivos, porque poseen un cuerpo.

Marguerite Yourcenar

Marguerite Yourcenar

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