El trabajo
La primera característica del trabajo es la separación. Hallándose presente y visible, es menester separarse de lo que esté presente y visible. Cavar un abismo entre el tú y el yo, construir una ciudadela alrededor del yo. Cuando haya creado ese abismo, ya habrá trabajado bien: son necesarios tanto el tiempo como una aplicación minuciosa.
La segunda característica del trabajo es el silencio. ¿Va a alentar esas conversaciones absurdas e insignificantes mezclándose con ellas?
¿O, por el contrario, hará de profesor y enseñará a las gentes que sus conversaciones son absurdas?
Entonces, ¡cállese!
La tercera característica del trabajo es la ignorancia. La ignorancia junto con una formidable erudición. Desde la primera palabra erudita, pregúntese: «¿Lo sabe?» «¿Cómo lo sabe?» «¿De dónde le viene este conocimiento?» De ahí, una constante revisión de los valores. Entonces, le sobrevendrá esa carcajada que sugieren el mundo, la ciencia, la filosofía, las ciencias, las filosofías. Esa carcajada es la sabiduría, la escalera hacia Dios.

Max Jacob. Consejos a un joven poeta.


J.L.B.: Yo me encontré con Cortázar en París, en casa de Néstor Ibarra. Él me dijo: «¿Usted se acuerda de lo que nos pasó aquella tarde en la diagonal Norte?». «No», le dije yo. Entonces él me dijo: «Yo le llevé a usted un manuscrito. Usted me dijo que volviera al cabo de una semana, y que usted me diría lo que pensaba del manuscrito». Yo dirigía entonces una revista, Los Anales de Buenos Aires (una revista ahora indebidamente olvidada), que pertenecía a la señora Sara de Ortiz Basualdo, y él me llevó un cuento, «Casa tomada»; al cabo de una semana volvió. Me pidió mi opinión, y yo le dije: «En lugar de darle mi opinión, voy a decirle dos cosas: una, que el cuento está en la imprenta, y dentro de unos días tendremos las pruebas; y otra, que ya le he encargado las ilustraciones a mi hermana Norah». Pero, en esa ocasión, en París, Cortázar me dijo: «Lo que yo quería recordarle también es que ése fue el primer texto que yo publiqué en mi patria cuando nadie me conocía». Y yo me sentí muy orgulloso de haber sido el primero que publicó un texto de Julio Cortázar. Y luego nos vimos un par de veces en la UNESCO, donde él trabaja. Él está casado -o estaba casado- con la hermana de un querido amigo mío, Francisco Luis Bernárdez. Bueno, como le decía, nos vimos creo que dos o tres veces en la vida, y, desde entonces, él está en París, yo estoy en Buenos Aires; creo que profesamos credos políticos bastante distintos: pero pienso que, al fin y al cabo, las opiniones son lo más superficial que hay en alguien; y además a mí los cuentos fantásticos de Cortázar me gustan.
Los libros ofrecen mayor intensidad vital, emociones más profundas y, sobre todo, una conciencia más cabal de las miserias e imperfecciones del mundo real, que siempre resulta pobre, confuso y mezquino, comparado con los hermosos, magníficos y coherentes mundos que crea la ficción. Sospecho que de esta manera la literatura contribuye no a hacer más felices, pero sí menos resignados y más libres a los seres humanos.
Nicanor Parra



