Los libros

Umberto Eco

Los libros no están hechos para que uno crea en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa.

Umberto Eco. El nombre de la rosa

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Cuaderno de poemas. Bukowski

poema-de-bukowski

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Álbum de Bibliotecas en construcción XCVI

Biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros (Universidad de Yale)

 

Biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros (Universidad de Yale)

 

 

Biblioteca Bookyard, Bélgica

 

Biblioteca Bookyard, Bélgica

 

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Asimetría ante el dolor y la muerte

Los críticos de poesía de El Cultural no lo han tenido fácil a la hora de elegir lo mejor de lo muchísimo publicado en 2017; al final, han seleccionado un puñado de clásicos y modernos, nuevas voces y lo último de un novísimo.

Origen: Asimetría ante el dolor y la muerte

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Lectura. «Un año ajetreado», de Anne Wiazemsky

Un año ajetreado es una encantadora y bien escrita novela autobiográfica de Anne Wiazemsky (Berlín, 1947) sobre la iniciación a la primera madurez, sobre la educación sentimental, sobre la capacidad y las dificultades de cambiar en tiempos de cambio: el París de 1966-1967. La protagonista del relato, en primera persona, es una chica de 19 años, hija de la burguesía ilustrada, que todavía va al colegio, acaba de perder la virginidad y se propone estudiar Filosofía, cosa que hará en la naciente y bullente universidad de Nanterre, donde conocerá a un alumno agitador y ligón, poco después universalmente conocido como Dani el Rojo (Daniel Cohn-Bendit), líder de los acontecimientos del Mayo francés.

Pero la chica no es una chica cualquiera. Es nieta de François Mauriac, Nobel de Literatura, el escritor católico más importante de Francia, y también antiguo simpatizante de la República española, miembro que fue de la Resistencia antinazi y partidario de la independencia de Argelia. Un espécimen muy francés (casi inédito en España): hombre muy culto, conservador en lo moral desde su catolicismo, pero de talante liberal y abierto en lo político y social. Y la chica tampoco es una chica corriente porque acaba de ser la protagonista de Au hasard, Balthazar (1966), la obra maestra de Robert Bresson sobre las relaciones y vidas paralelas de una muchacha y un burro, experiencia agobiante -el director la acosaba y la tenía prisionera- que Wiazemsky contó en, en 2007, en La joven (El Aleph).

Anne Wiazemsky. Un año ajetreadoAnne Wiazemsky narra ahora, en Un año ajetreado, cómo, imprudentemente, escribió una carta a Jean-Luc Godard diciéndole que lo amaba, cómo iniciaron una difícil y fascinante relación y cómo se casaron al cabo de un año. Godard y Wiazemsky estuvieron casados más diez años. Ella fue de inmediato la protagonista de La chinoise (1967) y de otras seis películas (por lo menos) del Godard más rupturista y comprometido. Continuó siendo actriz para otros directores poco convencionales (Ferreri, Pasolini, Tanner…), y ha escrito guiones, ha dirigido documentales, ha hecho teatro y, con creciente reconocimiento, ha publicado, desde 1988, una docena de novelas variadas. Con un estilo sencillo y minimalista, cuidadoso de los detalles, Wiazemsky hace, en Un año ajetreado, una novela confesional, testimonial, una novela que es un relato de experiencia: la novelización, si se quiere, de un episodio biográfico. Aquí está, desde luego, el “air du temps”, el fresco impresionista y cotidiano del París del momento, contado un poco al modo de una película de la Nouvelle Vague.

Los cinéfilos, qué duda cabe, van a apreciar el minucioso retrato personal de un efervescente Jean-Luc Godard, en plena adscripción maoísta, que recorre la ciudad en un Alfa Romeo y no duda en pasear a la perrita de su muy joven enamorada. Está divorciado y tiene 17 años más que Anne. A veces, se comporta como un risueño profesor, un Pigmalión que regala libros y lleva a la chica a ver películas de sus directores favoritos. Otras veces, aparece como un tipo posesivo, celoso, iracundo, inseguro, inestable y llorón, no siempre conforme con que su novia reciba clases particulares del filósofo Francis Jeanson, evocado en estas páginas junto a otras celebridades como Truffaut, Rivette o Bertolucci.

Cambios. Mientras la joven Wiazemsky pasa de crisálida a mariposa en los brazos impetuosos de un artista tan consagrado y polémico como Godard, la novela nos cuenta, muy hermosamente, otros dos cambios no menos relevantes: el de su abuelo y el de su madre. La adolescente Wiazemsky quiere mucho a ambos, sobre todo al abuelo, por quien siente, además, un gran respeto. El abuelo y la madre se oponen frontalmente al romance de la menor, lo que provoca sufrimiento y dudas en ella. La novela describe, creando dos magníficos perfiles, cómo, poco a poco, el abuelo y la madre van cambiando de actitud -al hilo de los tiempos que cambian-, van ganando en tolerancia y apertura hasta aceptar el enamoramiento de su muy querida nieta e hija -flor a proteger-, su paso a la edad adulta y a otro modo de vivir y pensar, de la mano del divorciado artista revolucionario. Esta otra intrahistoria de Un año ajetreadorefuerza el valor del libro y confirma la capacidad literaria de su autora.

Manuel Hidalgo. El Cultural


 

Textos

Sin embargo, fue ese hombre el que descubrí entregado a su tarea en un café próximo a los Campos Elíseos. Una mujer alta y rubia nos guió hacia un rincón de la habitación instándonos a que guardáramos silencio: se estaba rodando un plano en el que participaban dos hombres que, sentados tras sendos montones de libros, ensayaban un texto. Para mi sorpresa, reconocí a uno, Claude Miller, que había sido segundo ayudante en la película de Robert Bresson. –¡Silencio! ¡Se rueda! El tono de Jean-Luc era cortante, el timbre de su voz agudo. Con su colilla de Boyards de papel de maíz pegada a los labios, parecía tenso, nervioso. El equipo, a su alrededor, estaba muy concentrado. –¡Corten! ¡Empezamos de nuevo! ¡Se rueda! Yo los miraba a todos, unos tras otros, recordando la emoción que experimenté durante el rodaje de Al azar, Baltasar cuando vivía ese momento en que todas las respiraciones quedaban como en suspenso y me daba la sensación de que cada corazón latía al mismo ritmo, el de Robert Bresson. Allí latían al ritmo de aquel hombrecillo moreno y autoritario, que no tenía ya mucho que ver con la persona que llenaba en aquel momento mi vida. –¡Corten! ¡La tenemos! ¡Plano siguiente! La joven rubia se acercó a buscar a Blandine, y Jean-Luc nos vio. Se dirigió hacia nosotras, de pronto radiante, tendió la mano a mi amiga y me besó en la mejilla. –Ven a sentarte a mi lado –me dijo. Y añadió–: ¡Un asiento para mi invitada!

Anne Wiazemsky con J. L. Godard

Durante el último fin de semana anterior al comienzo de las clases en la universidad, Pierre renunció a acompañar a nuestra madre al campo para dar fe de que yo dormía en la habitación contigua a la suya. Jean-Luc, él y yo fuimos a ver Al este del Edén. Después, en el restaurante, hablamos largo y tendido de James Dean. –La interpretación de Dean es un hallazgo de Kazan, la prueba es que Dean actúa mucho peor en Rebelde sin causa y en Gigante –dijo Jean-Luc–. Dean era conflictivo, caprichoso e indisciplinado… ¡Y al final acaba comiéndose a sus compañeros de reparto y al propio Kazan! Pierre y yo lo escuchábamos, fascinados, con pasión. La atención que le prestábamos divertía a Jean-Luc.

Miércoles 8 de marzo Estoy sentada ante el escritorio, frente a la cámara. JeanLuc me hace ensayar las respuestas que debo dar cuando me interrogue. Y bruscamente, explota: mi uniforme chino, aun modificado, sigue envolviéndome y parezco más la empleada de una gasolinera que una apasionada de Mao. Jean-Luc se levanta y comprueba que sucede lo mismo con Juliet y con los chicos. Tras un tremendo ataque de ira que acalla las risas y los murmullos, Gitt me estira la chaqueta y la sujeta con un montón de alfileres. Me arremangan y se rueda. La entrevista dura entre 6 y 7 minutos. Tenía que hablar de Nanterre, de política, leer octavillas de mis compañeros anarquistas instando al boicot a los exámenes, responsables entre otras cosas de frustraciones sexuales, y terminar diciendo: «Me llamo Véronique Supervielle, tengo diecinueve años», etcétera. Pues bien, cada vez decía sin poder evitarlo: «Me llamo Juliette Jeanson.» Espantoso, y mañana vuelta a empezar.

Anne Wiazemsky 1

Anne Wiazemsky. Un año ajetreado.

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João Sebastián Aldecoa. Lo que se debe decir

Debo decirlo:

no hay memorias ahora,

ni el polvo queda, sólo el olvido […]

 

Origen: João Sebastián Aldecoa – Lo que se debe decir | Sin Flores y Sin Frutos

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En defensa del adjetivo

A menudo nos repiten que debemos suprimir los adjetivos. Un buen estilo —oímos decir— puede prescindir perfectamente del adjetivo; le basta el arco sólido del sustantivo y la flecha ubicua del verbo. Y, sin embargo, el mundo sin adjetivos es triste como el quirófano en el día de domingo. Una luz azulina se filtra a través de las ventanas frías, zumban en voz baja los mustios tubos fluorescentes. El sustantivo y el verbo son suficientes para los soldados y los dirigentes de los países totalitarios. Porque el adjetivo es el garante indeleble de la individualidad de los objetos y las personas. He aquí un montón de melones en un tenderete. Para un adversario de los adjetivos la situación no presenta ninguna dificultad. «Los melones están en el tenderete». Y lo cierto es que un melón es amarillento como la tez de Talleyrand mientras discurseaba en el Congreso de Viena, otro es verde, inmaduro y lleno de arrogancia juvenil, y hay uno que tiene la cara chupada y se ha sumido en un silencio profundo y fúnebre como si no pudiera acabar de despedirse de los campos de Provenza. No hay dos melones iguales. Algunos son oblongos, otros rechonchos. Duros o blandos. Huelen a campiña y a amaneceres o están secos, resignados a todo, asesinados por el transporte, por la lluvia, por las manos de unos desconocidos y por el cielo plomizo de un suburbio parisino. El adjetivo es para la lengua lo que el color para las artes plásticas. Pongamos por caso a ese señor de edad provecta que se ha sentado a mi lado en el vagón de metro: ¡es una mina de adjetivos! Finge dormitar, pero observa a los pasajeros por debajo de los párpados entornados. Por su rostro vaga una sonrisa guasona que a ratos se convierte en un mohín irónico. No sé si lo que habita en su interior es un desespero apacible, cansancio o un sentido del humor inmune a la acción destructora del tiempo. El ejército limita la cantidad de adjetivos. Sólo el adjetivo «uniforme» parece complacer sus ojos sin color. Ropa uniforme, carabinas uniformes. Quien, después de unas maniobras, se pone el traje de civil para ir a dar un garbeo por una ciudad de civiles recuerda la increíble explosión de adjetivos, colores, matices, formas y diferencias con la que saluda el cosmos repleto de individualidades bien marcadas. ¡Viva el adjetivo! Pequeño o grande, olvidado o actual. ¡Te necesitamos, oh adjetivo maltratado por los puristas! ¡Nos haces falta, oh adjetivo moldeable y esbelto que yaces ingrávido, ojo avizor, sobre los objetos y las personas, velando por que no se pierda el sabor vivificante de la individualidad! Ciudades sombrías y calles bañadas en un sol pálido y cruel. Nubes del color de las alas de las paloma y grandes nubarrones negros rebosantes de ira: ¿qué sería de vosotras sin las alígeras flotillas de adjetivos que siguen vuestra estela? La ética no sobreviviría ni un solo día sin adjetivos. Bueno, malo, artero, magnánimo, vengativo, apasionado, noble —he aquí unos vocablos que brillan como la cuchilla de la guillotina. Y, si no fuera por los adjetivos, tampoco habría recuerdos. La memoria está construida con adjetivos. Una calle larga, un día tórrido de agosto, un portillo chirriante que conduce al jardín y allí, entre las grosellas recubiertas de polvo estival, tus ingeniosos dedos («tus» también es un adjetivo —sólo que posesivo—).

Adam Zagajewski

Adam Zagajewski

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Descargas: Memorias de la casa muerta, de Fiódor Dostoyevski

El protagonista es el propio autor, Fiódor Dostoievski, que bajo la figura del protagonista, Alexander Petróvich Goriánchikov, nos relata en primera persona su privación de libertad, su convivencia con los demás presos, sus dificultades para adaptarse a su nueva situación. No debemos olvidar que Dostoievski pertenecía a la nobleza rusa, era Teniente de Ingenieros, es decir, una persona acostumbrada al trato con la alta sociedad y no con el pueblo llano, y además se dedicaba a la literatura, por lo que no estaba acostumbrado a los esfuerzos físicos. Son datos más que suficientes para imaginarnos lo que tuvo que suponer para Dostoievski ese radical cambio de vida: nuevas amistades (lo mejorcito de cada casa, como se suele decir), condiciones penosas de salubridad e higiene (las descripciones del autor sobre las condiciones de los barracones donde se alojaban reflejan con detalle esas condiciones), trato inhumano y degradante (se trataba de un sistema penitenciario compatible con la tortura y que despojaba al recluso de cualquier rastro de dignidad humana).

 

Origen: Fiódor Dostoyevski – Memorias de la casa muerta

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El Vieco cortaziano XXXIII

La prosa, al principio, me presentaba dificultades. Quise empezar una novela y me tranqué; no podía avanzar. Escribir en prosa me resultaba, ¿cómo decirle?: grosero; no encontraba el balanceo del verso. Yo tenía que escribir -con toda la ingenuidad que pudiera tener aquella novela-: “el carruaje se detuvo a la puerta del castillo, coma, y fulanita de tal, descendió. punto”. Y eso era duro, no tenía el ritmo del verso.

Cortázar

Julio Cortázar

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Los 10 libros africanos más destacados

La presencia creciente de escritoras y el aumento de producción literaria han marcado este 2017

Origen: Los 10 libros africanos más destacados | Blog Africa no es un pais | EL PAÍS

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