Mario Vargas Llosa, durante la presentación de su novela Cinco esquinas, en marzo de 2016. / Casa de América
Con motivo de la muerte de Mario Vargas Llosa, reproducimos este ensayo escrito en su día como contribución a un número especial dedicado al escritor por la revista chilena Estudios Públicos, núm. 112 (Santiago de Chile, otoño de 2011), coordinado por Arturo Fontaine.
Lazos familiares en el debut novelístico del autor iraní-estadounidense a través de la odisea del treintañero pero tan adolescente lobo estepario Cyrus Shams. Un alguna vez vaciador de botellas y catador de drogas
Ray Loriga: «Ahora tenemos que decirle al otro quiénes somos todo el tiempo y eso es infernal»
Tiene nueva novela en las librerías, ‘TIM’, un relato nebuloso que de alguna manera dialoga con el asunto de la identidad. Tiene casi 60 años y el escritor reflexiona sobre sí mismo: «Enmendando a Sartre, el infierno soy yo»
Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo (…)
De izquierda a derecha, Kurt, Paul, Hermine, Max, Leopoldine, Helene y Ludwig Wittgenstein en Neuwaldegg (1917). Foto: Acantilado
La correspondencia inédita de esta acaudalada familia vienesa nos muestra una versión alternativa del célebre filósofo, que no era un misántropo sino comprensivo y leal.Más información: Cuando Carmen Martín Gaite dijo no a la RAE: «Cada día detesto más la cultura oficial y amo más mi independencia»
‘El buen mal’: Samanta Schweblin se consolida como una de las grandes cuentistas latinoamericanas
La escritora argentina demuestra en estos seis relatos su extraordinaria habilidad en fusionar lo cotidiano y lo inquietante. Más información: Samanta Schweblin publica ‘El buen mal’:
Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
(…)
Quizás pase un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelta la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad.
(Bienvenida a la comunidad)
Denyse había comenzado a tomar algunas notas sobre la segunda parte de su novela y yo ya había avanzado tres capítulos en la mía. Mi personaje seguía hundido en su calvario. Regresaba de trabajar y la niña ni siquiera le permitía acercarse para darle un beso. A la hora de acostarla solo el padre podía llevarla a la habitación, ponerle el piyama y meterla en la cama. Si la madre osaba asomarse, aunque solo fuera para saludar con un gesto de la mano, la niña se ponía a chillar de pura furia. Los vecinos habían tocado la puerta para ver qué pasaba, y más tarde, angustiados por los gritos que no cesaban, habían llamado a la policía, y ella había tenido que pasar dos horas en la cocina respondiendo a preguntas de un especialista en maltrato infantil.
(William en la ventana)
Mi padre atiende el teléfono. Tiene veintisiete años y, como hace todo el mundo en los noventa, levanta el tubo sin saber quién está llamando. La gente llama y dice soy yo, Carmen, o dice soy de la oficina de correos, o dice buen día, quería confirmar su turno. Pero en la noche, si el teléfono suena y mi padre atiende, nadie responde. Él espera con el tubo en la oreja hasta que se cansa de estar ahí sin hacer nada, o de hacer preguntas en vano, o incluso a veces de putear. Apoya el tubo sobre el aparato y, aunque la clac mecánica da por cerrado el asunto, presente que hay algo más.
(El ojo en la garganta)
Aparecía por la peluquería cada dos semanas. Alguien la interceptaba enseguida y la acompañaba discretamente hasta el fondo del local para que el resto de las clientas no tuvieran que verla ni olerla. La sentaban frente al espejo que hay detrás de las piletas en un banco que se usaba solo para ella, y ahí se quedó, inmóvil, hasta que yo terminaba de atender y me acercaba.
(La mujer de Atlántida)
Se había casado y se había divorciado, había tenido una hija que nos dio su primer sueldo para mudarse a otro continente. Cuando entendió que la hija no volvería, sacó un crédito para un departamento que nunca terminó de convencerla, pero que prometía atarla a la responsabilidad vital de trabajar hasta el último día de su vida. Porque en ese entonces pensaba: Si no es así como la gente se aferra a la vida, ¿cómo siguen adelante? Le habría gustado conocer a alguien en su misma situación para averiguar cómo se las estaba arreglando, pero no era lo suficientemente cercano a nadie para hacerle semejante pregunta.
Este relato de hora y media con un Nobel abriéndose paso hacia la cuesta de Moyano está hecho con el silencio de los semáforos.
Origen: 90 minutos con Mario (Vargas Llosa) – Zenda
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)