Ventana a YouTube. David Gilmour – Comfortably Numb Live in Pompeii 2016

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Columna: Tengo las palabras, pero tú ya no estás. Marbel Sandoval

Por la magia de la comunicación supieron siempre una de la otra. Pero la enfermedad de su amiga Mary no mejoró por el hecho de que la autora la verbalizara.

Origen: Columna: Tengo las palabras, pero tú ya no estás | EL PAÍS Semanal

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CXIII

 

Biblioteca Ateneu (Barcelona)

Biblioteca Ateneu (Barcelona)

 

Biblioteca de la casa de Karl Lagerfeld

Biblioteca de la casa de Karl Lagerfeld

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Sobre Aurora Bernárdez

Un papelito doblado en cuatro

Todo el tiempo estamos siguiendo huellas invisibles. Sólo que no nos damos cuenta. La primera vez que reparé en Aurora Bernárdez descubrí que venía siguiéndola desde mucho antes: me refiero al día en que me di cuenta de que era ella la vocecita perfecta, de afinación impecable, que tenían las traducciones de Las ciudades invisibles de Calvino y del Levantad carpinteros de Salinger, de La náusea de Sartre […]

Origen: Un papelito doblado en cuatro | Página12

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El profesor Leszczynski. Adam Zagajewski

El profesor Leszczynski, cuya voz era sueave y apagada y se quebraba con facilidad, estaba especializado en la teoría del conocimiento. Explicaba a Descartes, a Berkeley, a Hume y a Kant. Era menudo, bajito, encorvado, y bondadoso. Su cara delgada, tan delgada como si estuviera hecha de chapa de madera y no de carne humana, tendía a la redondez. Era tan bondadoso y tan tranquilo que parecía que viviera tan sólo la mitad de la vida; estaba casi ausente. Llevaba siempre un abrigo loden verde, siempre: en invierno y en verano, en primavera y en otoño, en la calle y en la bien caldeada aula. Hicera un frío siberiano, violeta, el frío cruel de Stalin y Beria, o un calor siciliano, loco, que dejara sin fuerzas al mayor hércules, el profesor Leszczynski no se quitaba el abrigo. Los estudiantes, que todo lo ven y todo lo saben de sus profesores, tenían una explicación para este fenómeno: el profesor Leszczynski pasó algún tiempo en el campo de concentración de Auschwitz, y allí se le originó una rara desazón: era insensible a las temperaturas; sencillamente, se helaba sin tregua, tenía frío incluso en agosto. Pero aquí rozamos una disputa puramente metafísica: si se helaba o si era insensible a las variaciones de temperatura.

Adam Zagajewski copia

Adam Zagajewski

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Siete secretos de escritura de Alice Munro

La cuentista canadiense, nacida en Ontario en 1931 y reconocida en 2013 con el Nobel, ha desparramado en entrevistas algunos de sus mejores secretos de escritura. Aquí, los compilamos y tradujimos para que puedas aprovecharlos.

Origen: Eterna Cadencia – Siete secretos de escritura de Alice Munro

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Los libros son contraseñas. James Salter

Nunca ha llegado a tener afinidad ni sentirme relmente cómodo con personas que no leen o que nunca han leído. Para mí es un requisito esencial. De lo contrario echo en falta algo, amplitud de miras, noción de la historia, una sintonía compartida. Los libros son contraseñas.

James Salter

James Salter

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Cuaderno de poemas. «No supiste», Idea Vilariño

No supiste 

Pobre mi amor
creíste
que era así
no supiste.
Era más rico que eso
era más pobre que eso
era la vida y tú
con los ojos cerrados
viste tus pesadillas
y dijiste
la vida.

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Idea Vilariño

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José Lezama Lima

Nació en 1910. Tuvo cinco pasiones; la literatura, la conversación, la vida sedentaria, la comida y el tabaco. Alguna llevaba implícita en sí su meticulosa ruina. A los escritores les recomendaba no dejar pasar ni un día y envejecer mil años cada noche. En cuanto a él, desarrolló una prosa capaz de humillar el lujurioso castellano del viejo Quevedo. «Paradiso», laberíntica novela que algunos han comparado a una alcachofa, planta de diseño leonardesco, la proyectó en un tiempo tan distante al de los lectores que hoy en día todavía la llaman futuro.

Se sabe que era capaz de conversar durante días sobre todo aquello que abarcaba su ilimitada erudición (es inútil añadir que en presencia de la más completa enciclopedia la erudición de uno se reduce a copiosa ignorancia). Se sabe que no aprendió nunca a pronunciar correctamente las palabras extranjeras inglesas o francesas, y que cuando se sentaba ante su escritorio tropezaba regularmente con una puntuación curiosamente irregular: algunos atribuyen razonablemente estos balbuceos a la caprichosa respiración que le provocaba su asma crónico.

A los diecinueve años se estableció en aquella dirección que pasó a la leyenda:calle Trocadero, 162, bajos, La Habana Vieja, Cuba. Desde entonces salió de la isla apenas dos veces. A quien le preguntaba por qué no viajaba nunca, le respondía que era ésa, no moverse de casa, su manera de resucitar.

Los placeres de la mesa, a los que no renunció nunca, le acarrearon la molestia de la obesidad. Los del tabaco le complicaron el asma, pues aunque daban un respiro a su «alma», en realidad dificultaban dolorosamente su respiración. Fumaba cada día dos o tres de aquellos «puros» que llevaban el nombre de su ciudad. Murió el 9 de agosto de 1976 en el Hospital Militar de La Habana. En el pabellón dedicado a José Elías Borges, mártir de aquella Revolución a la cual él se adhirió, al menos sentimentalmente.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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Documento. Carta de Miguel Hernández para su mujer y su hijo

Carta de Miguel Hernández para su mujer y su hijo, escrita desde la cárcel aquel octubre de posguerra: «Ya comeremos y viviremos juntos la mamá, tú y yo».

(A través de Carlos Mayoral)

Carta de Miguel Hernandez

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