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Cuaderno de poemas. «Los ángeles caídos». Anne Sexton

 Los ángeles caídos

Llegan hasta mi hoja
en blanco y dejan una mancha de Rorschach.
No lo hacen por maldad,
sino para darme una señal de
que me necesitan, como dijo una vez Aubrey Beardsley,
para forzar la cosa hasta que surja algo.
Torpe como soy,
lo hago.
Es que soy como ellos-
ellos y yo, salvados y perdidos,
rodando, como Humpty Dumpty,
alfabeto abajo.

Cada mañana los empujo de mi cama
y cuando se meten en la ensalada
revolcándose como perros
los saco uno por uno
tal como mi hija
separa las anchoas.
En mayo bailan entre los juncos,
hasta romperse los dedos de los pies,
riendo como peces.
En noviembre, el mes espantoso,
chupan la infancia de las frutas,
y las vuelven amargas e incomibles.

No obstante, me acompañan.
Agitan la vida.
Reparten su magia
como caramelos surtidos.
Van conmigo al dentista
y me protegen del torno.
También
van a clases conmigo
y les mienten a los alumnos.

Oh ángel caído,
compañero interior,
murmura algo sagrado
antes de que me lleves pellizcándome
hasta la tumba.

Anne Sexton1

Anne Sexton

(Versión: Isaías Garde)

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CXXVI

Biblioteca de la Abadía Benedictina de Pannonhalma

Biblioteca de la Abadía Benedictina de Pannonhalma. Hungría

Biblioteca de la abadía benedictina de Santa María Laach, en Alemania

Biblioteca de la abadía benedictina de Santa María Laach, en Alemania

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El refugio interior de Marcos Ordóñez

Marcos Odóñez, en una imagen de archivo – CARLES RIBAS

El autor barcelonés se estrena como diarista en «Una cierta edad», donde muestra su mundo de libros, películas y obras de teatro

Origen: El refugio interior de Marcos Ordóñez

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Crear da la felicidad. Muñoz Molina

Es una de las tareas del novelista: ponerte en cada personaje en la medida de lo posible. Pero, cuando una novela surge y se desarrolla con mucha fuerza, todas esas cosas quedan envueltas en felicidad, en la exaltación de la invención. El hecho de crear es tan poderoso que sobre todo te da felicidad.

Muñoz Molina1

Antonio Muñoz Molina

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Antología Vitale

Ida Vitale en la Residencia de Estudiantes

Diez poetas escogen sus versos favoritos de la escritora uruguaya

Origen: Antología Vitale

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Lectura: «14 de julio». Éric Vuillard

A rebufo del (quizás inesperado) gran éxito cosechado en España por «El orden del día», novela con la que Éric Vuillard (Lyon, 1968) ganó en 2017 el premio Goncourt (y mejor obra de ficción extranjera del año pasado según estas mismas páginas), se publica ahora «14 de julio», su anterior título, en el que el francés circunvala de nuevo un hecho histórico crucial (esta vez la toma de la Bastilla en 1789), desde perspectivas narrativas aparentemente poco transitadas. En este caso, la aproximación que Vuillard hace a tan señalada fecha viene a caer, ética y estéticamente hablando, en algún punto intermedio entre los «Episodios nacionales de Galdós y los «Momentos estelares de la humanidad» de Zweig, hasta el punto de que, sin ánimo de perderme en disquisiciones de género (literario, claro), «14 de julio» se me antoja más un ejercicio de estilo que una novela, propiamente dicha, de tintes históricos.

En relación con lo anterior, es de destacar que a medida que el lector se sumerge en esta vertiginosa narración por estampas, la propia voz de Vuillard se va imponiendo. Lo imagina uno apoyado, con los brazos abiertos, sobre una reproducción fidedigna, a gran escala, de un plano del París de la época, rodeado a su vez por todos los documentos históricos por él consultados, mientras vocea a quien le quiera escuchar (cuando se entona, Vuillard puede llegar a ser de lo más seductor) cada cruento episodio, señalando con el dedo cada calle, cada plaza, cada fábrica, cada lugar donde se produjo una refriega… haciéndonos ver a su vez, todo el tiempo, cómo la Historia (así, con mayúsculas) la construyen (que no escriben) ciudadanos anónimos, pequeños comerciantes, masa informe en definitiva sobre la que los historiadores suelen pasar de puntillas en pos de los grandes nombres, de las grandes personalidades. El ministro de finanzas Jacques Necker, sí, por supuesto; pero también, por qué no, el futuro general Rossignol, de origen humilde, tan protagonista de la toma de la Bastilla como el anterior. 

Éric Vuillard. 14 de julioComo las turbamultas no tienen rostro, Vuillard se empeña en hacernos saber el nombre y el oficio de todos los que participaron en los fastos de aquellos días revolucionarios, dedicando incluso un capítulo completo (“La multitud”) a ello. Es de justicia. Vuillard juega en estos casos a hacer las veces de juglar cascabelero, sobre todo al narrar el pasado desde el presente con tanta fruición. Son de hecho frecuentes sus injerencias en este sentido: por ejemplo, al hablar del ya citado Necker, nos señala que “adoptó una actitud arriesgada, como esos traders que, en la actualidad, arrojan sus ordenes entre las mandíbulas del monstruo, esperando que la cosa funcione” (p. 42). Como buen juglar tampoco parece tener miedo a los excesos, a presentarse, en ocasiones, más impresionista de la cuenta (su voluptuosa descripción de Versalles parece sacada del guion de «María Antonieta», de Sofia Coppola), a abusar un tanto de cierto chisporroteo narrativo (esas retahílas salpicadas de objetos, esa especie de prosismo de metralleta), tan efectivo como facilón. Para bien y para mal, todo es sincopado en «14 de julio». 

A través de estos arrebatos “poéticos”, Vuillard no solo antepone la plasticidad del relato (de su relato) a la frialdad de la propia realidad histórica (destilada, en todo caso, para la ocasión), sino que consigue transmitir con brillantez el caos que se debió vivir durante aquellos días de locos. Al traductor, de paso, lo pone a prueba, al tener que vérselas con semejante ritmo fulgurante. El trabajo de Javier Albiñana, en este sentido, se presenta impecable.

Por más que Vuillard desplace aquí el foco de las narraciones históricas oficiales, lo cierto es que «14 de julio» en ningún momento plantea una relectura de los hechos. A cambio, a su término (y espero no estar incurriendo en ningún «spoiler» al revelarlo), se realiza un claro llamamiento a la rebeldía contra el (des)orden establecido: “A veces, cuando el tiempo es demasiado gris, cuando el horizonte es demasiado mortecino, deberíamos abrir los cajones, romper los cristales a pedradas y arrojar los documentos por las ventanas”. Quién le iba a decir a Vuillard cuando se publicó este libro (allá por 2016) que, a unos pocos días de escribir esta reseña, las calles de París volverían a ser tomadas por el mismo pueblo que aquí retrata. 

Fran G. Matute. El Cultural


 

Textos

Así comenzó la revolución, el 28 de abril de 1789: saquearon la hermosa mansión, rompieron los crista­les, arrancaron los doseles de las camas, rasgaron las tapicerías de las paredes. Lo rompieron y lo destruyeron todo. Derribaron los árboles; prendieron tres inmensas hogueras en el jardín. Miles de hombres y mujeres, de niños, arrasaron el palacio. Querían hacer cantar a las lámparas de araña, querían bailar entre los velos, pero, sobre todo, ansiaban saber «hasta dónde se puede llegar», aquello que una multitud tan numerosa «puede ha­cer». Fuera había una masa de treinta mil curiosos. Pero van desarmados, sólo disponen de palos y adoquines. Y de pronto llegan los gendarmes. El gentío les dirige una catarata de insultos y silbidos. Desde los tejados llueven piedras y tejas de pizarra. Desadoquinan la rue de Montreuil. ¡Qué gustazo apedrear a los guindillas! Sin eso no hay libertad que valga. La caballería avan­za contra la multitud; la gente retrocede en medio de las babas de los caballos, frente a los sables que relu­cen. Entonces, los soldados arman los fusiles y dispa­ran. La primera salva mata a mucha gente, la multitud se pega a las paredes, se acurruca como puede; lanzan tejas desde los tejados, gritan. Pero vuelven a cargarse los fusiles: ¡fuego a discreción! Decenas de muertos cu­bren la calle. En ese momento se produce una desban­dada. La gente corre, se atropella, es la gran colada bajo el jadeo del cielo. ¡Las mujeres gritan a los soldados que no maten, que tengan piedad! Prosiguen los dis­paros, se hacinan los cuerpos, los soldados a caballo recorren las calles sableando por la espalda a los que huyen. Se habla de más de trescientos muertos y otros tantos heridos. Los cadáveres fueron arrojados a los jar­dines de los alrededores, a las carretas de estiércol de los huertos cercanos, amontonados. Hubo también algún ahorcado. Después marcaron al hierro candente a los agitadores, a quienes se mandó a galeras. Y se dice que aparte de la del 10 de agosto de 1792, fue la jornada más mortífera de la Revolución.

El asalto comenzó desde todas partes y desde nin­guna, fueron disparos de fusil y pedradas. Los gritos desempeñaron su papel. Los juramentos desempe­ñaron su papel. Fue una gran guerra de gestos y de palabras. La multitud turbulenta, expresiva, lanzaba piedras y sombreros viejos. Un horrible rebullicio, plagado de juramentos. Los soldados, el orden que representaban, recibían toda clase de nombres: cu­los mierdosos, chanclas de casquera, bacinas, bocapi­cos, pedorromierdas, mamadomierdas, y todas las co­sas de mierda, y todos los colores de mierda, mierdas rojas, mierdas azules, mierdas amarillitas. Y todo aque­llo estallaba con guasa.

Cuando cesa el tiroteo, el patio está sembrado de cadáveres. El silencio produce un efecto extraño. La gente duda en salir de su escondite. Poco a poco se arriesga a dejarse ver. Un herido lanza gritos espanto­sos. Dos guardias franceses lo arrastran bajo el tejadi­llo de una tienda que bordea el camino de ronda. Una corneja picotea el hombro de un cadáver sentado con­tra una pared. De repente Giles Droix hace señas para que acudan; ha encontrado a Falaise. Su cráneo des­nudo y lampiño brilla en el pavimento. Tiene el cos­tado ennegrecido y el pulgar arrancado. Siguen en su bolsillo las dos balas de plomo que se llevó dos horas antes de su casa; no habrá tenido la ocasión de utili­zarlas. Un poco más allá, cerca del puente levadizo, Collinet incorpora otro cadáver, la sangre le chorrea por el cuello. Es François Rousseau. Las moscas le devoran los ojos. Arrancan dos tablas de las casernas. En una depositan a Falaise y en la otra a Rousseau. Son, más o menos, las dos de la tarde.

Y lo saquean todo. La destrucción de la bastilla comienza de inmediato. Lanzan las piedras al vacío; la parte superior de las torres es cercenada, roída. En unas horas no se asemeja ya a nada. Son arrojados los muebles, las ropas desgarradas, rotos los espejos, todo es destruido, saqueado. ¡Qué grato es deshacer y de­moler! Nadie piensa en el mañana. ¡Quieren derribar­lo todo, tirarlo todo, dañar, trastocar, estampar! Y el gusto que da, un gusto inconcebible. ¿Que no se pue­de pagar el alquiler?, ¡pues a hacer puñetas todo!, y allá va un sillón destripado, una mesa sin patas, un espejo tuerto, un candelabro manco, un orinal lleno de he­ces. ¿No tenemos bastantes cuartos para comer?, ¡pues a tomar viento!, bailamos descalzos, nos apretamos el cinturón, follamos, empinamos el codo. Feseleaux jue­ga a las cartas en una celda; Lefebvre gargajea religio­samente en un moquero que le ha «tomado prestado» al gobernador; Chorier mea por la ventana; Navet se prue­ba ropa, se enfunda chaquetas, se encasqueta sombre­ros, desfila ante el espejo, se contempla; Leroux se echa unas carreras por los pasillos; Louise hojea el correo del teniente de la Bastilla y pone a fundir un sello de cera que llueve sobre el entarimado; Marguerite pa­sea pelucas prendidas en el extremo de una pica; Ma­rie se enfila argollas de hierro de los reclusos; Pierre­-Pierre arroja un corazón de manzana; Hue se ha puesto las antiparras del gobernador y se da contra las pare­des; y Tronchon lee en voz alta un libro vuelto del revés. Todo el mundo está ahí y pierde la cabeza, se divierte.

Éric Vuillard.jpg  Éric Vuillard. 14 de julio

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Día del Libro. Manuel Vilas

Los libros no existen en sí mismos, solo son puentes hacia la vida, hacia tu vida misma

Origen: Día del Libro | Cultura | EL PAÍS

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Las dudas del escritor. James Salter

Es difícil escribir novelas. Has de tener la idea y los personajes, aunque quizá se añadan personajes sobre la marcha. Necesitas la historia. Necesitas, si me permites decirlo así, la forma: ¿Qué extensión va a tener el libro? ¿Estará escrito en párrafos largos? ¿Cortos? ¿En qué persona narrativa? ¿Mantendrá un hilo conductor o se dispersará en todas direcciones? ¿Cómo será de denso?. Cuando tienes la forma, puedes escribir la novela. Cuando tienes el estilo. El estilo. Dónde te sitúas como escritor. Tus prejuícios. Tu posicionamiento moral. El modo en que ese libro debería leerse. Y después necesitas un comoenzo. […] El comienzo es de suma importancia.

James Salter

James Salter. El arte de la ficción

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Quid est liber?

QUID ES LIBER_

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