Utilidades del libro. Henning Mankell

Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas.

Mankell

Henning Mankell. Arenas movedizas

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Las 27 revoluciones de Ryszard Kapuściński

El polaco Ryszard Kapuściński reportó 27 revoluciones, soportó 40 arrestos y fue uno de los grandes maestros del periodismo narrativo.

Origen: Las 27 revoluciones de Ryszard Kapuściński | Revista Travesías

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Marcos Giralt Torrente. Literatura

Un libro tiene que nacer de un lugar íntimo muy profundo y cada dos años no mudas de piel, no tienes ese lugar nuevo desde el que escribir y plantear cuestiones que te atañen como individuo, algo verdaderamente relacionado con la vida.

La buena literatura nunca es maniquea, nunca es blanco o negro, no hay una única respuesta, sino que son varias.

No creo en el talento innato. Creo en el trabajo. Pero escribir bien requiere mucho trabajo en soledad, leer mucho, escribir mucho, romper muchísimo y aprender a mirar. No puedes pretender escribir un libro si no tienes una mirada propia sobre el mundo.

Marcos Giralt Torrente Marcos Giralt Torrente

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Mini-test literario

Una selección de lecturas imprescindibles, entre las que figura Malva, la hija abandonada de Pablo Neruda.

J. ERNESTO AYALA-DIP

Origen: MINI-TEST LITERARIO – Qué Leer

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Reflexiones. Dostoyevski

Es muy fácil vivir aparentando ser tonto. De haberlo sabido antes me habría declarado idiota desde mi juventud, y puede que a estas fechas hasta fuera más inteligente. Pero quise tener ingenio demasiado pronto, y heme aquí ahora hecho un imbécil.

Dostoyevski

Fiódor Dostoyevski

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Voy a releer ‘Rayuela’. Luis García Montero

García Montero

Si todo regreso es una temeridad, los riesgos sentimentales aumentan cuando se trata de un libro surgido de la misma rebeldía que estalló poco después en mayo del 68 en París.

Origen: Voy a releer ‘Rayuela’

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El error central de la imaginación literaria. Fernando Pessoa

(…)
Examino, con un asombro asustado, el panorama de estas vidas, y descubro, cuando voy a sentir horror, pena, indignación ante ellas, que quien no siente horror, ni pena, ni indignación, son los mismos que tendrían derecho a sentirlos, son los mismos que viven esas vidas. Es el error central de la imaginación literaria: suponer que los otros son nosotros y que deben sentir como nosotros. /Pero, afortunadamente para la humanidad, cada hombre es solamente quien es, siéndole dado al genio, únicamente, el ser algunos otros más./
(…)

pessoa-amor-secreto-k60h-620x349abcFernando Pessoa

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El dolor que mueve el mundo. Juan Bonilla

La escritora Marguerite Duras en 1983. EL MUNDO

‘Las crónicas del dolor’ de la estadounidense Melanie Thernstrom se une a los textos de Duras, Argullol, Junger, Kipling, Nabokov y otros exploradores que abordaron la misión casi imposible de hacer literatura de un cuerpo que sufre, de escribir sobre una emoción que, en realidad, no se puede explicar, sólo padecer

Origen: El dolor que mueve el mundo | La Esfera de Papel

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El argentino que se hizo querer de todos. García Márquez

El argentino que se hizo querer de todos

Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.

A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk.

No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible. Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante.

Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.

Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.

García Márquez

Gabriel García Márquez

(A través de «Las cuatro esquinas, una intersección literaria»)

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Amazon, el librero que desconoce sus libros. Alberto Manguel

Una trabajadora de Amazon en Hemel Hempstead, Inglaterra, busca órdenes de usuarios de la compañía en noviembre de 2018. CreditLeon Neal/Getty Images Europe

NUEVA YORK — Mi primer empleo fue en 1963, en una librería angloalemana de Buenos Aires llamada Pigmalión. Yo tenía 15 años, iba al colegio por la tarde y a la librería por las mañanas. Los primeros seis meses no hice más que pasarles el plumero a los libros. “Así usted aprende qué títulos tenemos y dónde están ubicados”, me dijo la dueña, la señorita Lili Lebach

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