Dos exploradores lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.
Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. Nada de lo humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos. La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo.
En «Lulu» (1994, Premio de la Unión de Escritores Rumanos, Premio ASPRO), Cartarescu despliega su versión de la figura del artista adolescente en la persona de Victor, un escritor asocial y torturado que parece sacado de una obra de Proust, y que vive obsesionado por Lulu, uno de sus compañeros de liceo que, disfrazado de mujer y aprovechando la fiesta de clausura de un campamento de verano en 1973, lo fuerza a un contacto sexual. Recluido en una villa de los Cárpatos, y ya convertido en un escritor de éxito, Victor intenta exorcizar a través de la escritura a los monstruos que devoran su alma. El juego del doble —encarnado en Victor, el escritor enfrentado a su «hermana gemela», la niña amputada—, de larga tradición en la literatura moderna, alcanza en «Lulu» una dimensión que hace de esta novela una auténtica obra maestra.
Contraportada de la Ed. Impedimenta
Textos
Mi trabajo, por aquella época, era la soledad. La practicaba por las calles ocres y polvorientas de Bucarest, en sus barrios antiguos, desconocidos para mí hasta entonces. Caminaba todo el tiempo recitando versos en voz alta, espantando a los transeúntes con mis ojos alucinados, con mi cara pálida y asimétrica, con un bozo de pelusilla sobre mis labios cuarteados y mordidos.
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Me aferro ahora, como a una última brizna de esperanza, a la idea de que tal vez consiga curarme a través de la escritura. Es decir, desenmarañar, mientras me queden fuerzas, este ovillo, este manojo de intestinos, este mandala enredado en mi cabeza. Si la escritura es, como dicen, una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo mismo me vaya vaciando de veneno.
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Dios mío, ¿qué está pasando? Estoy de nuevo ante mi escritorio. Me resulta imposible controlar el pánico, los latidos de mi corazón… Tengo carne de gallina. Escribo temblando, de hecho araño la página, pero debo escribir porque unos destellos dolorosos de los recuerdos que he visto durante todo el día, demasiado rápidos como para poder atrapar de ellos algo más que la pura emoción, se han abierto ahora en mi cerebro —cuando cabeceaba medio dormido— con una violencia insoportable. La reacción de mi mente y de mis vísceras ha sido atroz. No sé qué significan esas imágenes, pero me han agotado por completo y no seré capaz de describirlas aquí puesto que son indescriptibles. De hecho, no he vislumbrado imágenes, sino una gran emoción, o una luz inmensa.
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Amigo, sigo escribiendo en esta habitación con la estufa encendida, con una ventana a través de la cual se ven las montañas, tan borrosas y lejanas como todo lo que existe en este mundo. Deambulo cada noche por el vestíbulo helado, entre muebles fríos y pesados, miro a través de las ventanas cómo cae la nieve a la luz de alguna farola. Hablo a veces en voz alta mientras hago fuego en la estufa, mientras camino a zancadas junto al largo aparador, trazando con el dedo una línea sobre el polvo que empaña su brillo. Voy al baño —a esa cámara estrecha de techos altos donde la taza del retrete borbotea apagadamente— para contemplarme en el espejo. Paralizada en capas infinitas, transparentes, la imagen de un hombre joven que, en el ocaso luminoso del invierno, mira sus propios ojos en el espejo, tiene algo de anticuado, de legendario, recuerda a una estampa antigua. Estamos paralizados, fascinados, mirándonos a los ojos durante horas muertas, mientras hace cada vez más frío y está cada vez más oscuro. El espejo se empaña, el color café se va extendiendo por su superficie de plata, y le sigue un betún desolado en el que solo brillan tus ojos, Victor. Tus ojos, desmesuradamente abiertos, con unas pupilas que engullen todo el iris y oscurecen el baño helado. Me dirijo a tientas hacia mi pequeña habitación donde la luz azulada, rugiente, del fuego de la estufa, arroja sus rayos sobre las paredes. Me acuesto, me cubro la cabeza con la manta y me hundo, bruscamente, en el sueño.
Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas.
Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.
La punta del lápiz el trazo.
Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí a donde voy.
En la punta del pie el salto.
Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra «tertulia», y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
Es hacia mi pobre nombre adonde voy.
Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa.
En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.
Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente.
¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.
Carlos Morla Lynch: Diarios españoles. Volumen I, 1928-1936
Renacimiento. Sevilla, 2019
Por Inmaculada Lergo Martín
El diplomático e intelectual Carlos Morla Lynch (Santiago de Chile, 1885-Madrid, 1969) llegó a España en noviembre de 1928. Se afincó en Madrid para cubrir el puesto de Primer Secretario de la Embajada de Chile. Venía de París, donde había sido Encargado de Negocios de la Embajada chilena desde finales de 1921. Allí había trabado amistad […]
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)