Lectura. “Lulu”. Mircea Cărtărescu

En “Lulu” (1994, Premio de la Unión de Escritores Rumanos, Premio ASPRO), Cartarescu despliega su versión de la figura del artista adolescente en la persona de Victor, un escritor asocial y torturado que parece sacado de una obra de Proust, y que vive obsesionado por Lulu, uno de sus compañeros de liceo que, disfrazado de mujer y aprovechando la fiesta de clausura de un campamento de verano en 1973, lo fuerza a un contacto sexual. Recluido en una villa de los Cárpatos, y ya convertido en un escritor de éxito, Victor intenta exorcizar a través de la escritura a los monstruos que devoran su alma. El juego del doble —encarnado en Victor, el escritor enfrentado a su «hermana gemela», la niña amputada—, de larga tradición en la literatura moderna, alcanza en “Lulu” una dimensión que hace de esta novela una auténtica obra maestra.

Contraportada de la Ed. Impedimenta


Textos

Mi trabajo, por aquella época, era la soledad. La practicaba por las calles ocres y polvorientas de Bucarest, en sus barrios antiguos, desconocidos para mí hasta entonces. Caminaba todo el tiempo recitando versos en voz alta, espantando a los transeúntes con mis ojos alucinados, con mi cara pálida y asimétrica, con un bozo de pelusilla sobre mis labios cuarteados y mordidos.

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Me aferro ahora, como a una última brizna de esperanza, a la idea de que tal vez consiga curarme a través de la escritura. Es decir, desenmarañar, mientras me queden fuerzas, este ovillo, este manojo de intestinos, este mandala enredado en mi cabeza. Si la escritura es, como dicen, una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta, sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo mismo me vaya vaciando de veneno.

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Dios mío, ¿qué está pasando? Estoy de nuevo ante mi escritorio. Me resulta imposible controlar el pánico, los latidos de mi corazón… Tengo carne de gallina. Escribo temblando, de hecho araño la página, pero debo escribir porque unos destellos dolorosos de los recuerdos que he visto durante todo el día, demasiado rápidos como para poder atrapar de ellos algo más que la pura emoción, se han abierto ahora en mi cerebro —cuando cabeceaba medio dormido— con una violencia insoportable. La reacción de mi mente y de mis vísceras ha sido atroz. No sé qué significan esas imágenes, pero me han agotado por completo y no seré capaz de describirlas aquí puesto que son indescriptibles. De hecho, no he vislumbrado imágenes, sino una gran emoción, o una luz inmensa.

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Amigo, sigo escribiendo en esta habitación con la estufa encendida, con una ventana a través de la cual se ven las montañas, tan borrosas y lejanas como todo lo que existe en este mundo. Deambulo cada noche por el vestíbulo helado, entre muebles fríos y pesados, miro a través de las ventanas cómo cae la nieve a la luz de alguna farola. Hablo a veces en voz alta mientras hago fuego en la estufa, mientras camino a zancadas junto al largo aparador, trazando con el dedo una línea sobre el polvo que empaña su brillo. Voy al baño —a esa cámara estrecha de techos altos donde la taza del retrete borbotea apagadamente— para contemplarme en el espejo. Paralizada en capas infinitas, transparentes, la imagen de un hombre joven que, en el ocaso luminoso del invierno, mira sus propios ojos en el espejo, tiene algo de anticuado, de legendario, recuerda a una estampa antigua. Estamos paralizados, fascinados, mirándonos a los ojos durante horas muertas, mientras hace cada vez más frío y está cada vez más oscuro. El espejo se empaña, el color café se va extendiendo por su superficie de plata, y le sigue un betún desolado en el que solo brillan tus ojos, Victor. Tus ojos, desmesuradamente abiertos, con unas pupilas que engullen todo el iris y oscurecen el baño helado. Me dirijo a tientas hacia mi pequeña habitación donde la luz azulada, rugiente, del fuego de la estufa, arroja sus rayos sobre las paredes. Me acuesto, me cubro la cabeza con la manta y me hundo, bruscamente, en el sueño.

Mircea Cărtărescu
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