Ajenos al ruido mediático y a las redes, los críticos de poesía de El Cultural han seleccionado los cinco mejores libros de poemas del año, caracterizados por el regreso a la esencia, la palabra, la naturaleza y la verdad
Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica.
Hoy cuelga del respaldo de la silla de la cocina donde siempre me siento, cuelga del mismo respaldo de la misma silla donde él solía sentarse.
Me lo pongo al entrar, como él solía, sacudiendo la nieve de sus botas.
Me lo pongo y me siento en la oscuridad. Él no haría esto. Lajas de frío caen desde el hueso de la luna.
Sus leyes eran un secreto. Pero recuerdo el momento en que supe que perdía el juicio dentro de sus leyes.
Estaba de pie en la curva de la entrada cuando lo vi. Llevaba puesto el suéter azul con los botones abrochados hasta el cuello. No sólo porque era una calurosa tarde de julio
sino la mirada en su rostro… como un niño a quien la tía vistió temprano por la mañana antes de un largo viaje
en trenes fríos y venteados andenes sentado muy rígido en la orilla de su asiento mientras las sombras, como largos dedos,
sobre almiares dejados atrás, aún lo estremecen porque él viaja mirando hacia atrás.
Pero sí recuerdo, en cambio, que cuando leí a Sontag por primera vez, como cuando leí por primera vez a Hannah Arendt, a Emily Dickinson o a Pascal, experimentaba cada tanto uno de esos éxtasis repentinos, sutiles y tal vez microquímicos -pequeñas luces centelleando en lo más hondo del tejido cerebral- que ocurren cuando encontramos finalmente las palabras para expresar un sentimiento muy simple que, sin embargo, había permanecido innombrable hasta ese momento. Cuando las palabras de alguien más entran en la conciencia de ese modo, se convierten en pequeñas marcas de luz conceptuales. No es que sean necesariamente iluminadoras. Un cerillo encendido de pronto en un pasillo oscuro, la brasa de un cigarro cuando se fuma en la cama a media noche, los rescoldos en una chimenea que se apaga: ninguna de esas cosas tiene luz propia suficiente como para revelar nada. Tampoco las palabras de otro. Pero a veces una luz, por chica y tenue que sea, puede evidenciar la oscuridad, ese espacio desconocido que rodea, y la ignorancia sin bordes que envuelve todo aquello que creemos saber. Y esa admisión y aceptación de la oscuridad es más valiosa que todo el conocimiento factual que podamos llegar a acumular.
Caseta de la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro. ÁLVARO GARCÍA
Vallejo
Hay libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios. No suelen estar en las primeras líneas de las mesas de novedades
El propósito de la poesía es recordarnos qué difícil es seguir siendo una sola persona, ya que está abierta nuestra casa, no tiene llaves y huéspedes invisibles entran y salen a su antojo.
Estamos cansados, agotados, irritados y atontados. Y, desde un punto de vista cultural, cívico y filosófico, nos sentimos abandonados. Y así se puede pasar toda la vida. Y lo hace. Lo hace.
Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucía Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucía terminó psicótica, murió internada en una clínica suiza en 1962, Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a realizar actividades diversas. Una de las cosas que hacía Lucía era escribir. Joyce la impulsaba a escribir textos y Lucía escribía, pero ella estaba cada vez más en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron que fuera a verlo a Jung. Ellos estaban viviendo en Suiza y Jung había escrito un texto sobre el Ulises. Joyce fue a verlo para plantearle el tema de su hija, y le dijo a Jung: «Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo», porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake, que es un texto totalmente psicótico, si uno lo mira desde esa perspectiva: es totalmente fragmentado, onirizado, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: «Pero allí donde usted nada, ella se ahoga». Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otra manera que así. El arte de la natación En efecto, el psicoanálisis y la literatura tienen mucho que ver con la natación. El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse. Y un artista es aquel que nunca se sabe si va a poder nadar: ha podido nadar antes, pero no sabe si va a poder nadar la próxima vez que entre en el mar.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)