Mark Strand y el puerto oscuro

Mark Strand, en Nueva York en el año 2000.CORBIS

Babelia adelanta un extracto del poemario inédito en español del autor, muerto en 2014, ‘Puerto oscuro’

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Lectura. «Una historia de amor y oscuridad». Amos Oz

Una autobiografía sin victimismo. José María Guelbenzu

Una autobiografía sin victimismo. Este libro es un ejemplo de autobiografía bien narrada, es decir: un recuento de la memoria real ordenado en forma narrativa. Tiene dos partes bien diferenciadas: en la primera, predomina la historia del conjunto de la familia paterna y materna del autor; en la segunda, la familia propia: padre, madre e hijo. Hay un eje sobre el que gira el libro para dar el paso de la una a la otra: la muerte de la madre. Y sobre esta estructura se sobreimprime una segunda que actúa en forma de tirabuzón hacia atrás y hacia delante en el que se mezclan los tiempos de los hechos y de las emociones según las necesidades del relato y que es la que impone el ritmo.

Origen: Una autobiografía sin victimismo | Edición impresa | EL PAÍS


Textos

Mi padre tenía una relación sensual con los libros. Le gustaba tocarlos, escudriñarlos, acariciarlos, olerlos. Le excitaban los libros, no podía contenerse, enseguida les metía mano, incluso a los libros de personas desconocidas. Es cierto que los libros de antes eran mucho más sexys que los de ahora: tenían qué oler y qué acariciar y tocar. Había libros con letras de oro estampadas sobre las aromáticas pastas de piel, algo ásperas al tacto, pero que hacían que te recorriera un escalofrío como cuando se toca algo íntimo e inaccesible, algo que se estremece y tiembla al contacto de tus dedos. Y había libros que tenían tapas de cartón forradas de tela y pegadas con una cola que tenía un olor asombrosamente sensual. Cada libro tenía un olor propio, secreto y excitante. Algunas veces la tela estaba un poco separada del cartón y se movía como una falda atrevida, era difícil evitar mirar por el espacio oscuro que había entre el cuerpo y la ropa y respirar allí aromas de vértigo.


Cuando tenía unos seis años, llegó un gran día para mí: mi padre me hizo un hueco en una de sus vitrinas y me permitió trasladar allí mis libros. Para ser exactos, me cedió unos treinta centímetros, más o menos un cuarto de la superficie del estante más bajo. Abracé todos mis libros, que hasta ese día habían estado tendidos en una banqueta junto a mi cama, los llevé en brazos a la vitrina de mi padre y los puse de pie, como es debido, de espaldas al mundo exterior y de cara a la pared. Fue toda una ceremonia de iniciación: una persona cuyos libros están de pie ya no es un niño, sino un hombre. Yo ya era como mi padre. Mis libros ya estaban de pie.


El estudio del tío Yosef me parecía de niño el santuario de la sabiduría: Más de veinticinco mil volúmenes, me susurró un día mi padre, hay reunidos aquí, en la biblioteca privada del tío, libros antiguos de gran valor, manuscritos de nuestros más grandes escritores y poetas, primeras ediciones dedicadas por los autores, volúmenes sacados con astutas artimañas de la Odesa soviética y traídos aquí por caminos tortuosos, joyas bibliográficas raras y difíciles de encontrar, textos seculares y textos religiosos, casi todos los tesoros de la sabiduría de Israel y lo mejor de la sabiduría de otros pueblos, libros que el tío adquirió en Odesa y otros comprados en Heidelberg, libros que descubrió en Berlín o en Varsovia, libros que pidió a América y libros de los cuales sólo existe otro ejemplar en la biblioteca del Vaticano, hebreo, arameo, sirio, griego antiguo y moderno, sánscrito, latín, árabe medieval, ruso, inglés, alemán, español, polaco, francés, italiano y otros idiomas y dialectos de los que no había oído ni el nombre, como ugarítico, eslovaco, cananeo-maltés y antiguo eslavo eclesiástico. Había algo austero y ascético en aquella biblioteca, en las perfectas líneas negras de las decenas de estanterías que se extendían desde el suelo hasta el techo, incluso sobre los dinteles de puertas y ventanas, un enmudecedor y solemne respeto ante el que no había lugar para la risa ni la ligereza y que nos obligaba a todos, incluso al tío Yosef, a hablar siempre en voz baja. El olor de la gigantesca biblioteca del tío me acompañará durante toda mi vida: el aroma polvoriento y excitante de la secreta sabiduría, el olor de una vida de estudio muda y aislada, una misteriosa vida de monje, un silencio fantasmal que salía de las profundidades de los pozos del pensamiento y la sabiduría, el murmullo de las sílabas muertas, el susurro de las reflexiones secretas de autores desaparecidos, la caricia fría de antiguas autoridades.


El abuelo paseaba una media hora por la calle de los Etíopes, con el sombrero puesto, escuchando el eco de sus pasos y respirando el aire seco de la noche, saturado de pinos y piedra. Cuando volvía se sentaba en su escritorio, bebía un poco, se fumaba un cigarro o dos y escribía en soledad un poema sentimental en ruso. Desde aquel día en que dio un vergonzoso paso en falso y se enamoró de otra en la cubierta de un barco de camino a Nueva York, y la abuela se vio obligada a arrastrarlo a la fuerza al matrimonio, no se le volvió a ocurrir rebelarse: estaba ante su mujer como un siervo ante su ama, y trabajaba para ella con humildad, veneración, respeto, entrega y paciencia infinita. Ella le llamaba Zisia, y en los escasos momentos de profunda ternura, compasión y benevolencia le llamaba Zisel, entonces la cara del abuelo se iluminaba de pronto, como si se le hubieran abierto las puertas del séptimo cielo.


(mi padre decía: «Si robas tu sabiduría de un solo libro, eres muy criticado, eres un plagiador, un ladrón literario. Pero si la robas de diez libros, te llaman investigador, y si lo haces de treinta o cuarenta libros, gran investigador»).


Y en el año 43 o 44, si no antes, ella ya sabía que todos habían sido asesinados allí, junto a Rovno. Algunos habían llegado ya contando cómo los alemanes, los lituanos y los ucranianos, bajo la amenaza de las ametralladoras, habían obligado a toda la ciudad, jóvenes y ancianos incluidos, a dirigirse al bosque de Sosenki: el bosque al que solían ir de excursión en los buenos tiempos, a jugar a los exploradores, a cantar alrededor de una hoguera, a pasar la noche en sacos de dormir al borde del río bajo las estrellas. Y allí, en el bosque de Sosenki, entre ramas, pájaros, setas, grosellas y bayas, los alemanes, en dos días, mataron al borde de las fosas a unas veinticinco mil personas*. Entre ellos estaban casi todos los compañeros de clase de mi madre. Y los padres de sus compañeros y todos los vecinos y todos los conocidos y todos los rivales y adversarios. Entre ellos estaban los terratenientes y los proletarios, los ultraortodoxos, los asimilados y los convertidos al cristianismo, los intermediarios, los recaudadores de impuestos, los cantores de sinagoga y los jefes de comunidad, los matarifes, los vendedores ambulantes y los aguadores, los comunistas y los sionistas, los pensadores, los artistas y los tontos del pueblo, entre ellos había unos cuatro mil recién nacidos.


Una vez, cuando tenía siete u ocho años, mientras íbamos sentados en la penúltima fila del autobús de camino a la clínica o a una zapatería infantil, mi madre me dijo que es cierto que los libros pueden cambiar con los años igual que la personas cambian con el tiempo, pero que la diferencia está en que casi todas las personas al final te abandonan a tu suerte, cuando llega un día en que no obtienen de ti ningún provecho o ningún placer o ningún interés o al menos algún buen sentimiento, mientras que los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y a algunos incluso los abandonas durante muchos años, o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. Te esperan incluso decenas de años. No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado y casi has borrado de tu mente durante muchos años, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces y si aún tienes algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides. Jamás te traiciona.

Amos Oz
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El otro Philip K. Dick. Laura Fernández

Philip K. Dick, en un banco de su casa en Point Reyes Station, en la década de los 60.

Una biografía del autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? indaga en su descenso a los infiernos y su obsesión por ser considerado un escritor serio

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El buen poeta. Joan Margarit

No hay ningún buen poeta que pueda buscar sus poemas fuera de sí mismo. Si yo soy un novelista, yo puedo hacer una novela con tu vida, pero si yo soy un poeta, no puedo hacer un poema con tu vida.

Joan Margarit
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Una lectura del azar. Montero González

Paul Auster. Foto: Cordon Press.

Con el recorrido que trazan los pasos de una persona por la gran ciudad, se van formando letras; invitaciones a la lectura de una historia que da comienzo en Brooklyn, aunque, de momento, su protagonista no lo sepa. Se trata de un escritor que persigue sombras y lo hace envuelto en una piel tan suav

Origen: – Una lectura del azar

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La vida del escritor concienciado. Mircea Cărtărescu

La vida del escritor concienciado y dispuesto a ayudar a la gente no es fácil en ningún sitio. En todas partes la falsificación de la historia, el relativismo de los valores, el racismo y otros tipos de discriminación, el nacionalismo feroz y el fanatismo religioso son los enemigos del intelectual humanista. Las armas de los reaccionarios son siempre las mismas: el descrédito, la difamación, el arrastre por el barro, la mentira, el odio y las acusaciones falsas. Sin embargo, en Rumanía, para poder soportar esos ataques día a día y hora a hora necesitas una capacidad de resistencia casi sobrehumana.

Mircea Cărtărescu

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Cuaderno de poemas. «Lentamente me casé con ella…». Leonard Cohen

Lentamente me casé con ella
Lenta y amargamente me casé con su amor
Me casé con su cuerpo
en el aburrimiento y el gozo
Lentamente fui a ella
Lenta y resentidamente llegué a su cama
Fui a su mesa
por hambre y por hábito
fui a que me dieran de comer
Lentamente me casé con ella
sancionado por nadie
con la bendición de nadie
en nombre de nadie
en medio de advertencias generalizadas
en medio de la burla generalizada
Fui a su fragancia
con las narices distendidas
Fui a su codicia
con semilla para un niño
Años para la llegada
y años en retirada
Lentamente me casé con ella
Lentamente me arrodillé
Y ahora estamos heridos
tan profundamente y tan bien
que nadie puede hacernos daño
excepto la propia Muerte
Y a través de la totalidad del sueño de la Muerte
Me muevo con sus labios
El sueño es una noche

pero eterno es el beso
Y lentamente voy a ella
lentamente nos despojamos
de los ropajes de nuestras dudas
y lentamente nos desposamos

Leonard Cohen
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Cuento: «Una pequeña fábula». Franz Kafka

Una pequeña fábula

¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.

-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato…y se lo comió.

FIN

Franz Kafka

(A través de «Arte y Literatura»)

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«Falso espejo»: La estafa de las redes sociales

La escritora canadiense Jia Tolentino. ELENA MUDD

Babelia ofrece un fragmento de Falso espejo , de la joven ensayista Jia Tolentino, referente del pensamiento millenial en EE UU.

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La experiencia de la lectura. Valeria Luiselli

Pero sí recuerdo, en cambio, que cuando leí a Sontag por primera vez, como cuando leí por primera vez a Hannah Arendt, a Emily Dickinson o a Pascal, experimentaba cada tanto uno de esos éxtasis repentinos, sutiles y tal vez microquímicos -pequeñas luces centelleando en lo más hondo del tejido cerebral- que ocurren cuando encontramos finalmente las palabras para expresar un sentimiento muy simple que, sin embargo, había permanecido innombrable hasta ese momento. Cuando las palabras de alguien más entran en la conciencia de ese modo, se convierten en pequeñas marcas de luz conceptuales. No es que sean necesariamente iluminadoras. Un cerillo encendido de pronto en un pasillo oscuro, la brasa de un cigarro cuando se fuma en la cama a media noche, los rescoldos en una chimenea que se apaga: ninguna de esas cosas tiene luz propia suficiente como para revelar nada. Tampoco las palabras de otro. Pero a veces una luz, por chica y tenue que sea, puede evidenciar la oscuridad, ese espacio desconocido que rodea, y la ignorancia sin bordes que envuelve todo aquello que creemos saber. Y esa admisión y aceptación de la oscuridad es más valiosa que todo el conocimiento factual que podamos llegar a acumular.

Valeria Luiselli
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