Lectura. “Una historia de amor y oscuridad”. Amos Oz

Una autobiografía sin victimismo. José María Guelbenzu

Una autobiografía sin victimismo. Este libro es un ejemplo de autobiografía bien narrada, es decir: un recuento de la memoria real ordenado en forma narrativa. Tiene dos partes bien diferenciadas: en la primera, predomina la historia del conjunto de la familia paterna y materna del autor; en la segunda, la familia propia: padre, madre e hijo. Hay un eje sobre el que gira el libro para dar el paso de la una a la otra: la muerte de la madre. Y sobre esta estructura se sobreimprime una segunda que actúa en forma de tirabuzón hacia atrás y hacia delante en el que se mezclan los tiempos de los hechos y de las emociones según las necesidades del relato y que es la que impone el ritmo.

Origen: Una autobiografía sin victimismo | Edición impresa | EL PAÍS


Textos

Mi padre tenía una relación sensual con los libros. Le gustaba tocarlos, escudriñarlos, acariciarlos, olerlos. Le excitaban los libros, no podía contenerse, enseguida les metía mano, incluso a los libros de personas desconocidas. Es cierto que los libros de antes eran mucho más sexys que los de ahora: tenían qué oler y qué acariciar y tocar. Había libros con letras de oro estampadas sobre las aromáticas pastas de piel, algo ásperas al tacto, pero que hacían que te recorriera un escalofrío como cuando se toca algo íntimo e inaccesible, algo que se estremece y tiembla al contacto de tus dedos. Y había libros que tenían tapas de cartón forradas de tela y pegadas con una cola que tenía un olor asombrosamente sensual. Cada libro tenía un olor propio, secreto y excitante. Algunas veces la tela estaba un poco separada del cartón y se movía como una falda atrevida, era difícil evitar mirar por el espacio oscuro que había entre el cuerpo y la ropa y respirar allí aromas de vértigo.


Cuando tenía unos seis años, llegó un gran día para mí: mi padre me hizo un hueco en una de sus vitrinas y me permitió trasladar allí mis libros. Para ser exactos, me cedió unos treinta centímetros, más o menos un cuarto de la superficie del estante más bajo. Abracé todos mis libros, que hasta ese día habían estado tendidos en una banqueta junto a mi cama, los llevé en brazos a la vitrina de mi padre y los puse de pie, como es debido, de espaldas al mundo exterior y de cara a la pared. Fue toda una ceremonia de iniciación: una persona cuyos libros están de pie ya no es un niño, sino un hombre. Yo ya era como mi padre. Mis libros ya estaban de pie.


El estudio del tío Yosef me parecía de niño el santuario de la sabiduría: Más de veinticinco mil volúmenes, me susurró un día mi padre, hay reunidos aquí, en la biblioteca privada del tío, libros antiguos de gran valor, manuscritos de nuestros más grandes escritores y poetas, primeras ediciones dedicadas por los autores, volúmenes sacados con astutas artimañas de la Odesa soviética y traídos aquí por caminos tortuosos, joyas bibliográficas raras y difíciles de encontrar, textos seculares y textos religiosos, casi todos los tesoros de la sabiduría de Israel y lo mejor de la sabiduría de otros pueblos, libros que el tío adquirió en Odesa y otros comprados en Heidelberg, libros que descubrió en Berlín o en Varsovia, libros que pidió a América y libros de los cuales sólo existe otro ejemplar en la biblioteca del Vaticano, hebreo, arameo, sirio, griego antiguo y moderno, sánscrito, latín, árabe medieval, ruso, inglés, alemán, español, polaco, francés, italiano y otros idiomas y dialectos de los que no había oído ni el nombre, como ugarítico, eslovaco, cananeo-maltés y antiguo eslavo eclesiástico. Había algo austero y ascético en aquella biblioteca, en las perfectas líneas negras de las decenas de estanterías que se extendían desde el suelo hasta el techo, incluso sobre los dinteles de puertas y ventanas, un enmudecedor y solemne respeto ante el que no había lugar para la risa ni la ligereza y que nos obligaba a todos, incluso al tío Yosef, a hablar siempre en voz baja. El olor de la gigantesca biblioteca del tío me acompañará durante toda mi vida: el aroma polvoriento y excitante de la secreta sabiduría, el olor de una vida de estudio muda y aislada, una misteriosa vida de monje, un silencio fantasmal que salía de las profundidades de los pozos del pensamiento y la sabiduría, el murmullo de las sílabas muertas, el susurro de las reflexiones secretas de autores desaparecidos, la caricia fría de antiguas autoridades.


El abuelo paseaba una media hora por la calle de los Etíopes, con el sombrero puesto, escuchando el eco de sus pasos y respirando el aire seco de la noche, saturado de pinos y piedra. Cuando volvía se sentaba en su escritorio, bebía un poco, se fumaba un cigarro o dos y escribía en soledad un poema sentimental en ruso. Desde aquel día en que dio un vergonzoso paso en falso y se enamoró de otra en la cubierta de un barco de camino a Nueva York, y la abuela se vio obligada a arrastrarlo a la fuerza al matrimonio, no se le volvió a ocurrir rebelarse: estaba ante su mujer como un siervo ante su ama, y trabajaba para ella con humildad, veneración, respeto, entrega y paciencia infinita. Ella le llamaba Zisia, y en los escasos momentos de profunda ternura, compasión y benevolencia le llamaba Zisel, entonces la cara del abuelo se iluminaba de pronto, como si se le hubieran abierto las puertas del séptimo cielo.


(mi padre decía: «Si robas tu sabiduría de un solo libro, eres muy criticado, eres un plagiador, un ladrón literario. Pero si la robas de diez libros, te llaman investigador, y si lo haces de treinta o cuarenta libros, gran investigador»).


Y en el año 43 o 44, si no antes, ella ya sabía que todos habían sido asesinados allí, junto a Rovno. Algunos habían llegado ya contando cómo los alemanes, los lituanos y los ucranianos, bajo la amenaza de las ametralladoras, habían obligado a toda la ciudad, jóvenes y ancianos incluidos, a dirigirse al bosque de Sosenki: el bosque al que solían ir de excursión en los buenos tiempos, a jugar a los exploradores, a cantar alrededor de una hoguera, a pasar la noche en sacos de dormir al borde del río bajo las estrellas. Y allí, en el bosque de Sosenki, entre ramas, pájaros, setas, grosellas y bayas, los alemanes, en dos días, mataron al borde de las fosas a unas veinticinco mil personas*. Entre ellos estaban casi todos los compañeros de clase de mi madre. Y los padres de sus compañeros y todos los vecinos y todos los conocidos y todos los rivales y adversarios. Entre ellos estaban los terratenientes y los proletarios, los ultraortodoxos, los asimilados y los convertidos al cristianismo, los intermediarios, los recaudadores de impuestos, los cantores de sinagoga y los jefes de comunidad, los matarifes, los vendedores ambulantes y los aguadores, los comunistas y los sionistas, los pensadores, los artistas y los tontos del pueblo, entre ellos había unos cuatro mil recién nacidos.


Una vez, cuando tenía siete u ocho años, mientras íbamos sentados en la penúltima fila del autobús de camino a la clínica o a una zapatería infantil, mi madre me dijo que es cierto que los libros pueden cambiar con los años igual que la personas cambian con el tiempo, pero que la diferencia está en que casi todas las personas al final te abandonan a tu suerte, cuando llega un día en que no obtienen de ti ningún provecho o ningún placer o ningún interés o al menos algún buen sentimiento, mientras que los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y a algunos incluso los abandonas durante muchos años, o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. Te esperan incluso decenas de años. No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado y casi has borrado de tu mente durante muchos años, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces y si aún tienes algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides. Jamás te traiciona.

Amos Oz
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