Recopilación de textos fotografiados. Emilio Lledó

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Cees Nooteboom: “Los hombres somos incurables”

El escritor holandés, ganador del premio Formentor, añora su Menorca habitual y ha terminado un poemario sobre la pandemia. En esta entrevista confinada recomienda varios libros

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Lectura. «Todo esto existe». Íñigo Redondo

Íñigo Redondo, en la Nave de Motores de Pacífico, en Madrid, el pasado día 9.  B. P.

Íñigo Redondo: ha nacido un autor. Carlos Zanón

El escritor no escatima escalones en la bajada a los infiernos de los personajes de ‘Todo esto existe’, que ofrece diálogos tensados con un dramatismo del que nunca abusa

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Textos

No nos conocemos. Restregamos la vida de los unos contra la de los otros pero no nos conocemos. Cada mañana nos apretujamos en las calles ignorándonos, escuchamos el ruido de nuestras voces, nos olemos, nos mentimos olores para soportar las proximidades excesivas que nos imponemos en los trenes, en los ascensores, en los hospitales, en las iglesias. Nos miramos sin vernos. Nos sonreímos cada día. Y cada día nos desconocemos, nos ignoramos, nos rechazamos, nos olvidamos unos a otros en el instante siguiente a habernos perdido de vista, inmediatamente, con la mayor displicencia, disolviéndonos mutuamente en este paisaje humano, esta multitud de la que apenas sabemos nada ni nos importa, y que a cierta distancia empieza ya a ser solo una prisa, un ritmo en la calle, un roce de gabardinas, una oscilación de hombros, y desde un poco más lejos, un oleaje suave de cabezas, sombreros, paraguas, incluso menos, un color, una bruma, nada.


De este modo empezarán a quedar impresas en esta tierra las primeras huellas humanas. Pisadas de soldados, de guerreros, de hombres cuyo único lenguaje es el acero. Y habrá himnos para recordar cómo esos hombres llegaron a alzarse. Y un día, esos himnos se reunirán por escrito, y así habrá dado comienzo la historia de este lejanísimo pedazo de tierra, no tanto por voluntad de conservar lo que se pierde como por la de dictar lo que debe ser recordado: victorias, conquistadores, reformas, tratados, evangelizaciones, alianzas, batallas. Y mientras se recuerda a los grandes personajes de vida excepcional, se olvida a todos los otros. Así se prescribe lo que fue, lo sucedido, cuando ya solo queda la debilidad de la memoria para defender lo que no necesitó defensa alguna en vida. Una mentira con la que cada generación engañará a las venideras. Una mentira que es hija de la muerte.


El mundo termina prácticamente donde termina la tenue luz de esta mesa, en sus manos dentro de ella, sujetando el vaso, sujetando el cigarro. Más allá el restaurante, con cada mesa iluminada débilmente por su propia lamparita, parece un archipiélago en un océano de oscuridad. El camarero ha dejado la botella. Alexéi no tiene prisa. Permanece en su rincón, en la tenue penumbra del restaurante, viendo entrar y salir a las parejas, los grupos, los tipos solitarios como él. No reconoce los rostros, ni siquiera distingue otra cosa que las siluetas, el movimiento de esas siluetas, su velocidad o su demora en atravesar el salón. La mayor parte del tiempo ni siquiera presta atención a quien entra o sale, o a quien ocupa las mesas a su alrededor. Está distraído en su microcosmos inmediato, en su cenicero, el dibujo del mantel, el pie de la lámpara, el paquete de tabaco, el mechero, sus manos, el vaso que sujetan. No hay nada que pensar más allá de la realidad de esto, la materialidad de este momento, de todos estos objetos en el interior de este instante.


Alexéi ya se ha ido cuando Irina se despierta. El desayuno está en la mesa. Se lo sirve en un tazón y camina por la casa vacía. Tiene toda la casa para ella sola hasta dentro de varias horas, como cada día. Toda la casa para iniciar su labor de arqueología, en busca de restos de la actividad de ayer para intentar entender qué está pasando. Abre las puertas, entra en las habitaciones, en el aire lleno de luz invernal de las habitaciones. Se sienta en el suelo, sobre el rectángulo de sol que entra por la ventana. Apoya la espalda contra algún mueble y echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. La luz del sol le atraviesa la piel de los párpados e inunda el negro de un rojo intenso.


Cada población que atraviesa duerme plácidamente. Ni un alma en las calles. Ni rastro de la multitud que se asomaba esta tarde a ver pasar la caravana de autobuses. Conduce con cautela, para no llamar la atención hasta que vuelve a estar en medio del bosque, en la carretera vacía. Hace muchos kilómetros que siente de nuevo el sabor metálico en la boca, en los dientes. Si hubiese luz seguro que ya se verían los árboles quemados zarandeados por el viento. La sensación de que la muerte está ahí, de que ya ha tomado lo que es suyo, es la que tiene Alexéi al atravesar el silencio dormido de cada población. Recorre cada kilómetro como quien visita a un enfermo terminal que ignora la gravedad de su estado y bromea lleno de esperanza sobre su inminente mejoría en cuanto el tratamiento empiece a surtir efecto. Es consciente de que mañana, o en unas horas, o en un par de días todo este sueño plácido estará lleno de autobuses, de llanto, de urgencia, de mentiras y de miedo. Traga saliva. Se pasa la lengua por los dientes. Siente de nuevo el sabor. La ciudad vuelve a quedar atrás. Acelera.

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Crítica literaria. «Noche y océano», de Raquel Taranilla. Carlos Pardo

Raquel Taranilla, ganadora del premio Biblioteca Breve, el 10 de febrero en Barcelona. CARLES RIBAS

Una gran novela para el fin de una época

‘Noche y océano’, de Raquel Taranilla, premio Biblioteca Breve, es una bomba en el corazón de una cultura inoperante, pero también una obra profundamente liberadora

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Querido librero. Valeria Luiselli

Nunca le he pedido una recomendación a un librero. Revelar mis deseos y expectativas ante un extraño cuya única conexión conmigo es, de manera abstracta, el libro, me resulta demasiado parecido a la confesión católica -a una versión ligeramente más intelectual de ésta-. Querido librero: me gustaría leer una novela sobre la búsqueda banal del deseo concupiscible, que en última instancia le reporta sólo infelicidad a aquellos que lo persiguen, y a todos los que los rodean. Una novela sobre una pareja en donde cada uno intenta deshacerse del otro, y al mismo tiempo intenta, desesperadamente, salvar a la pequeña tribu que han creado juntos, con cuidado, amor y no poco trabajo. Están desesperados y confundidos, querido librero; no los juzgue. Necesito una novela sobre dos personas que simplemente han dejado de entenderse, porque han elegido dejar de entenderse. Que salga un hombre que sabe cómo desenredarle el pelo a su mujer, pero que una mañana decide no hacerlo más, tal vez porque de pronto le interesa el cabello de otra mujer, tal vez porque se ha cansado, sin más. Que salga una mujer que decide irse, bien alejándose poco a poco o bien con un elegante y triste coup de dés. Una novela sobre una mujer que se va antes de perder algo, como la mujer en la novela de Nathalie Léger que estoy leyendo, o como Sontag a sus veintitantos. Una mujer que empieza a enamorarse de desconocidos, probablemente por la simple razón de que son desconocidos. Hay dos amantes que pierden la capacidad de reírse cuando están juntos. Un hombre y una mujer que a veces se odian, y que terminarán por asfixiar el último soplo de inocencia que hay en el otro a menos que algo en su interior los detenga a tiempo. Una novela con una pareja que sólo conversa para volver a escenificar, una otra vez, sus desencuentros pasados, capas y más capas de desencuentros, que forman juntos una piedra enorme de resentimientos. Querido librero, ¿conoce usted el mito de Sísifo? ¿Tiene alguna versión? ¿Algún antídoto? ¿Algún consejo? ¿Una cama que le sobre?

Valeria Luiselli
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Orhan Pamuk: Una plaga entre dos mundos

Visita de Bonaparte a las víctimas de la plaga de Jaffa (1804), de Antoine-Jean Gros. GETTY IMAGES

El Nobel turco, que prepara una novela acerca de la peste de 1901, reflexiona sobre los paralelismos de la actual pandemia con otras del pasado

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Cuento: «Es que somos muy pobres». Juan Rulfo

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

Juan Rulfo
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Sharon Olds, la poeta de las cosas íntimas

Sharon Olds / Archivo

Cuarentena por coronavirus: conocé a Sharon Olds, la poeta de las cosas íntimas – Clarín

La autora es una de las voces más destacadas de la poesía estadounidense contemporánea. Los vínculos familiares, el erotismo y la vida hogareña son ejes rectores de su obra.

Origen: Cuarentena por coronavirus: conocé a Sharon Olds, la poeta de las cosas íntimas – Clarín

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Ventana a YouTube. Andrea Bocelli. «Amazing Grace». Live

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Cuaderno de poemas. «El abismo de la soledad». Yvan Goll

El abismo de la soledad

En tu nuca acaricio el fuego que me quema
En la inscripción mágica de tu frente
Descifro los enigmas de mi soledad

En los flujos contenidos de tus aguamarinas
He hecho un baño secular de inmensidad
Y he perdido el propio peso

Disfruta – cuando muramos un día
Se desplomarán las ruinas de nuestra torre beata y nuestros ángeles
Perderán las alas cayendo en el abismo. «bismo d
e la soledad

Yvan Goll
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