Lectura. “Todo esto existe”. Íñigo Redondo

Íñigo Redondo, en la Nave de Motores de Pacífico, en Madrid, el pasado día 9.  B. P.

Íñigo Redondo: ha nacido un autor. Carlos Zanón

El escritor no escatima escalones en la bajada a los infiernos de los personajes de ‘Todo esto existe’, que ofrece diálogos tensados con un dramatismo del que nunca abusa

Origen: Íñigo Redondo: ha nacido un autor | Babelia | EL PAÍS


Textos

No nos conocemos. Restregamos la vida de los unos contra la de los otros pero no nos conocemos. Cada mañana nos apretujamos en las calles ignorándonos, escuchamos el ruido de nuestras voces, nos olemos, nos mentimos olores para soportar las proximidades excesivas que nos imponemos en los trenes, en los ascensores, en los hospitales, en las iglesias. Nos miramos sin vernos. Nos sonreímos cada día. Y cada día nos desconocemos, nos ignoramos, nos rechazamos, nos olvidamos unos a otros en el instante siguiente a habernos perdido de vista, inmediatamente, con la mayor displicencia, disolviéndonos mutuamente en este paisaje humano, esta multitud de la que apenas sabemos nada ni nos importa, y que a cierta distancia empieza ya a ser solo una prisa, un ritmo en la calle, un roce de gabardinas, una oscilación de hombros, y desde un poco más lejos, un oleaje suave de cabezas, sombreros, paraguas, incluso menos, un color, una bruma, nada.


De este modo empezarán a quedar impresas en esta tierra las primeras huellas humanas. Pisadas de soldados, de guerreros, de hombres cuyo único lenguaje es el acero. Y habrá himnos para recordar cómo esos hombres llegaron a alzarse. Y un día, esos himnos se reunirán por escrito, y así habrá dado comienzo la historia de este lejanísimo pedazo de tierra, no tanto por voluntad de conservar lo que se pierde como por la de dictar lo que debe ser recordado: victorias, conquistadores, reformas, tratados, evangelizaciones, alianzas, batallas. Y mientras se recuerda a los grandes personajes de vida excepcional, se olvida a todos los otros. Así se prescribe lo que fue, lo sucedido, cuando ya solo queda la debilidad de la memoria para defender lo que no necesitó defensa alguna en vida. Una mentira con la que cada generación engañará a las venideras. Una mentira que es hija de la muerte.


El mundo termina prácticamente donde termina la tenue luz de esta mesa, en sus manos dentro de ella, sujetando el vaso, sujetando el cigarro. Más allá el restaurante, con cada mesa iluminada débilmente por su propia lamparita, parece un archipiélago en un océano de oscuridad. El camarero ha dejado la botella. Alexéi no tiene prisa. Permanece en su rincón, en la tenue penumbra del restaurante, viendo entrar y salir a las parejas, los grupos, los tipos solitarios como él. No reconoce los rostros, ni siquiera distingue otra cosa que las siluetas, el movimiento de esas siluetas, su velocidad o su demora en atravesar el salón. La mayor parte del tiempo ni siquiera presta atención a quien entra o sale, o a quien ocupa las mesas a su alrededor. Está distraído en su microcosmos inmediato, en su cenicero, el dibujo del mantel, el pie de la lámpara, el paquete de tabaco, el mechero, sus manos, el vaso que sujetan. No hay nada que pensar más allá de la realidad de esto, la materialidad de este momento, de todos estos objetos en el interior de este instante.


Alexéi ya se ha ido cuando Irina se despierta. El desayuno está en la mesa. Se lo sirve en un tazón y camina por la casa vacía. Tiene toda la casa para ella sola hasta dentro de varias horas, como cada día. Toda la casa para iniciar su labor de arqueología, en busca de restos de la actividad de ayer para intentar entender qué está pasando. Abre las puertas, entra en las habitaciones, en el aire lleno de luz invernal de las habitaciones. Se sienta en el suelo, sobre el rectángulo de sol que entra por la ventana. Apoya la espalda contra algún mueble y echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. La luz del sol le atraviesa la piel de los párpados e inunda el negro de un rojo intenso.


Cada población que atraviesa duerme plácidamente. Ni un alma en las calles. Ni rastro de la multitud que se asomaba esta tarde a ver pasar la caravana de autobuses. Conduce con cautela, para no llamar la atención hasta que vuelve a estar en medio del bosque, en la carretera vacía. Hace muchos kilómetros que siente de nuevo el sabor metálico en la boca, en los dientes. Si hubiese luz seguro que ya se verían los árboles quemados zarandeados por el viento. La sensación de que la muerte está ahí, de que ya ha tomado lo que es suyo, es la que tiene Alexéi al atravesar el silencio dormido de cada población. Recorre cada kilómetro como quien visita a un enfermo terminal que ignora la gravedad de su estado y bromea lleno de esperanza sobre su inminente mejoría en cuanto el tratamiento empiece a surtir efecto. Es consciente de que mañana, o en unas horas, o en un par de días todo este sueño plácido estará lleno de autobuses, de llanto, de urgencia, de mentiras y de miedo. Traga saliva. Se pasa la lengua por los dientes. Siente de nuevo el sabor. La ciudad vuelve a quedar atrás. Acelera.

Esta entrada fue publicada en El oficio de lector, Lecturas recomendadas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s