
Sobre las bellísimas Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar
Origen: Sobre las bellísimas Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar – Cultura Inquieta

Sobre las bellísimas Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar
Origen: Sobre las bellísimas Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar – Cultura Inquieta
Ricardo Menéndez Salmón. Foto: Eva Ervas
Más memoir que novela, y casi tan ensayo como memoir, No entres dócilmente en esa noche quieta es el libro que Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) dedica […]
Origen: Menéndez Salmón, en el nombre del padre | El Cultural
Textos
Porque, salvo en muy puntuales ocasiones, yo he sido y soy una persona con una salud excelente aquejada de monstruosos padecimientos de índole psicosomática. El clima global de mi vida, su metáfora dominante, ha sido la enfermedad. Abducido por una mala salud ajena, esclavizado por un vademécum de prevenciones ante el hecho de estar vivo, culminé la infancia, superé la adolescencia, recorrí la juventud y penetré en la madurez escoltado por una hipocondría severa y una obsesión feroz por los avatares de mi salud. La enfermedad ha sido mi destino. Mi país. Mi bandera.
Es probable que treinta y tres años parezcan un mundo, pero lo cierto es que nunca hablé lo suficiente con mi padre acerca de su enfermedad. Es algo que no me perdono. Y que sucederá de nuevo entre mis hijos y yo a propósito de cualquier tema crucial que debamos tratar. No me hago ilusiones. Las conversaciones importantes no se tienen a tiempo. Eso es algo que sólo sucede en la literatura o en el cine. En la vida real, en la vida espantosa hecha de tedio, facturas y declive, en la vida gozosa hecha de momentos de júbilo, del misterio del mar y de la bondad de ciertos hombres y mujeres, el silencio es la norma. Un silencio educado; un silencio castrante; un silencio que tarde o temprano acabamos por pagar.
Pero también sospecho que la enfermedad de mi padre me reveló, mediante algún proceso aún no del todo transparente, el camino hacia la escritura. Aunque no tengo la certeza de ser escritor gracias a haber crecido en una casa donde la enfermedad se había apropiado de los afectos y de las costumbres, las circunstancias de la enfermedad de mi padre influyeron en el hallazgo de la escritura como mecanismo interrogativo por un lado, una especie de gran informe forense acerca de uno mismo y del mundo, y como proyecto consolador por otro, una de las escasas actividades humanas orientadas a dotar de sentido a ese absurdo que es la existencia. No en vano, estoy convencido de que el escritor es el enfermo por antonomasia, y la literatura, una forma de enfermedad en sí misma.
A los veinte años yo ya vivía en el espléndido impudor de la literatura. Pero ese impudor al que este libro aspira no debe confundirse con orgullo. La escritura, en lo que posee de despojamiento, encierra el virtuosismo del asceta. Hay algo de ciudadela sitiada en cada escritor. Como si fuera el último (a veces el único) conjurado de una cruzada perdida ya desde su enunciado.
Mi vida creativa ha sido un largo merodeo, un deambular, el reclamo de una sangre vagabunda que elude su centro. Y ese centro, ese magma primordial en torno al cual brota un pavoroso chorro de escritura, es la enfermedad de mi padre.
Porque los técnicos del hospital, los cirujanos y los oncólogos, los dueños de la vida y la muerte, estaban más allá de las servidumbres dictadas por el decoro y la paciencia. Ellos no pertenecían a este lado de la ecuación, y lo que comprendí es que, en realidad, cuando operaban no operaban a un hombre o a una mujer, ni siquiera a un cuerpo asexuado. Operaban casos. Y los casos eran moldes, recipientes, formas particulares con las que se llenaba un modelo ideal, denominado en el caso de mi padre cáncer de la cavidad oral, pero que en otros casos se llamarían linfoma de Burkitt o ependimoma infantil. Los técnicos recibían a las familias en cubículos poco aireados, cuyas paredes estaban decoradas con diplomas amarillos por el tiempo y cuyas ventanas estaban cegadas por la palomina. No tenían buen aspecto. Tampoco lo pretendían. Exudaban esa forma de protocolo que exige la negligencia en el trato, una descortesía que no obedece a la falta de respeto, sino a una desatención hacia nada que no sea la extirpación, la erradicación, la mutilación de masas invasoras. Hablaban con palabras incompletas, truncadas, como los políticos cuando maltratan el idioma, y hacían gala de una apatía sospechosa, igual que dispépticos a los que la idea de comer resulta ridícula. No miraban a los ojos cuando evaluaban riesgos o sancionaban dietas. Eran implacables sin necesidad de alzar la voz, y al verlos, no sé por qué, me imaginaba a Franco firmando sentencias de muerte, sin estridencias ni florituras.


Irene Vallejo es doctora en Filología Clásica por las universidades de Zaragoza y Florencia – Ignacio Gil
La escritora zaragozana tardó cuatro años en escribir «El infinito en un junco», y unos meses, y una pandemia de por medio, para convertirse en un éxito. He aquí la fascinante Historia de los libros
Origen: Irene Vallejo: «Sin los libros, nuestras mejores ideas estarían amenazadas por el olvido»
25 de noviembre de 1981
La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente. Es algo que pocas veces me había pasado antes. Después de una infancia satisfecha y sin problemas inmediatos, una adolescencia pobre e introvertida y una juventud empecinada, he llegado a una madurez en la que las cosas y los acontecimientos parecen tener un ritmo más lento, que permite la reflexión. Del mundo del trabajo, con los chicos ya bastante crecidos, he sido devuelta a la libertad de mi casa y de mis días. En el humilde y variado trabajo cotidiano, los pensamientos pueden aflorar, organizarse, clarificarse. El tiempo, antes casi sin dimensiones, reducido a mero presente debido a una vida apresurada, acosada por un turbión de obligaciones, de alegrías robadas y de preocupaciones, ahora se despliega en horas livianas, se dilata y se arrellana, se puebla de resonancias y recuerdos que poco a poco se recomponen en forma de mosaico, emergiendo en pequeños remolinos de un magma indistinto que, durante largos años, se ha ido acumulando en un fondo oscuro y desatendido.

(Marisa Madieri: «Verde agua»)

Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos.

Cuando escribo lo hago en un estado de trance. No tengo un plan previo a la hora de escribir, escribo sin borrador, a la primera.
[…] Es mi forma de tener una doble personalidad. No quiero mezclar mi vida con el hecho de escribir, son universos separados el hombre que escribe y el hombre que vive. Soy escritor sólo cuando escribo, después soy el hombre más común de la Tierra. Cuando escribo, otra persona se calza mi piel, se mete dentro de mí y me posee. Es un animal que se apodera de mí y no tiene límite y siente que puede hacer todo lo que quiera. Yo soy una persona más suave, más calmada, pero el animal que escribe es salvaje.

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.
Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.
Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.
Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.
Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.
Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.
Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.
Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.
Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.
Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.
Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.

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