Lectura: “No entres dócilmente en esa noche”. Ricardo Menéndez Salmón

Ricardo Menéndez Salmón. Foto: Eva Ervas

Más memoir que novela, y casi tan ensayo como memoir, No entres dócilmente en esa noche quieta es el libro que Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) dedica […]

Origen: Menéndez Salmón, en el nombre del padre | El Cultural


Textos

Porque, salvo en muy puntuales ocasiones, yo he sido y soy una persona con una salud excelente aquejada de monstruosos padecimientos de índole psicosomática. El clima global de mi vida, su metáfora dominante, ha sido la enfermedad. Abducido por una mala salud ajena, esclavizado por un vademécum de prevenciones ante el hecho de estar vivo, culminé la infancia, superé la adolescencia, recorrí la juventud y penetré en la madurez escoltado por una hipocondría severa y una obsesión feroz por los avatares de mi salud. La enfermedad ha sido mi destino. Mi país. Mi bandera.


Es probable que treinta y tres años parezcan un mundo, pero lo cierto es que nunca hablé lo suficiente con mi padre acerca de su enfermedad. Es algo que no me perdono. Y que sucederá de nuevo entre mis hijos y yo a propósito de cualquier tema crucial que debamos tratar. No me hago ilusiones. Las conversaciones importantes no se tienen a tiempo. Eso es algo que sólo sucede en la literatura o en el cine. En la vida real, en la vida espantosa hecha de tedio, facturas y declive, en la vida gozosa hecha de momentos de júbilo, del misterio del mar y de la bondad de ciertos hombres y mujeres, el silencio es la norma. Un silencio educado; un silencio castrante; un silencio que tarde o temprano acabamos por pagar.


Pero también sospecho que la enfermedad de mi padre me reveló, mediante algún proceso aún no del todo transparente, el camino hacia la escritura. Aunque no tengo la certeza de ser escritor gracias a haber crecido en una casa donde la enfermedad se había apropiado de los afectos y de las costumbres, las circunstancias de la enfermedad de mi padre influyeron en el hallazgo de la escritura como mecanismo interrogativo por un lado, una especie de gran informe forense acerca de uno mismo y del mundo, y como proyecto consolador por otro, una de las escasas actividades humanas orientadas a dotar de sentido a ese absurdo que es la existencia. No en vano, estoy convencido de que el escritor es el enfermo por antonomasia, y la literatura, una forma de enfermedad en sí misma.


A los veinte años yo ya vivía en el espléndido impudor de la literatura. Pero ese impudor al que este libro aspira no debe confundirse con orgullo. La escritura, en lo que posee de despojamiento, encierra el virtuosismo del asceta. Hay algo de ciudadela sitiada en cada escritor. Como si fuera el último (a veces el único) conjurado de una cruzada perdida ya desde su enunciado.


Mi vida creativa ha sido un largo merodeo, un deambular, el reclamo de una sangre vagabunda que elude su centro. Y ese centro, ese magma primordial en torno al cual brota un pavoroso chorro de escritura, es la enfermedad de mi padre.


Porque los técnicos del hospital, los cirujanos y los oncólogos, los dueños de la vida y la muerte, estaban más allá de las servidumbres dictadas por el decoro y la paciencia. Ellos no pertenecían a este lado de la ecuación, y lo que comprendí es que, en realidad, cuando operaban no operaban a un hombre o a una mujer, ni siquiera a un cuerpo asexuado. Operaban casos. Y los casos eran moldes, recipientes, formas particulares con las que se llenaba un modelo ideal, denominado en el caso de mi padre cáncer de la cavidad oral, pero que en otros casos se llamarían linfoma de Burkitt o ependimoma infantil. Los técnicos recibían a las familias en cubículos poco aireados, cuyas paredes estaban decoradas con diplomas amarillos por el tiempo y cuyas ventanas estaban cegadas por la palomina. No tenían buen aspecto. Tampoco lo pretendían. Exudaban esa forma de protocolo que exige la negligencia en el trato, una descortesía que no obedece a la falta de respeto, sino a una desatención hacia nada que no sea la extirpación, la erradicación, la mutilación de masas invasoras. Hablaban con palabras incompletas, truncadas, como los políticos cuando maltratan el idioma, y hacían gala de una apatía sospechosa, igual que dispépticos a los que la idea de comer resulta ridícula. No miraban a los ojos cuando evaluaban riesgos o sancionaban dietas. Eran implacables sin necesidad de alzar la voz, y al verlos, no sé por qué, me imaginaba a Franco firmando sentencias de muerte, sin estridencias ni florituras.


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