Escribe, no hagas nada más. Marguerite Duras

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado.

Marguerite Duras


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Descarga: El Poeta & otros ensayos | Ralph Waldo Emerson (Colección Ortodoxia)

Frente a la coyuntura del COVID-19 Buenos Aires Poetry liberará sus libros. En el siguiente LINK podés leer y descargar El Poeta & otros ensayos | Ralph Waldo Emerson (Coleccción Ortodoxia). El…

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Lectura: «Ninguno de nosotros volverá». Charlotte Delbo

La noche no se acaba en Auschwitz

La francesa Charlotte Delbo recuerda en «Ninguno de nosotros volverá» cómo sobrevivió al terror del campo de concentración

Origen: La noche no se acaba en Auschwitz


Textos

Y cuando les gritan que se coloquen en filas de cinco, hombres a un lado, mujeres y niños a otro, en una lengua que no comprenden, comprenden los bastonazos y se colocan en filas de cinco puesto que se esperan cualquier cosa. Las madres aprietan a los niños contra ellas —temblando al pensar que se los puedan quitar— porque los niños tienen hambre y sed y están agotados por el insomnio a través de tantos países. Por fin han llegado, podrán ocuparse de ellos. Y cuando les gritan que dejen los paquetes, los edredones y los recuerdos en el andén, ellos los dejan porque deben esperarse cualquier cosa y no quieren sorprenderse de nada. Dicen «ya veremos», han visto ya de todo y están cansados del viaje. La estación no es una estación. Es el final de una vía. Observan, y les impresiona la desolación en derredor.


La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga sobre el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde.


Han pasado las SS con sus capas negras. Nos han contado. Todavía estamos esperando. Esperamos. Desde hace días, el día siguiente. Desde la víspera, el día después. Desde el corazón de la noche, hoy. Esperamos. El alba se anuncia en el cielo. Esperamos el alba porque algo hay que esperar. No esperamos la muerte. Nos la esperamos. No esperamos nada. Esperamos lo que acontece. La noche porque sigue al día. El día porque sigue a la noche. Esperamos el final del recuento. El final del recuento es un toque de silbato que hace girar a cada una sobre sí misma en dirección a la puerta. Las filas inmóviles se transforman en filas preparadas para ponerse en marcha. En marcha hacia las ciénagas, hacia los ladrillos, hacia las zanjas.


Marie. Su padre, su madre, sus hermanos y sus hermanas fueron gaseados nada más llegar. Los padres eran demasiado viejos, los niños demasiado jóvenes. Dice: «Mi hermana pequeña era muy guapa. No podéis imaginar lo guapa que era. No debieron de mirarla. Si la hubieran mirado, no la habrían matado. No habrían podido».


Todas las mujeres estábamos sentadas en el polvo de fango seco formando un rebaño miserable que recordaba a un enjambre de moscas sobre el estiércol. Seguramente debido al olor. El olor era tan denso y tan fétido que parecía que respirásemos no aire sino un fluido diferente, más espeso y viscoso, que envolvía y aislaba esa parte de la tierra en una atmósfera sobreañadida donde solo podían moverse criaturas adaptadas. Nosotras.


Diréis que al ser humano puede arrebatársele todo salvo la facultad de pensar e imaginar. No sabéis nada. Se puede convertir a un ser humano en un esqueleto que gorgotea diarrea, quitarle el tiempo para pensar, la fuerza para pensar. Lo imaginario es el primer lujo del cuerpo que recibe suficiente alimento, goza de una franja de tiempo libre, dispone de rudimentos para fabricar sus sueños. En Auschwitz, no se soñaba, se deliraba.


No obstante, objetaréis, ¿acaso no contaba cada cual con su bagaje de recuerdos? No. El pasado no suponía socorro alguno, recurso alguno. Se había vuelto irreal, increíble. Todo lo que había sido nuestra existencia de antes se desvanecía. Hablar era la única evasión, nuestro delirio. ¿De qué hablábamos? De cosas materiales y comestibles, o realizables. Había que apartar todo lo que suscitaba dolor o añoranza. No hablábamos de amor.

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Juan Marsé, el narrador salvajemente feliz

Juan Marsé

Marsé ha sido, probablemente, el más “novelista” de los novelistas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Su imaginario negro, cinematográfico, aventurero, descreído y tierno cuajó en varias novelas sensacionales

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Juan Marsé: Mi primera vez. Javier Rodríguez Márcos

Marsé obró el milagro de convertir en lectores a media docena de muchachos que vivían a mil kilómetros del Guinardó

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«Lolita» y Nabokov. Héctor Abad Faciolince

En pleno escándalo moralista por la aparición de Lolita en Estados Unidos, Groucho Marx declaró: «Voy a leer Lolita dentro de seis años, cuando la niña cumpla los dieciocho». El buen lector debe tener, para Nabokov, «pasión de artista y paciencia de científico». El exceso de entusiasmo debe ser templado por cierta frialdad de entomólogo que se detiene en los detalles que aparentemente no tienen importancia, pero que son, en realidad, lo que diferencia un relato soso de una obra maestra. Tal vez Lolita gusta por motivos equivocados, o gusta y es conocida, sin haber sido leída, por el tema escabroso, y no por sus detalles geniales. «Lolita es mucho más célebre que yo», decía también Nabokov. Al padre de Nabokov lo mataron por defender a un conferencista con quien no estaba de acuerdo. Es de la cofradía de los escritores de padres asesinados. Alfonso Reyes, Rulfo…

Héctor Abad Faciolince

(Leído en «Lo que fue presente». Héctor Abad Faciolince)

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Cuaderno de poemas. «No habrá paz». W. H. Auden

Aunque el cielo clemente y despejado
sonríe de nuevo en la orilla de tu estima
y sus colores vuelven, la tormenta te ha cambiado:
Nunca olvidarás
la oscuridad borrando la esperanza, el vendaval
augurando tu caída.

Debes vivir con lo que sabes.
Años atrás, más allá de ti, fuera de ti hay otros,
de los que nunca oíste en ausencias sin luna,
quienes por cierto han oído de ti,
seres de género y número desconocidos:
y no les gustas.

¿Qué les hiciste?
¿nada? nada no es una respuesta:
llegarás a creer – ¿cómo puedes evitarlo?
que lo hiciste, que les hiciste algo,
te encontrarás deseando hacerlos reír,
ansiarás su amistad.

No habrá paz.
Contraataca, entonces, con todo el valor que tengas
y con cada cobarde estratagema que conozcas,
con la conciencia tranquila de que:
su causa, si tuvieron una, no les importa ahora en absoluto;
Ellos odian por odiar.

W. H. Auden
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Ventana a YouTube. Soneto de Quevedo. El Brujo

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Little Free Library, ya hay más de 100 000 pequeñas bibliotecas repartidas por el mundo

Little Free Library ha alcanzado la cifra de 100 000 minibibliotecas con las que compartir libros de manera gratuita y desinteresada entre la vecindad.

Origen: Little Free Library, ya hay más de 100 000 pequeñas bibliotecas repartidas por el mundo

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CLVIII

Biblioteca de la Universidad de Tecnología de Brandemburgo, Cottbus, Alemania

Biblioteca de la Universidad de Toronto, Canadá
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Cuento: «El loco». Gibrán Jalil Gibrán

En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado.

Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:

-¿Por qué estás aquí?

Me miró asombrado y respondió:

-Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.

Enseguida se volvió hacia mí y dijo:

-Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?

-No, soy un visitante -respondí.

-Oh -añadió él- tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.

FIN

Gibrán Jalil Gibrán

(A través de «Arte y Literatura»)

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