Fin de temporada, la novela con la que Ignacio Martínez de Pisón se reencuentra con los lectores, nació de una mezcla entre una historia real y la curiosidad del autor. “Un amigo me contó
¿Hago bien en contar historias? ¿No sería mejor que me sujetara la mente con un clip, tirara de las riendas y me expresara no con historias sino con la linealidad de una conferencia, donde frase a frase se va perfilando una única idea y en los párrafos ulteriores se la hilvana con otras? Podría usar citas y notas a pie de página, con un orden de puntos o capítulos podría exponer paso a paso mi razonamiento consecuente de quod erat demonstrandum; verificaría la hipótesis previamente formulada y al final sacaría conclusiones, como se sacan las sábanas tras la noche de bodas a la vista de la gente. Sería dueña de mi propio texto y podría cobrarlo sin trampa ni cartón. Pero no, consiento en desempeñar el papel de comadrona o de jardinera cuyo mérito, como máximo, radica en sembrar para luego combatir tediosamente las malas hierbas. El relato tiene su inercia, una inercia que nunca se puede controlar del todo. Exige personas como yo: inseguras de sí mismas, indecisas, fáciles de enredar. Ingenuas.
Todo el que ha participado en conversaciones sobre la poesía, lo poético, habrá tenido la experiencia de que tales conversaciones normalmente no tienen fin. En ese no querer terminar se manifiesta, así lo creo, un rasgo esencial de lo poético: su pretensión de infinitud. Una pretensión que aparte de su imposibilidad de realización, repetidamente experimentada y tenida en cuenta, siempre se abriga de nuevo.
La libertad no es un estado sino un proceso; sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe. Sólo la cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamientos. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.
En ‘La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres’, Siri Hustvedt reflexiona sobre las razones del desprecio que sienten gran parte de los hombres por la literatura escrita por mujeres.
Hay gente que, sin pensarlo dos veces, lanza a los escritores, o al menos a los poetas, la pregunta: «¿Para quién escribe usted?». La pregunta es tonta, pero puede dársele una respuesta igualmente tonta. De vez en cuando me topo con un libro que se me figura que ha sido escrito especialmente para mí. Como un amante celoso, quiero que nadie más oiga hablar de él. Tener un millón de lectores así, desapercibidos unos de los otros; ser leído con pasión, evitando cualquier comentario es, sin duda, el sueño de todo escritor.
Es domingo y no tengo nada que hacer. Ni siquiera tengo ganas de soñar, por lo hermoso que es el día. Lo saboreo con una sinceridad de los sentidos a los que se abandona el intelecto. Caminé como un vendedor. Me siento viejo solo por el placer de sentirme joven.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)