La Casa-Museo Pessoa muestra la biblioteca privada del enigmático escritor portugués

La Casa-Museo de Pessoa abre tras una remodelación y la entrada es gratuita durante el mes de septiembre – F. CHACÓN

El edificio reabre sus puertas y exhibe los libros que fascinaron al autor del «Libro del desasosiego»: de Séneca y Rosalía Castro a Walt Whitman o la historia de la masonería francesa

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Álbum de librerías incompleto. 155

“Battery Park Book Exchange”, librería de segunda mano y bar-vinoteca, en Asheville, Estados Unidos.
Librería Semillera. Madrid
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Publicar bajo seudónimo, ¿necesidad o márketing?. Eloy Tizón

Eloy Tizón

Tras siglos en los que muchas escritoras se vieron obligadas a publicar bajo seudónimos masculinos, el éxito de Elena Ferrante ha incitado a muchas a embozarse tras nombres supuestos, pero ¿es sólo cuestión de marketing?

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Franz Kafka, «Cartero de muñecas»

Aunque la historia es conocida, merece ser recordada: en 1923, un día en que el escritor Franz Kafka paseaba junto a su novia Dora Diamant por el parque Steglitz de Berlín, se encontró por casualidad con una niña que lloraba desconsoladamente porque había extraviado su muñeca. Para consolarla, al escritor se le ocurrió decirle que su muñeca no se había extraviado, sino que se había marchado de viaje.

Improvisó que lo sabía porque él, Kafka, había recibido una carta de la propia muñeca, que se había olvidado en casa. Le prometió a la niña entregársela al día siguiente.

Kafka cumplió su promesa. Al día siguiente le llevó a la niña del parque la carta escrita a mano por su muñeca. A partir de entonces, y durante unas tres semanas, el escritor se convirtió de repente en «cartero de muñecas», entregándole cada día a la niña una carta nueva, enviada desde diferentes ciudades europeas por su muñeca viajera, que el autor de La metamorfosis le leía en voz alta en el parque.

Según cuenta Dora Diamant, su pareja de entonces, Kafka se tomó esta actividad tan en serio como cualquiera de sus ficciones, poniendo en estas cartas lo mejor de sí mismo y dedicando a su escritura una parte significativa de su energía, ya menguante: «Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal».

Aunque el contenido de esas cartas se ha perdido, sabemos por Dora que en sus viajes por el mundo la muñeca nómada encontró novio, se comprometió, contrajo matrimonio, por lo que en su última carta la muñeca se despedía de la niña diciéndole que «tú misma comprenderás que en el futuro tendremos que renunciar a volver a vernos”

Franz Kafka

(Leído en “Herido leve. Treinta años de memoria lectora.”, de Eloy Tizón.)

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Walter Kempowski: «Todo en vano». José María Guelbenzu

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El deseo de escribir. Leila Guerriero

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Leonardo Padura: “Cuando estoy acabando de escribir una novela siento que voy a morir”

Cuándo acaba una novela, ¿lo celebra?

Desde hace años me pasa algo que es muy raro, preocupante y traumático. Tengo la sensación de que, cuando estoy acercándome al momento en que voy a terminar la novela y se la voy a enviar al editor, siento que se me crea una sensación de vacío. E incluso siento a veces que al acabar la novela me voy a morir. Y lo digo con toda sinceridad, porque está muriendo una etapa de vida que ha durado dos, tres, cuatro años. El momento de júbilo es cuando me llega el ejemplar del libro a casa.

Leonardo Padura
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«Me acuerdo» II. Georges Perec

Me acuerdo de que en El libro de la selva, Bagheera era la pantera, Mowgli, el muchacho, y los Bandarlogs, los monos (pero ¿cómo se llamaban el oso y la serpiente?).

Me acuerdo de un queso que se llamaba «La Vaca Seria» («La Vaca que Ríe» los llevó a juicio y ganó).

Me acuerdo de un actor mexicano que se llamaba Cantinflas (creo que era él quien hacía de Passepartout en La vuelta al mundo en ochenta días).

Me acuerdo de que Boris Vian falleció a la salida de la proyección de una película basada en su libro Escupiré sobre vuestra tumba.

Me acuerdo de que a Stendhal le gustaban las espinacas.

Georges Perec

(A través de Isaías Garde)

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Annie Ernaux: «Una mujer». Marta Sanz

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Lectura: ‘A contraluz’. Rachel Cusk

Crítica de ‘A contraluz’ de Rachel Cusk: El mundo concreto

Rachel Cusk narra en A contraluz el viaje a Atenas de una escritora y depositaria de historias de amor y desamor

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Textos

No sé a ti, me dijo Ryan, pero a mí no me queda tiempo para escribir, entre la familia y las clases. Las clases sobre todo; son las clases lo que te chupa la energía. Y cuando tengo una semana para mí, la paso dando cursos extra, como este, por dinero. Si hay que elegir entre pagar la hipoteca y escribir un cuento que solo verá la luz del día en alguna pequeñísima revista literaria… Sé que para algunas personas es como una necesidad, o eso dicen, pero a muchas otras, creo yo, lo que les gusta es esa vida, les gusta decir que eso es lo que son, escritores. No estoy diciendo que a mí no me guste ser escritor, pero tampoco lo considero mi razón de ser. Para serte totalmente sincero, casi preferiría escribir una novela de misterio. Ir donde está el dinero de verdad…


Su matrimonio, eso lo veía ahora, siempre se había guiado por el principio de progreso a la hora de adquirir viviendas, posesiones o coches, en la búsqueda de un estatus social más alto, de más viajes o de un círculo de amistades más amplio. Incluso la producción de hijos parecía una parada más en ese viaje desquiciado; e, inevitablemente, eso lo entendía ahora, en cuanto ya no hubo más cosas que sumar o que mejorar, más metas que lograr o etapas que superar, el viaje pareció haber llegado a su fin, y su mujer y él se vieron acosados por una inmensa sensación de futilidad y por algún achaque, que, en realidad, no era más que la sensación de quietud después de un movimiento excesivo —como la que sienten los marineros cuando, tras una travesía demasiado larga, ponen pie en tierra firme—, pero que para ellos dos supuso el fin del amor.


—Llevo tiempo preguntándome por qué me siento tan atraído por ti —dijo. Su tono era tan trascendente que no pude reprimir una carcajada. Aquello lo confundió y lo dejó algo perplejo, por lo visto, pero aun así se acercó hacia mí; salió de la sombra al sol, lenta pero inexorablemente, cual criatura prehistórica emergiendo de su cueva. Se agachó, rodeó con torpeza la nevera portátil que yo tenía a mis pies y, de lado, fue a abrazarme pasándome un brazo por los hombros mientras trataba de que su cara tocara la mía. Me llegaba el olor de su aliento y sus pobladas cejas grises me rascaban la piel. El enorme pico que tenía por nariz asomaba imponente a un extremo de mi campo visual, sus manos como garras, con su pelo blanco, me sobaban los hombros; por unos instantes me sentí envuelta en su grisura y su aridez, como si la criatura prehistórica estuviera estrechándome entre sus secas alas de murciélago. Noté que su escamosa boca erraba el blanco y, a ciegas, se desviaba hacia mi mejilla. El trance lo pasé rígidamente inmóvil, con la vista al frente, clavada en el timón, hasta que por fin se apartó y regresó a la sombra.


Me preguntó cuánto tiempo llevaba allí, cómo eran los estudiantes y si ya había estado en Atenas. No estaba muy segura de cómo iría lo de la barrera lingüística: escribir en un idioma que no era el tuyo se le hacía extraño. Ver a la gente obligada a utilizar el inglés casi te hacía sentir culpable, pensar en esa parte de ellos que perdían con la traducción, como quien, expulsado de su hogar, debe llevarse solo lo imprescindible. Sin embargo, en esa imagen, llena como estaba de posibilidades de reinvención, también había cierta pureza que la atraía. Liberarse del desorden, mental y verbal, es, en cierto modo, una idea atractiva; hasta que te acuerdas de que necesitas algo que ya no tienes. Ella, por ejemplo, era incapaz de hacer chistes cuando hablaba en otro idioma: en inglés era una persona bastante graciosa, pero en español, por ejemplo —idioma que había llegado a hablar muy bien—, no lo era en absoluto. Conque no era, imaginaba ella, una cuestión tanto de traducción como de adaptación. La personalidad debía adaptarse a las nuevas circunstancias lingüísticas para crearse de nuevo: esta era una reflexión interesante.

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