Tenía versos escritos en los dedos y en la palma de la mano, poemas escritos con tinta en el pijama y en las sábanas. Asustado, me dirigía al espejo del baño, donde podía verme de cuerpo entero: tenía poemas escritos con una aguja en lo blanco del ojo y poemas escritos en la frente. Tenía la piel minuciosamente tatuada con una escritura a mano que solo yo podía interpretar.
Eloy Sánchez Rosillo, en Murcia, 25 de octubre de 2020. Fotografía de Juan Marqués
Siempre que nos encontramos ante la grata oportunidad de escribir sobre la poesía de Eloy Sánchez Rosillo nos vemos también ante la paradoja de tener que escribir sobre algo sobre lo que no se puede (o casi no se debe) decir nada: la poesía de Sánchez Rosillo no se puede explicar ni comentar, sólo se […]
Nabokov era muy agudo. Una vez hablé con él durante casi una hora en albar del hotel donde residía en Montreal. Era invierno; Montreaux, un lugar no precisamente alegre, parecía desierto, igual que el viejo gran hotel. No había nadie más en el bar, Nabokov y Vera, su mujer, vestida con un traje de chaqueta azul de Rodier. La noche anterior el comedor también había estado casi vacío, con varios camareros de chaqueta blanca allí plantados, inmóviles. En el bar, Nabokov se mostró cauteloso, imponente, correcto. Hizo algunos comentarios graciosos, pero su mujer no se inmutó.
¿Ves?, dijo. Nunca se ríe, esta casada con el mayor payaso de Europa, pero nunca se ríe.
Por azar, años después, conocí a un hombre -un matemático, creo- que había compartido despacho con Nabokov en Cornell.
¿De qué hablabais?, le pregunté.
Ah, él hablaba de cosas que leía en National Enquirer. Lo compraba todos los días. Y le gustaba hablar del tiempo.
¿Del tiempo? ¿En qué sentido?
Giraba la muñeca y decía: «Si la vista no me falla, son las ocho y veintiséis. ¿Qué hora tiene usted?»
I Un niño de unos cinco años que ha perdido a su madre entre la muchedumbre de una feria se acerca a un agente de la policía y le pregunta: “¿No ha visto usted a una señora que anda sin un niño como yo?”
II Mary Jo, de dos años de edad, está aprendiendo a jugar en tinieblas, después de que sus padres, el señor y la señora May, se vieron obligados a escoger entre la vida de la pequeña o que quedara ciega para el resto de su vida. A la pequeña Mary Jo le sacaron ambos ojos en la Clínica Mayo, después de que seis eminentes especialistas dieron su diagnóstico: retinoblastoma. A los cuatro días después de operada, la pequeña dijo: “Mamá, no puedo despertarme… No puedo despertarme”.
III Es el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde un décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
IV Dos exploradores lograron refugiarse en una cabaña abandonada, después de haber vivido tres angustiosos días extraviados en la nieve. Al cabo de otros tres días, uno de ellos murió. El sobreviviente excavó una fosa en la nieve, a unos cien metros de la cabaña, y sepultó el cadáver. Al día siguiente, sin embargo, al despertar de su primer sueño apacible, lo encontró otra vez dentro de la casa, muerto y petrificado por el hielo, pero sentado como un visitante formal frente a su cama. Lo sepultó de nuevo, tal vez en una tumba más distante, pero al despertar al día siguiente volvió a encontrarlo sentado frente a su cama. Entonces perdió la razón. Por el diario que había llevado hasta entonces se pudo conocer la verdad de su historia. Entre las muchas explicaciones que trataron de darse al enigma, una parecía ser la más verosímil: el sobreviviente se había sentido tan afectado por su soledad que él mismo desenterraba dormido el cadáver que enterraba despierto.
V El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que solo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:
-Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.
De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiere aguantar más.
Pablo Martín Sánchez, escritor y traductor, es una voz muy personal de la narrativa española. Ainhoa Gomà.
Hay en Pablo Martín Sánchez una vitalidad que se impregna a sus libros, una intelectualidad jovial que le garantiza en su literatura una juventud eterna, incluso cuando redacta sus memorias a los 89 años. Él ha llegado a esa edad, al menos en esta novela en la que en el año 2108, no tan lejano […]
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)