1 Donde más digo menos digo. Y si porfio sin cambiar de elán o polo o centro enrosco ablando borro lo ya dicho. Por qué decir es un rayo y su sombra.
2 Tengo una herida siempre verde que reconoce el filo del nombre oculto en la neblina.
3 Cuando recibo una palabra inesperada la retengo y vigilo sus diferentes porvenires hasta que alguno de ellos de pronto se recuerda se incorpora y no hay palabra ya sino un gran viento que me empuña.
4 Quisiera ensayar el paso de lis del fuego que sube al espíritu.
5 Persiguiéndome por los ríos espero alcanzarme en el mar y encontrar en mi infancia un dios irresistible un sonido que abra y cierre los otros como un nocturno barco surcando un arpa.
6 Quisiera decir la pasión aterradora del universo en la noche, su ardiente abrazo que abandona.
En ‘Todo en vano’, que aparece en España de la mano de Libros del Asteroide, Walter Kempowski retrata el silencio y la perplejidad del pueblo germano en la caída del Tercer Reich
En la carretera nunca sucedía gran cosa, una bicicleta, el camión de la leche dos veces al día y el ómnibus a Mitkau. Y de vez en cuando un coche que pasaba a gran velocidad. Últimamente se dejaba ver algún que otro carro de campesinos que iban hacia el oeste. A la tiíta le había llamado la atención que en los últimos días el tráfico había aumentado. ¿No habría que reparar el portón? A veces pasaba un coche tras otro, todos cargados de enseres hasta los topes. También se veían peatones sueltos, figuras extrañas que venían de quién sabe dónde y se dirigían a quién sabe dónde.
También Peter había oído la alarma aérea en Mitkau y las cuatro detonaciones, una, dos, tres, cuatro. Y los tanques que iban por la carretera en dirección al este. ¡La casa temblaba! Pasaron uno detrás de otro. Grandes sombras negras con chispas en el tubo de escape, el traqueteo de las cadenas, el gemido de los motores. Durante el día no era posible verlos, y ahora solo se distinguían sus siluetas.
En 1939 había vivido la invasión de Polonia por los rusos, los sóviets lo habían capturado con intención de deportarlo. Una vecina lo había traicionado, había señalado sin decir palabra la puerta del sótano: ahí hay un soldado polaco. Pero en el último momento había logrado escaparse. Y entonces había ido a caer en manos de los alemanes. Salieron a su encuentro en una moto y se lo llevaron al campo de prisioneros más próximo. A Vladímir le hubiera gustado contar que los rusos habían metido en una fosa a sus compañeros y los habían fusilado. Pero se guardaba la historia para sí.
Aquella misma noche, todo estalló en el este. ¡Un tronar incesante al otro lado del horizonte y el cielo iluminado! Aquello era distinto del bombardeo de Königsberg. En aquella ocasión, se podían oír a lo lejos los impactos aislados de algunas bombas. Esto era un rugir constante, que se oía incluso cuando uno se tapaba las orejas. No había duda de que estaban disparando desde mil cañones, no había duda: ahora iba en serio. En la radio dijeron que la ofensiva del Ejército Rojo, esperada desde hacía mucho tiempo, había empezado. Pero ninguna de aquellas bestias infrahumanas procedentes del este pisaría nunca suelo alemán, dijo el comentarista con voz firme, ¡de eso podían estar seguros! Y también habló de Dios. Pero, por encima de aquellas palabras de consuelo y calma, en mitad de ellas, se oyó una fea risa que llegaba de alguna parte: «¡Poneos a resguardo, mujeres y chicas alemanas, ahora os vamos a ajustar las cuentas!», graznó una voz.
Trotaban lentamente bajo el gris manto de nieve, el percherón se había hartado de avena y ahora era casi incontrolable, pero no se podía adelantar a la fila de carros, uno detrás del otro. Era un enigma por qué iban tan lentos. Al borde de la carretera había muertos, algunos se apoyaban rígidos contra un árbol del camino; ancianos que no habían podido seguir, y niños pequeños.
Entonces pasó un avión solitario, lentamente, a lo largo de la carretera, sobrevolando la caravana. Alabeó y arrojó bombas sobre la columna de carros, se pudo ver cómo descendían las bombas. Una de ellas cayó junto al pequeño coche con la tiíta y Peter, que dormía profundamente. El percherón se encabritó con un relincho y cayó sobre la lanza del carro, y lo que quedaba del animal se estiró. El coche volcó, y Peter quedó tendido al raso.
Unas doscientas personas, mayores y pequeños, esperaban la sopa bajo los murales que contaban la vida y milagros de Herder, y querían saber qué pasaba. Se escuchaban las últimas noticias, en la radio y por el boca oreja. A qué distancia estaban aún los rusos. La gente esperaba saber si la carretera hasta la albufera estaba libre, y cada detalle se discutía entre murmullos. Los niños jugaban a la pelota entre ellos.
Mi ilusión es tener todos los libros a mano para usarlos cuando una necesidad práctica lo exija, elegirlos cuando mi lectura sea apropiada y esté disponible para ese libro y no otro. Por lo tanto mi biblioteca y los libros que compro no son para leerlos ahora, sino para una lectura futura que yo imagino que encontrará su lugar en un volumen que he comprado años antes. Una idea que se sostiene en mi tendencia a ver en el presente los rastros del porvenir (y estar preparado).
Maria Casarès y Albert Camus se conocieron el día del desembarco aliado en Normandía, el 6 de junio de 1944. Como lo cuenta la hija del escritor, Catherine Camus, en el prólogo de la Correspondance, 1944-1959 (Gallimard, 2017), ella ten
Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos… Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano fue todo un acontecimiento.
Bravo, Bravo, decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír, y el enano, contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. “Sigue saltando, por favor” dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos…
Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. “Ella no es feliz aquí” pensaba el enano. “Yo la cuidaré y la haré reír siempre”. El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.
“Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor”. Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. “Ya no bailará más para vos, princesa” le dijo. “¿Por qué?” preguntó la princesa. “Porque se le ha roto el corazón”. Y la princesa contestó: “De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón”.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)