Lectura: ‘Todo en vano’. Walter Kempowski

Walter Kempowski (Rostock, 1929 – 2007).

El trauma alemán

En ‘Todo en vano’, que aparece en España de la mano de Libros del Asteroide, Walter Kempowski retrata el silencio y la perplejidad del pueblo germano en la caída del Tercer Reich

Origen: ‘Todo en vano’ | Crítica El trauma alemán


Textos

En la carretera nunca sucedía gran cosa, una bicicleta, el camión de la leche dos veces al día y el ómnibus a Mitkau. Y de vez en cuando un coche que pasaba a gran velocidad. Últimamente se dejaba ver algún que otro carro de campesinos que iban hacia el oeste. A la tiíta le había llamado la atención que en los últimos días el tráfico había aumentado. ¿No habría que reparar el portón? A veces pasaba un coche tras otro, todos cargados de enseres hasta los topes. También se veían peatones sueltos, figuras extrañas que venían de quién sabe dónde y se dirigían a quién sabe dónde.


También Peter había oído la alarma aérea en Mitkau y las cuatro detonaciones, una, dos, tres, cuatro. Y los tanques que iban por la carretera en dirección al este. ¡La casa temblaba! Pasaron uno detrás de otro. Grandes sombras negras con chispas en el tubo de escape, el traqueteo de las cadenas, el gemido de los motores. Durante el día no era posible verlos, y ahora solo se distinguían sus siluetas.


En 1939 había vivido la invasión de Polonia por los rusos, los sóviets lo habían capturado con intención de deportarlo. Una vecina lo había traicionado, había señalado sin decir palabra la puerta del sótano: ahí hay un soldado polaco. Pero en el último momento había logrado escaparse. Y entonces había ido a caer en manos de los alemanes. Salieron a su encuentro en una moto y se lo llevaron al campo de prisioneros más próximo. A Vladímir le hubiera gustado contar que los rusos habían metido en una fosa a sus compañeros y los habían fusilado. Pero se guardaba la historia para sí.


Aquella misma noche, todo estalló en el este. ¡Un tronar incesante al otro lado del horizonte y el cielo iluminado! Aquello era distinto del bombardeo de Königsberg. En aquella ocasión, se podían oír a lo lejos los impactos aislados de algunas bombas. Esto era un rugir constante, que se oía incluso cuando uno se tapaba las orejas. No había duda de que estaban disparando desde mil cañones, no había duda: ahora iba en serio. En la radio dijeron que la ofensiva del Ejército Rojo, esperada desde hacía mucho tiempo, había empezado. Pero ninguna de aquellas bestias infrahumanas procedentes del este pisaría nunca suelo alemán, dijo el comentarista con voz firme, ¡de eso podían estar seguros! Y también habló de Dios. Pero, por encima de aquellas palabras de consuelo y calma, en mitad de ellas, se oyó una fea risa que llegaba de alguna parte: «¡Poneos a resguardo, mujeres y chicas alemanas, ahora os vamos a ajustar las cuentas!», graznó una voz.


Trotaban lentamente bajo el gris manto de nieve, el percherón se había hartado de avena y ahora era casi incontrolable, pero no se podía adelantar a la fila de carros, uno detrás del otro. Era un enigma por qué iban tan lentos. Al borde de la carretera había muertos, algunos se apoyaban rígidos contra un árbol del camino; ancianos que no habían podido seguir, y niños pequeños.


Entonces pasó un avión solitario, lentamente, a lo largo de la carretera, sobrevolando la caravana. Alabeó y arrojó bombas sobre la columna de carros, se pudo ver cómo descendían las bombas. Una de ellas cayó junto al pequeño coche con la tiíta y Peter, que dormía profundamente. El percherón se encabritó con un relincho y cayó sobre la lanza del carro, y lo que quedaba del animal se estiró. El coche volcó, y Peter quedó tendido al raso.


Unas doscientas personas, mayores y pequeños, esperaban la sopa bajo los murales que contaban la vida y milagros de Herder, y querían saber qué pasaba. Se escuchaban las últimas noticias, en la radio y por el boca oreja. A qué distancia estaban aún los rusos. La gente esperaba saber si la carretera hasta la albufera estaba libre, y cada detalle se discutía entre murmullos. Los niños jugaban a la pelota entre ellos.

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Una respuesta a Lectura: ‘Todo en vano’. Walter Kempowski

  1. riol.angel dijo:

    Triste…

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