Conozco una anécdota sobre Faulkner y los aviones, no de primera sino de segunda mano, a través de Delmont Sylvester, que fue piloto de mi misma división. Sylvester era un poco amanerado y al parecer objeto de escarnio, aunque no me consta que hubiera ninguna razón para ello. Hacia 1952 estuvo destinado en el campo de aviación en Greenville, Misisipi, prestando servicio activo durante la Guerra de Corea. Era el oficial de relaciones públicas de la división de Greenville, y un bibliotecario de la ciudad con el que había trabado amistad se ofreció a presentarle a Faulkner. Así que Faulkner y él se conocieron, dijo Sylvester. Faulkner estaba ebrio y llevaba una petaca en el bolsillo. Hablaron de volar y de los tiempos en que Faulkner había sido aviador en Francia, cosa que no era cierta, pero a él le apetecía recordarlo así. Todo el panorama de los aviadores en la guerra despedía un tufillo a gloria. Faulkner había escrito poemas sobre el tema. Aseguraba que era escritor de cuentos por haber fracasado como poeta, y novelista por haber fracasado como escritor de cuentos. La idea del fracaso también asomaba cuando le preguntaron, en más de una ocasión, quiénes eran los mejores escritores estadounidenses. Decía que todos habían fracasado, pero que Thomas Wolfe era el fracasado más brillante, seguido por William Faulkner.
Aquel día en Greenville, Faulkner se ofreció a escribir un cuento sobre las fuerzas aéreas a cambio de un viaje en caza. Había una normativa que permitía obsequiar con un vuelo a los civiles si redundaba en interés de las fuerzas aéreas, y Sylvester llamó enseguida al comandante de la base, que era un coronel, y le explicó la propuesta. El coronel lo dejó hablar y al final dijo: «¿Quién es Faulkner?»
Palos de ciego arranca rememorando al hermano muerto de su autor, David Torres (Madrid, 1966). Ese hermano fue un año mayor que él y recibió el mismo nombre, David Torres, pero sólo vivió un día, según acredita el informe de una clínica que durante décadas de franquismo y postfranquismo practicó el robo de recién nacidos para entregarlos a otros padres. Así pues […]
Goran Petrovic (Kraljevo, Serbia, 1961) sabe que en este mundo hay básicamente tres tipos de personas: las que saben leer, las que no saben leer y las que dicen no tener tiempo para leer. De estas categorías, es la tercera por
Desde hace un año, de vez en cuando le parecía que durante sus lecturas se topaba ¡con otros lectores! Sólo de vez en cuando, esporádicamente, pero cada vez con mayor claridad, recordaba a esa gente, en general desconocida, que simultáneamente leía con él el mismo libro. Recordaba algunos detalles como si realmente los hubiera vivido. Con todos sus sentidos. Por supuesto, jamás se lo había confesado a nadie. Lo tomarían por loco. En el mejor de los casos, chiflado. A decir verdad, cuando se ponía a pensar en esas cosas extrañas, él mismo llegaba a la conclusión de que su personalidad rayaba peligrosamente el límite del sano juicio. ¿¡O imaginaba todo eso por el exceso de literatura y la falta de vida!?
Era una tarde decembrina del año pasado, también un lunes, desde siempre un día bueno para los comienzos. La señora dejó que Jelena escogiera una silla de mimbre en la biblioteca, la misma que a partir de entonces sería suya. Ella misma se sentó frente a la chica, cogió los lentes de aumento sobrenatural que acababa de limpiar, se los puso y dejó de parpadear con un aire de importancia. La lectura conjunta implicaba toda una serie de pequeños preparativos. —Es imprescindible que uno esté decentemente vestido, nunca se sabe con quién puede toparse… —dijo abotonándose su traje sastre para salir y arreglándose innecesariamente su permanente recién hecha. —El tiempo de allá es un tiempo concentrado, puede suceder que nuestros cinco minutos duren una hora completa, o viceversa; nuestro cálculo de tiempo no sirve allá, por lo que puede olvidarse del reloj o de una vez quitárselo… —le advirtió a su dama de compañía. —Busque el tercer capítulo, allí está el río adonde voy a menudo, pensé que es muy apropiado para las observaciones preliminares —concluyó la vieja dama y tendió a la joven uno de los dos libros del mismo título.
Al enviudar, Gavrilo Dimitrijević se retiró del mundo por completo, justamente a esta biblioteca, sin salir a ningún lado por toda una década; aquí comía como un pajarito apático y dormía con el sueño ligero de un animal acorralado, callado como un pez en el mismo fondo del agua. De este cuarto de la biblioteca desapareció repentinamente el nublado año de 1965 sin que jamás se supiera adónde. —En la mesita quedó sólo un libro abierto que en toda esa búsqueda de mi padre desapareció también… —agregó en voz baja. Desde entonces, Natalia Dimitrijević pasaba su vida solitaria, desparejada, trabajando hasta la jubilación en esa misma librería Pelikan, que desde la nacionalización fue más bien una papelería de material de oficina y formatos oficiales, encontrando su única satisfacción en el cuidado de la biblioteca familiar y en los recuerdos de su amor iluso. De vez en cuando lograba sacar algo de los depósitos que su padre había hecho antes de la guerra en los bancos y cooperativas de crédito desaparecidos mucho tiempo atrás, y se mantenía además con la enseñanza de la lectura. Por ejemplo, el profesor Tiosavljević de la Facultad de Filosofía,
Poco tiempo después de la boda, una vez que había regresado de la ciudad más temprano —Anastas estaba en la escuela y Zlatana comprando víveres— Slavoljub Veličković encontró a su mujer en el sofá con uno de esos libros en sus manos. Sería más adecuado decir, apretando sus tapas con fervor, como si después de una larga espera hubiese dado con la verdadera vida. Ella no lo sintió llegar ni siquiera cuando cruzó el umbral y entró en el cuarto. Sus ojos, casi sin parpadear, recorrían fogosos los renglones, pasaba las páginas con arrebato, o con cariño, regresaba atrás a repasar, lentamente, lo leído. Como si alguna fuerza la clavara al alto respaldo del sofá, respiraba aceleradamente, sus pechos tensos, inconsciente de sus piernas desnudas, con el vestido arriba de las rodillas, descalza, mientras los zapatos con cordones yacían tirados a unos pasos de allí. Sus mejillas, siempre de una palidez transparente, estaban encendidas. El único pálido era el abogado al descubrir en su mujer una fogosidad que nunca antes, desde que había llegado a su casa en Gran Vračar, desde la primera noche conyugal, había manifestado.
Mientras estaba preparando la comida del día de la Transfiguración en 1960, mi madre se sintió débil; de algún lado sacó una bolsita de trigo blanco, separó los granos de la cizaña, de los insectos muertos y de las piedritas, y los puso a remojar. El trigo se estaba cociendo mientras ella ponía la mesa para una sola persona, mientras cepillaba el traje negro y volvía a planchar la camisa blanca de su esposo. Luego sirvió el trigo cocido en dos tazones, uno para el funeral y el otro para el oficio a los siete días, agregando a todo un vaso de aceite y otro de vino tinto. Por último, se puso sus mejores prendas, se acostó en su lecho conyugal y cerró sus ojos para siempre.
Publicada originalmente en el diario Los Angeles Times en 1991, a continuación reproducimos una conversación entre dos personalidades que comparten en sus orígenes profesionales un pasado como peri…
P.: ¿Hasta qué punto, según usted, están inspirados sus personajes en personas reales? R.: Aunque todos pretendamos que no utilizamos a personas reales, la verdad es que lo hacemos. Yo me inspiré en algunos miembros de mi familia; por ejemplo, la señorita Bartlett es mi tía Emily -todos leyeron el libro pero nadie se dio cuenta-. El tío Willie se convirtió en la señora Failing. Era un personaje campechano y simple; campechano pero no simple (Se corrige). La señorita Lavish está inspirada en una conocida, la señorita Spender. La señora Honeychurch es mi abuela. Las tres hermanas Dickinson están condensadas en las dos Schlegel. Para el personaje de Philip Herriton me inspiré en el profesor Dent, que lo sabía y me preguntaba por sus avatares. También me inspiré en varios turistas.
P.: ¿Todos sus personajes tienen modelos en la vida real? R.: En todos mis libros escribo sobre las personas que me gustan, las que me irritan y la persona que creo que soy. Ello me coloca entre el gran número de autores que no son realmente novelistas y hacen lo que pueden con estas tres categorías. No tenemos la capacidad de observar la vida en su inmensa variedad y describirla de forma desapasionada. Hay algunos que sí lo han logrado, por ejemplo Tolstói, ¿no creen?
P.: ¿Puede explicarnos cómo es el proceso de convertir a una persona real en un personaje de ficción? R.: Un truco útil es contemplar a esa persona con los ojos entornados, centrándose exclusivamente en algunos de sus rasgos. De este modo retengo dos terceras partes de un ser humano y a partir de ahí puedo ponerme a trabajar. No se trata de conseguir que se parezcan a las personas reales, en buena medida porque eso es imposible, ya que las personas sólo son ellas mismas en circunstancias particulares de su vida y no en otras. De modo que recurrir a Dent cuando Philip tenía problemas con Gino, o preguntar a alguna de las hermanas Dickinson cómo actuaría Helen con su hijo ilegítimo arruinaría la atmósfera del libro. Cuando todo va bien, el material original desaparece pronto y surge un personaje que pertenece única y exclusivamente al libro.
En estas tenebrosas habitaciones paso días de opresión y voy y vengo en busca de ventanas. Cuando se abran será un consuelo enorme. Pero no las encuentro o no hay ventanas. Acaso es preferible no encontrarlas. La luz será una nueva tiranía: quién sabe cuántas cosas va a mostrarme.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)