Lectura: “La mano de la buena fortuna”. Goran Petrovic

Goran Petrovic (Kraljevo, Serbia, 1961) sabe que en este mundo hay básicamente tres tipos de personas: las que saben leer, las que no saben leer y las que dicen no tener tiempo para leer. De estas categorías, es la tercera por

Origen: La mano de la buena fortuna, de Goran Petrovic | Letras Libres


Textos

Desde hace un año, de vez en cuando le parecía que durante sus lecturas se topaba ¡con otros lectores! Sólo de vez en cuando, esporádicamente, pero cada vez con mayor claridad, recordaba a esa gente, en general desconocida, que simultáneamente leía con él el mismo libro. Recordaba algunos detalles como si realmente los hubiera vivido. Con todos sus sentidos. Por supuesto, jamás se lo había confesado a nadie. Lo tomarían por loco. En el mejor de los casos, chiflado. A decir verdad, cuando se ponía a pensar en esas cosas extrañas, él mismo llegaba a la conclusión de que su personalidad rayaba peligrosamente el límite del sano juicio. ¿¡O imaginaba todo eso por el exceso de literatura y la falta de vida!?


Era una tarde decembrina del año pasado, también un lunes, desde siempre un día bueno para los comienzos. La señora dejó que Jelena escogiera una silla de mimbre en la biblioteca, la misma que a partir de entonces sería suya. Ella misma se sentó frente a la chica, cogió los lentes de aumento sobrenatural que acababa de limpiar, se los puso y dejó de parpadear con un aire de importancia. La lectura conjunta implicaba toda una serie de pequeños preparativos. —Es imprescindible que uno esté decentemente vestido, nunca se sabe con quién puede toparse… —dijo abotonándose su traje sastre para salir y arreglándose innecesariamente su permanente recién hecha. —El tiempo de allá es un tiempo concentrado, puede suceder que nuestros cinco minutos duren una hora completa, o viceversa; nuestro cálculo de tiempo no sirve allá, por lo que puede olvidarse del reloj o de una vez quitárselo… —le advirtió a su dama de compañía. —Busque el tercer capítulo, allí está el río adonde voy a menudo, pensé que es muy apropiado para las observaciones preliminares —concluyó la vieja dama y tendió a la joven uno de los dos libros del mismo título.


Al enviudar, Gavrilo Dimitrijević se retiró del mundo por completo, justamente a esta biblioteca, sin salir a ningún lado por toda una década; aquí comía como un pajarito apático y dormía con el sueño ligero de un animal acorralado, callado como un pez en el mismo fondo del agua. De este cuarto de la biblioteca desapareció repentinamente el nublado año de 1965 sin que jamás se supiera adónde. —En la mesita quedó sólo un libro abierto que en toda esa búsqueda de mi padre desapareció también… —agregó en voz baja. Desde entonces, Natalia Dimitrijević pasaba su vida solitaria, desparejada, trabajando hasta la jubilación en esa misma librería Pelikan, que desde la nacionalización fue más bien una papelería de material de oficina y formatos oficiales, encontrando su única satisfacción en el cuidado de la biblioteca familiar y en los recuerdos de su amor iluso. De vez en cuando lograba sacar algo de los depósitos que su padre había hecho antes de la guerra en los bancos y cooperativas de crédito desaparecidos mucho tiempo atrás, y se mantenía además con la enseñanza de la lectura. Por ejemplo, el profesor Tiosavljević de la Facultad de Filosofía,


Poco tiempo después de la boda, una vez que había regresado de la ciudad más temprano —Anastas estaba en la escuela y Zlatana comprando víveres— Slavoljub Veličković encontró a su mujer en el sofá con uno de esos libros en sus manos. Sería más adecuado decir, apretando sus tapas con fervor, como si después de una larga espera hubiese dado con la verdadera vida. Ella no lo sintió llegar ni siquiera cuando cruzó el umbral y entró en el cuarto. Sus ojos, casi sin parpadear, recorrían fogosos los renglones, pasaba las páginas con arrebato, o con cariño, regresaba atrás a repasar, lentamente, lo leído. Como si alguna fuerza la clavara al alto respaldo del sofá, respiraba aceleradamente, sus pechos tensos, inconsciente de sus piernas desnudas, con el vestido arriba de las rodillas, descalza, mientras los zapatos con cordones yacían tirados a unos pasos de allí. Sus mejillas, siempre de una palidez transparente, estaban encendidas. El único pálido era el abogado al descubrir en su mujer una fogosidad que nunca antes, desde que había llegado a su casa en Gran Vračar, desde la primera noche conyugal, había manifestado.


Mientras estaba preparando la comida del día de la Transfiguración en 1960, mi madre se sintió débil; de algún lado sacó una bolsita de trigo blanco, separó los granos de la cizaña, de los insectos muertos y de las piedritas, y los puso a remojar. El trigo se estaba cociendo mientras ella ponía la mesa para una sola persona, mientras cepillaba el traje negro y volvía a planchar la camisa blanca de su esposo. Luego sirvió el trigo cocido en dos tazones, uno para el funeral y el otro para el oficio a los siete días, agregando a todo un vaso de aceite y otro de vino tinto. Por último, se puso sus mejores prendas, se acostó en su lecho conyugal y cerró sus ojos para siempre.

Goran Petrovic
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