(…) En octubre quisiera soñar con la hierba. Abajo de la puerta de casa está clavado un mandamiento: «No matarás» Pero en el diario hay tres asesinatos cada día que podrían ser míos o de alguno de mis amigos. Los leo como una fábula, de una puñalada a otra, sin aburrirme. Mientras confunden la carne y la fama mi alma duerme bajo el movimiento de la mano de Dios.
El autor de «Todas las almas», «Corazón tan blanco» y «Mañana en la batalla piensa en mí».
El celebrado narrador español, también polémico columnista semanal, publica Tomás Nevinson, secuela de Berta Isla, una nueva indagación en dilemas morales.
La literatura perdurará como alma y catalizador de lo que tiene de más rico el hombre: la inteligencia y la sensibilidad puestas al servicio de dar a todos la posibilidad de ser libres a través de la palabra y de la imaginación.
Ivan Jablonka consigue en Laëtitia o el fin de los hombres (Anagrama) reivindicar a la víctima y gracias a una gran investigación nos regala un texto brutal
Cuando Laëtitia tenía tres años, su padre violó a su madre; luego su padre de acogida abusó de su hermana; ella misma no vivió más que dieciocho años. Estos dramas nos recuerdan que vivimos en un mundo donde se insulta, se acosa, se golpea, se viola y se mata a las mujeres. Un mundo donde las mujeres no terminan de ser sujetos de pleno derecho. Un mundo donde las víctimas responden a la saña y a los golpes mediante un silencio resignado. Un fenómeno a puertas cerradas, tras el cual siempre mueren las mismas.
En la vida de Laëtitia hay tres injusticias: su infancia, entre un padre violento y un padre de acogida abusador; su muerte atroz a los dieciocho años; su metamorfosis en suceso, es decir, en espectáculo de muerte. Las dos primeras injusticias me dejan en un estado de impotencia y desolación. Contra la tercera, se indigna todo mi ser.
Como hombre en el sentido masculino del término, la sensación es aún peor. Si a veces experimento cierto malestar cuando estoy con Jessica, es porque soy hombre y porque los hombres, a lo largo de toda su vida, le han hecho daño. Los hombres son esos que resuelven las peleas con un cúter, que te desarman a puñetazos, que eyaculan en el papel de cocina que debes sostenerles, que te apuñalan y te quiebran el cuello como a un pollo. Para ellos, eres un objeto de placer o un punching ball. O bien los hombres son los ministros, los dirigentes, los que hablan en la tele, que saben, que mandan, que tienen razón, que hablan de ti, sobre ti, en ti, a través de ti. Al final, siempre son los hombres los que ganan porque hacen lo que quieren contigo. Por primera vez, tuve vergüenza de mi género.
A menudo pienso en Jessica. Tiene miedo de todo; de su padre, de volver a su casa sola por la noche («con todo lo que se oye»), de fumar, de beber, de salir de fiesta: la última vez que su hermana bebió una copa de champán le costó la vida. Quisiera ayudarla, cobijarla, respaldarla, llevarla a Ikea para que se compre un somier y muebles, darle como a nuestros hijos suficiente fuerza para seguir el camino sola. Pero Jessica no necesita a nadie. Ante algún golpe duro, tendría a sus padres, sus tíos, su tutor, su abogada, sus colegas, sus novias, sus amigas de La Bernerie. Jessica necesita tan solo a su hermana, y su hermana descansa, en seis pedazos, debajo de un mármol rosado. La gemelaridad es un equilibrio infinitamente sutil: sin la «débil», la «fuerte» se encuentra perdida.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)