No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio.
Para el editor de los libros de portadas amarillas, su catálogo puede leerse como una novela: un gran relato de espíritu inconformista, donde conviven Nabokov y Bukowski, Martin Amis, Truman Capote y Roberto Bolaño. Alejado de la primera línea, habla del libro que recrea la vida del sello a través de su correspondencia (Los Papeles de Herralde), y de la conferencia remota que ofrecerá el jueves en la UC.
Pablo Martín Sánchez viaja al peor año de la Transición
El escritor de Reus publica su segunda novela, ‘Tuyo es el mañana’
El día que nació el escritor Pablo Martín Sánchez, un 18 de marzo de 1977 en Reus (Tarragona), el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó un nuevo indulto y en España […]
Hoy vas a nacer. No deberías, pero lo vas a hacer. No deberías porque el infierno está ahí afuera. Hay manifestaciones día sí y día también. La gente habla de elecciones. De atentados. De amnistías. Y estás tan bien en tu cueva. Tan calentito. Tan ingrávido. No tienes que respirar, ni que comer, ni que llorar. ¿Para qué, si no te oyen? Patalear, eso sí. Dar manotazos. Como un púgil o un karateca. Demostrar que estás preparado para enfrentarte a la vida. A un medio hostil. La vida te da mucho, dice la gente.
Tendré que llamarla desde el aeropuerto, para que esté preparada y me diga de una vez por todas cómo quiere resolver el tema de la adopción. Yo creo que lo más fácil es lo del parto simulado y que luego lo inscriba en el registro como si fuera suyo, que para algo lleva seis meses encerrada en Benasque sin ver a nadie. No entiendo estos escrúpulos de última hora, la verdad.
Ah, no, eso sí que no, por ahí no paso. Si hay algo que no soporto en esta vida es la blasfemia. ¡Mal rayo te parta, hereje, ruin y pendenciero! ¡Así acabes en la laguna Estigia rodeado de serpientes, tarántulas y comadrejas! A fe mía que la blasfemia sale hoy muy barata. Incluso en tiempos de Franco salía más a cuenta insultar a Dios que al Generalísimo, se lo oí decir a mi José Mari el día que la pequeña Montse volvió del colegio preguntando si era verdad lo que había dicho la señorita, que la blasfemia se castigaba con seis meses de arresto y las injurias al jefe del Estado con seis años de cárcel. Con lágrimas en los ojos preguntó que cómo era posible, si Dios está por encima de todas las cosas, a lo que mi José Mari respondió con el aplomo y la firmeza que se le supone en estos casos a un pater familias: «Porque Dios no se enfada cuando lo insultan, y Franco sí».
Tras el esfuerzo del parto, estás rendido. La vida en el exterior es tan extraña. Los sentidos se multiplican. Todo suena. Todo brilla. Todo sabe. Todo huele. Todo duele. Te sientes solo, desprotegido. Te entran ganas de apretar, de lamer, de dormir. Tienes las uñas largas. La cara hinchada, la piel enrojecida. Puntitos blancos en la nariz. Te molesta el nudo que te han hecho en el cordón umbilical. Estiras el cuello. Estornudas. Lloras. Tienes mocos. Vuelves a estornudar. Respiras a grandes bocanadas. Ensucias el pañal con una sustancia oscura, casi negra, que se irá volviendo verde, amarilla. Tu hermano ha tenido más suerte. Se ha quedado con mamá, mientras tú te alejabas de sus brazos. Ella apenas ha tenido fuerzas para preguntar por ti. Pero lo ha hecho. Con un hilo de voz. «¿Y el otro, doctor, dónde está el otro?». El doctor no ha respondido, se ha limitado a ponerle una mano en el hombro antes de salir de la habitación. Mecido por los brazos de Morfeo, has apretado los puños, has estirado las piernas, te has quedado dormido. Tus párpados se han cerrado para protegerte de la luz. Tus ojos han empezado a moverse rápidamente. Tu respiración se ha relajado. Los latidos de tu corazón se han espaciado. Has entrado en un sueño liviano que se ha ido haciendo cada vez más profundo. El sueño es importante para reponer fuerzas. Para la maduración de tu cerebro. Para el desarrollo de tu sistema inmunológico. Te ha despertado la llegada del doctor Breogán. El timbre de voz delataba su agitación. Discutía con la hermana Dolores. Mamá quería verte. Darte un último beso. Comprobar con sus propios ojos que era cierto lo que decían. «Habrá que bajar a la morgue», ha sentenciado el doctor. Durante unos segundos, se ha hecho el silencio. Hasta que has roto a llorar. El doctor ha salido de la habitación. La hermana Dolores te ha cogido en brazos y te ha acunado. Pero no es lo mismo, no es lo mismo.
Esta mañana temprano te he visto desde la ventana y te escribo ahora, un acto quizá absurdo, pues difícilmente te llegará la carta y, además, no sabes leer. Tampoco figuras en la guía, pero seguro que vives de maravilla en el nido escondido donde duermes y sueñas. ¿Crees que envidio tu hogar? A propósito: ¿sigues hallando comida suficiente? ¿Qué hacen los chicos? No dudo de que seas una buena madre y los eduques como es debido, es decir, de la manera más concienzuda imaginable. Ponerlo en duda significaría ofenderte, ¿y quién pretende hacerlo? Yo desde luego que no. Qué bonito era contemplarte. Hacías eses con tus compañeras en la luz plateada, sobre el divino mar; te precipitabas cazando de un lado a otro; ascendías a las montañas del aire para lanzarte hacia abajo en vertical, como si te hubieras desmayado y quisieras yacer en el suelo con las alas rotas, lo que por fortuna es absolutamente impensable, porque siempre mantenías el equilibrio y dominabas la fuerza motriz. El miedo a que en tu rápido vuelo chocases contra el muro o la chimenea se reveló superfluo. Parecías tan imprudente como atenta, ya volases en círculo, en línea recta o en espiral, mientras yo escuchaba tu vocecita, símbolo sumamente sutil de tu forma de vivir y que es más bien un leve grito que un canto. Porque tú hablas como puedes y debes. Pero ¿quién puede competir contigo en velocidad, bailarina incansable que no necesita pies? Apenas eres lo que nosotros concebimos como consciente de su propósito, y sin embargo apuntas bien y seguro serás alegre y feliz, ¿no es cierto? ¿A qué vienen los signos de interrogación? Nosotros, los torpes humanos pegados a la tierra, encadenados por temores, no sabemos nada de la existencia alada. Confío en que te guste estar entre nosotros y te pido que vaciles mucho antes de marcharte, pues tu partida augura el frío; pero de momento estás aquí, y, mientras sea así, disfrutaremos del verano.
En el siglo XVIII, Voltaire, partiendo de un total pesimismo objetivo, de una noción de naturaleza y de historia que no estaban iluminadas por el rayo de luz de alguna providencia, había sentado la…
Hicieron falta generaciones y generaciones y generaciones de la tribu del libro para que nuestro instinto encuentre leyendo lo que busca y nos haga menos extranjeros de nosotros mismos. La repetición de un acto crea hábito, el hábito se va convirtiendo en instinto, y yo creo en ese instinto más que en mí.
Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes cómo se vuelve el viejo ser un ser más viejo, imaginas sólo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra. Piensas que el silencio es la página de más, piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado, cómo la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena. Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano. Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora que extiende sobre la casa su red ponzoñosa. Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo. Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena, la pena a la consumación, la consumación al vacío. Sabes que esto es diferente, esto es la celebración, la única celebración, sabes que si te das entero a la nada habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir cómo tus pulmones preparan su futuro de ceniza, y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece. Rondan las sombras las horas milagrosas de la infancia.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)