Luego, un día, volvió a lucir el sol. Los ancianos salían de sus casas, se sentaban a la luz del Piazzale Aldo Moro y parpadeaban por la claridad. Aún estaban vivos. Se descongelaban como lagartos. Pequeños reptiles cansados, con abrigos acolchados con ribetes de piel artificial. Los zapatos de los hombres, torcidos por el uso. A las mujeres, el viejo carmín se les descascarillaba por las comisuras de los labios. Después de una hora al sol reían y hablaban. Gesticulaban acompañadas por el crujido de las mangas de poliéster de su ropa.
La noche que siguió al Día de la Mujer soñé con M. Lleva un camisón de enfermo blanco y está sentado en la cama, echado en las almohadas. Mira contento, confiado, y extiende la mano izquierda hacia mí. Liada alrededor de la mano, una tira de venda tapa el hematoma del dorso. En la venda destaca una manchita de sangre seca. We have to change the needle, dice M., y me asalta el viejo miedo a mi torpeza, a la sangre que no sé contener. La idea de manchar aquel camisón blanco me da terror. Tiro del cuello del camisón hacia abajo. La piel se atiranta y se afina sobre el catéter colocado encima del corazón, y veo que falta la aguja. En el lugar inflamado hay una pequeña mariposa amarilla. It should be blue!, dice M. con repentino miedo en la voz. Sólo hoy la mariposa es amarilla, le digo. Por el Día de la Madre en Italia. La cabeza de M. se hunde exhausta en las almohadas. Sus ojos miran fijos al techo. Están huecos. Veo lo nítido que el cráneo se dibuja bajo su piel. M. ha dejado de vivir. La mariposa se eleva del pecho de M. y se posa en las pestañas de su ojo izquierdo. Sus alas se vuelven azul claro.
La primavera llegó en los últimos días de marzo. El hermetismo del pueblo, frío y húmedo, se resquebrajó. Oía a los niños jugar al fútbol en la plaza de la iglesia hasta entrado el crepúsculo, y la gente se sentaba al sol a la puerta de sus casas. Los gatos arqueaban el lomo en los peldaños calientes de las escaleras, los perros se enzarzaban al borde de las calles o merodeaban con ganas de aparearse. Las puertas de los negocios estaban abiertas. El zapatero con el viejo cartel de Mussolini en la pared escuchaba pegadizas canciones italianas, mientras sus clientes y conocidos debatían animadamente. El paisaje mudaba de azul a verde. A la vera de los caminos brotaban plantas, labiadas de lila tenue y flores blancas con forma de estrella que yo desconocía. Todo lo que antes había resultado esquivo ahora pretendía ser atrayente.
Mi padre se calificaba a sí mismo de experto en el color azul. Miraba al cielo y tenía un nombre para cada tono: el azul otoñal velado de gris de Trieste, el azul blanquecino de Mantua, el matizado de lila de Nápoles y el vertiginoso azul puro de Val Bregaglia, casi impensable en nuestras latitudes e inexistente hasta en Italia. Cada lugar tenía otro azul, cada azul tenía otro nombre, y también a los pintores los definía en función de los azules a los que eran adeptos. Su escritorio siempre estaba cubierto de mapas desplegados que mostraban grandes superficies con azules de densidad varia, atravesadas, a diferencia de las áreas grises, verdes, pardas y blancas, por escasas líneas y leyendas, razón por la cual pensé durante mucho tiempo que eran las partes más importantes del mapa.
Había aprendido a marcharme, a borrar huellas, a guardar lo acumulado y recolectado, a establecer en la memoria una imagen de espacios interiores que nunca llegaría a imprimirse. Lo que acabará asentándose en el recuerdo es algo que nunca se sabe por adelantado, algo que se sustrae a todo propósito. Si alguna vez volviera allí, todo sería distinto a como se conservaba en la memoria, distinto también a como se leía en las fotografías reveladas, reproducidas. Ninguna fotografía es una copia de la realidad. Una vez elegido el marco, éste determina los límites de un mundo que el ojo reinterpreta cada vez que contempla la imagen hecha, y cuya continuación más allá del marco la llena de imaginaciones siempre nuevas.
Estos poemas aparecen publicados en El Corno emplumado, revista editada por Margaret Randall y Sergio Mondragón, quienes forman parte de nuestra Consejería
La ley no tiene la menor relación con las necesidades humanas; es una estafa perpetrada por un sindicato de parásitos. Agarra simplemente un libro de derecho y lee un pasaje cualquiera en voz alta. Si estás en tu sano juicio, parece demencial. Y es demencial, por Dios, ¡si lo sabré yo! Pero, joder, si empiezo a impugnar la ley, tengo que impugnar también otras cosas. Me volvería loco, si mirara las cosas con ojos lúcidos.
He aprendido mucho de los libros. He leído -y eso de seguro lo han vivido muchas personas- a determinada edad un determinado libro que, de repente, se volvió muy importante y me abrió los ojos. No era en absoluto necesario que el libro tuviese relación directa con el país donde vivía o con mi situación de vida. Eso es lo incomprensible y lo fascinante de la literatura. Establece semejanzas entre campos totalmente distintos.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)