Hay una cuestión mucho más grave que, creo, debemos abordar con franqueza, porque es la que muchos lectores se plantean ante los textos de la literatura moderna: la cuestión del aburrimiento.Es cie…
La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines ‘flous’, velados o sobrexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual solo le falta el número Terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo) capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darla su verdadera coloración.
Amor, oh amor mío, vendrá seguro. Una tormenta se cierne sobre la tierra seca todo el día. De noche los postigos retumban con el diluvio.
La metáfora aguanta; es una casa cómoda. Tú estás afuera, perdido en algún sitio. Me sorprendo a mí mismo devorando versos de extraña pasión y exilio. Las palabras exactas
Como narrador, siempre preferiré la reflexión, la indagación, una tarea de tinieblas, salir en busca de la emoción emboscada, ensayar una expedición a ese núcleo duro del ser y, en definitiva, ensayar el difícil arte de lo indescifrable.
El autor portugués convierte su ineptitud para el trabajo y los negocios, para llevar una vida convencional, incluso para el amor, en una receta para evitar madurar.
En 1928, Walter Benjamin escribió La técnica del escritor en trece tesis, un texto breve donde condensa su visión sobre el oficio literario. Algunas de esas máximas siguen siendo una brújula para quienes escriben:
Nunca leas lo que estás escribiendo en público. Evita explicar demasiado: la obra se defiende sola. Comienza cada jornada volviendo sobre lo ya escrito. No dejes que la inspiración decida por vos: la disciplina es su mejor aliada. Nada distingue más al escritor que el orden en su mesa de trabajo.
Entre la lucidez y la ironía, Benjamin traza una ética del escritor: escribir no como un gesto inspirado, sino como un acto de atención, método y resistencia.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)