Confía en el lenguaje, me digo, ese sutil ejército capaz de descubrir y conquistar las más ignotas tierras, de hacer reales y tangibles hasta los mismos espejismos. Deja que las palabras fluyan, no las obligues ni aún menos las maltrates, haz con maña y dulzura tu oficio de pastor, y deja que ellas busquen los mejores pastos, que hagan sonar sus esquilas a su ritmo y manera. Tú cuida solo de que no se desmanden. Guíalas y déjate guiar por ellas, porque eres su pastor y también su sirviente.
Maggie O’Farrell habla de su último libro, ‘Hamnet’, que narra la vida del hijo de William Shakespeare que murió con 11 años.MANUEL VÁZQUEZ
De los secretos familiares pasó a exponer los miedos propios. Luego denunció la distorsión de la historia: su última novela, ‘Hamnet’, narra la vida del hijo de William Shakespeare, que murió con 11 años. El libro recupera la vida familiar del genio inglés que han descuidado tantos biógrafos. “Es fundamental escribir sobre cosas que duelen y aíslan para que nos sintamos menos solos”, dice la autora.
No sé cuándo se me ocurrió por primera vez que quería ser escritor. Supongo que me sucedió como a tantos y tantos niños de mi generación en este país. Debí de pensar que no estaría nada mal: al fin y al cabo, los escritores eran gente como Lord Byron, Lord Tennyson o Longfellow, o como Percy Bysshe Shelley. Los escritores eran figuras lejanas, como estos nombres que he mencionado, y siendo yo un joven estadounidense, y no precisamente de los que tienen dinero y pueden ir a la universidad, me pareció que formaban parte de una remota clase de personas a las que nunca podría acercarme.
Desapareció en medio del invierno: los arroyos estaban congelados, los aeropuertos casi desiertos y la nieve deformaba las estatuas; el mercurio se hundía en la boca del día moribundo. Los instrumentos con que contamos coinciden en que el día de su muerte fue un día frío y oscuro.
Lejos de su enfermedad, los lobos seguían corriendo en los bosques siempre verdes, el río pueblerino no se dejaba tentar por los muelles en boga; voces enlutadas ocultaban la muerte del poeta a sus poemas.
Para él, sin embargo, su última tarde fue como él mismo, una tarde de enfermeras y rumores; las provincias de su cuerpo se rebelaron, las plazas de su mente estaban vacías, el silencio invadió los suburbios, se cortó la corriente de su visión; se volvió sus admiradores.
Ahora está diseminado en cien ciudades, enteramente abandonado a afectos desconocidos, a hallar su dicha en otra clase de bosque y ser castigado con un código ajeno de conciencia. Las palabras de los muertos se alteran en las entrañas de los vivos.
Pero en el ruido y la importancia de mañana cuando los corredores estén rugiendo como animales en el piso de la Bolsa, y los pobres tengan los sufrimientos a los que están harto habituados, y cada uno en la celda de sí mismo esté casi convencido de su libertad, algunos miles recordarán este día como uno recuerda un día en que hizo algo ligeramente inusual.
Los instrumentos con que contamos coinciden en que el día de su muerte fue un día frío y oscuro.
II
Eras tonto como nosotros; tu don lo superó todo: la grey de mujeres ricas, la decadencia del cuerpo, a ti mismo. La Irlanda insensata te lastimó y te empujó a la poesía. Hoy Irlanda conserva su clima y su locura todavía — la poesía no hace ocurrir nada: sobrevive en el valle de su creación donde los ejecutivos jamás querrían meterse, sigue fluyendo al sur desde prados de aislamiento y pesares ajetreados, ciudades inacabadas en las que creemos y morimos; sobrevive, una forma de ocurrir, una salida.
III
Acoge, tierra, a un huésped honorable: William Yeats recibe sepultura. Que el ánfora irlandesa descanse vaciada de su poesía.
En la pesadilla de las tinieblas ladran todos los perros de Europa, y las naciones vivas aguardan, secuestradas en su odio cada una.
La deshonra intelectual mira desde cada rostro humano, y en cada mirada están bloqueados y congelados los mares de la piedad.
Sigue, poeta, sigue derecho hacia el fondo de la noche, convéncenos aún de celebrar, con tu voz que no obliga;
con el cultivo de un verso haz de la maldición una viña, canta sobre el fracaso del hombre en un rapto de angustia;
deja fluir la fuente que cura en los desiertos del corazón, en la prisión de sus días enseña al hombre libre la manera de alabar.
Elvira Dyangani Ose, Alauda Ruiz de Azúa, Nona Fernández, Najat El Hachmi, Laura Restrepo, Lucía Lijtmaer y Dora García sugieren obras en las que sumergirse en estos meses estivales
Delphine de Vigan: «No es fácil expresar gratitud, aunque digamos gracias»
Barcelona, 17 feb (EFE).- Después de «Las lealtades», la escritora francesa Delphine de Vigan vuelve con otra novela breve, «Las gratitudes», en la que reflexiona sobre lo «complicado» que es […]
—Déjeme ayudarla. No es tarea simple, debido a la intrépida posición en que se encuentra, con medio cuerpo debajo de la cama y el otro medio fuera. —Quédese tumbada, señora Seld, así, eso es, los brazos también. Voy a arrastrarla un poco hacia mí, si no le importa, para que pueda levantarse. No se mueva… Cuidado, que tiro… Eso es… Cuidado… No levante todavía la cabeza… Un poquito más, eso es, ya está. Sin llegar a incorporarse, hace un esfuerzo y se pone de costado para poder verme. —Ah, buenos días. Me da la mano como si fuese la cosa más natural del mundo: ella tumbada en el linóleo, incapaz de levantarse por sus propios medios, y yo en cuclillas a su lado. Me examina durante una fracción de segundo, con ojos inquisitivos. La ayudo primero a sentarse y luego a ponerse de pie. La operación toma su tiempo, pues ambos nos movemos con prudencia. Con un gesto me reclama el bastón y se lo doy. Entonces me sonríe como pidiendo disculpas. —Puedes tutearme y llamarme Michka… —Perfecto. —«Señora Seld» por aquí, «señora Seld» por allá, es muy triste vivir rodeada de gente que no te llama nunca por tu nombre, ¿sabes? Me sorprende su vivacidad. —Claro, lo entiendo perfectamente. Te llamaré Michka, prometido. ¿Estabas buscando algo cuando he entrado? —Sí, es que resulta que… Pierdo mucho… A toda prisa. Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es… y me da miedo. Me gustaría decir más, pero… estoy incapaz, ¿sabes lo que te quiero decir? —He leído en tu expediente que sufres un principio de afasia. Supongo que el doctor te habrá explicado los detalles. Significa básicamente que te cuesta encontrar las palabras. A veces no lo consigues y a veces dices otras en su lugar. Depende también del momento, del estado de ánimo, del cansancio… —¿Ah, sí? No me había dado cuenta. —¿No estarías buscando las palabras debajo de la cama, Michka? —Sí, es fosible. —Yo soy logopeda, ¿sabes lo que es? —Sí, hasta ahí llego. Fui correctora en una importante… revisita. Durante muchos años. —Estupendo. Vamos a trabajar muy bien tú y yo, ya verás. Haremos ejercicios, adivinanzas y cosas por el estilo.
Cuando los veo por primera vez, siempre busco la misma imagen: la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, sus cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado torpemente con rotulador. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bailó toda la noche. Ella también, él también cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles. Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo.
Soy logopeda. Trabajo con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias.
Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Así es como yo lo veo. Y ya no hay nada en la columna de las ganancias. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)